Sobre nacionalismo y autodeterminación en Catalunya

Cuestión nacional, economía y construcción político-ideológica

A partir de discusiones que he tenido con defensores por izquierda del nacionalismo catalán  (ver Comentarios), en esta nota desarrollo algunas temáticas referidas a la posición del marxismo frente al nacionalismo, la consigna de autodeterminación, y la situación actual en Catalunya.

Cuestión nacional, economía y construcción político-ideológica

En el curso de los debates con los nacionalistas señalé que una de las cuestiones en litigio entre Catalunya y el gobierno central de Madrid pasa por los impuestos y su administración. De hecho, aproximadamente el 80% de los salarios a estatales y del gasto público en Catalunya provienen de ingresos por impuestos recaudados por el gobierno central. Es que Madrid tomó el control de esos pagos, en lugar de canalizar el dinero a través del gobierno catalán. Además, cualquier empresa que deje de pagar impuestos es pasible de sanciones por parte del gobierno central. Los líderes catalanes piden entonces el control de la recaudación fiscal. Y buena parte del movimiento independentista se queja porque Catalunya aportaría una contribución desmedida, a través de impuestos, al resto de España. Lo cual da pie a la idea de que “si nos independizamos vamos a poder disponer de nuestros recursos, que hoy van hacia España” (el argumento me lo ha dado un nacionalista en comunicación personal, pero parece bastante general).

La pregunta entonces es hasta qué punto la disputa sobre quién y cómo administra los impuestos subyace a la movilización independentista. Es que algunos nacionalistas catalanes (de izquierda) me han señalado que es un error reducir el problema nacional a una cuestión de impuestos, o a una cuestión económica.

Frente a esto, mi respuesta es que acuerdo con esa observación, ya que la problemática nacional no se explica solo por causas económicas. Esas últimas juegan un rol, pero el tema es más complejo. En este respecto rescato el abordaje que realiza Leopoldo Mármora en El concepto socialista de nación (México, Pasado y Presente, 1986). En este trabajo Mármora crítica las concepciones objetivistas y economicistas de la nación, que han predominado en el marxismo. Este enfoque, dice Mármora, deja de lado los factores subjetivos, tales como la voluntad política y la conciencia nacional, y acentúa de manera determinista y unilateral el papel del mercado nacional en el surgimiento de las naciones. En su apoyo cita a Lipietz cuando este dice que no existe una integración territorial que partiendo únicamente de la dinámica del mecanismo económico abarque e integre espontáneamente, conforme a las leyes del mercado, un territorio dado. Es necesaria la intervención política para el desarrollo de un mercado nacional que integre todas las partes de un territorio.

Desde esta perspectiva, Mármora cuestiona entonces la validez de la cadena causal mercado nacional-nación-Estado nacional, y sostiene que el marxismo debe poner el acento en los elementos subjetivos. Esto significa entender a la nación como un sistema de hegemonía burguesa. En términos de Gramsci, la nación se identifica con la conformación de un bloque histórico, el cual se constituye como fundamento de un poder en el Estado. Escribe Mármora:

“Un sistema de hegemonía se construye no solo con base en intereses materiales recíprocos o en la negociación y balance entre intereses materiales más o menos opuestos, sino también, -más  allá de toda razón instrumental- con base en la fuerza unificadora de los ideológico, de los afectos, de los anhelos y mitos colectivos, de las herencias étnicas y religiosas, de la necesidad de identidad, seguridad y recogimiento provenientes de la vida en comunidad, etcétera” (pp. 175-6).

Sin coincidir con las conclusiones políticas de Mármora –su proyecto último, en la línea del uso reformista de Gramsci, es a favor de un frente nacional y popular dirigido por la clase obrera- subrayo el rol de lo ideológico como mediación integradora de todas las clases sociales dentro del bloque nacional dirigido por la burguesía. Lo cual es vital para asegurar el dominio político de la burguesía, que no se construye solo sobre la dinámica de la infraestructura económica.

Cuando la construcción ideológico-política pasa a ser absolutamente dominante

Una conclusión de lo anterior es que en los casos en que no existe una relación de explotación colonial, o semicolonial, u opresión política directa, la construcción ideológica-política de la opresión nacional pasa a ser absolutamente dominante. Tengamos presente que las formas de opresión-explotación nacional históricamente se presentan en diversos grados. Van desde la relación colonial (ocupación militar para garantizar el saqueo, imposición de gobiernos títeres, desposesión de tierras a los nativos y su pase a colonos, imposición cultural y lingüística por la fuerza, etcétera) a diferentes formas de opresión ideológica y cultural (por ejemplo, represión o discriminación de la lengua local, “reescritura” de la historia, discriminación o anulación de las expresiones culturales nacionales). Sin embargo, en la medida en que estos elementos no se encuentren presentes, la construcción ideológico-política de lo nacional apelará más y más a las tradiciones, los mitos colectivos, las herencias, la necesidad de identidad. Y también, cómo no, a transformar una discusión sobre impuestos en un combate por la liberación nacional, al estilo “liberación tercermundista”. Por supuesto, esta  transformación de un conflicto menor en una “lucha por la liberación nacional” no dejará de potenciarse si enfrente tiene la reacción bestial de una derecha centralista “a lo PP”.

Este parece ser el caso de lo ocurrido en Catalunya. Catalunya no es un país colonial, ni semicolonial, ni particularmente oprimido en lo cultural-lingüístico. Sin embargo, la construcción ideológica-política de un “problema nacional” ha prendido (¿ayudada por la crisis económica?) en, al menos, la mitad de la población. Y la represión centralista alimenta, indudablemente, esa construcción. La exaltación nacionalista, tanto españolista como catalana, entra así en una espiral imparable. Cuando me refiero a la exaltación nacional española no me limito al PP; también hay una exaltación españolista de izquierda, tipo PSOE. En cualquier caso, el resultado para la clase obrera y los ideales del socialismo es desastroso. En particular para los trabajadores de Catalunya: hoy la clase obrera catalana está dividida entre los independentistas y los que no quieren la independencia (aunque en muchos casos aboguen por alguna nueva forma de relación con Madrid, que otorgue más autonomía a Catalunya). Y esta grieta se agranda día a día.

A favor de la unidad de la clase obrera

A partir de lo anterior, habría que decir –pública y abiertamente- que la división de la clase obrera en torno a líneas nacionales no tiene absolutamente nada de progresista, sino todo lo contrario.  Indudablemente, es imprescindible criticar y rechazar cualquier forma de discriminación a la cultura y las tradiciones catalanas; o cualquier tipo de descalificación de los trabajadores que depositan su confianza en una Catalunya independiente. Pero también hay que rechazar la demonización –acusaciones de “fascistas”, “españolistas funcionales a la derecha- de los trabajadores catalanes que no adhieren al proyecto de la independencia. No hay nada que perjudique más la unidad de la clase obrera que estos discursos de un lado y del otro, en especial cuando se hacen en nombre del “progresismo de izquierda”. La división nacionalista de la clase trabajadora, en cambio, lleva a alinear a cada sector con “su” burguesía y “su” Estado.

Es en este respecto que he planteado la necesidad de decir claramente que el movimiento independentista catalán tiene un carácter burgués (lo mismo se aplica, por supuesto, al españolismo, así lo defiendan el PSOE o Podemos). Que una eventual independencia de Catalunya no disminuirá un ápice la explotación de la clase obrera. Y que es necesario rechazar toda perspectiva de “capitalismo nacional autárquico”, ya que no puede tener sino un carácter reaccionario. Agrego ahora: también es necesario ubicar el conflicto en torno a la administración de los impuestos en su justo lugar. Lejos de ser una pelea por “acabar con la explotación del pueblo catalán”, es un conflicto estrictamente burgués, del cual la clase trabajadora, españolista o catalana, debería tomar distancia.

Sobre el derecho a la autodeterminación

En las notas anteriores he recordado el derecho a la autodeterminación, que fue establecido por la Segunda Internacional y reivindicado por Lenin. Los nacionalistas de izquierda que me critican han planteado que sin posicionarse a favor de la independencia de Catalunya, esa demanda es vacía. También se ha dicho que es posible luchar por el derecho a la autodeterminación dándole un contenido “socialista” (o “anticapitalista”).

La realidad es que el derecho a la autodeterminación es solo un derecho burgués (esto es, formal) a que una comunidad nacional decida si quiere constituirse como un Estado independiente. No hay manera de superar ese horizonte burgués por la mera lucha; siempre seguirá siendo un derecho formal, que se aplica a realidades diversas. No se trata, además, de un derecho absoluto. Por ejemplo, nadie que se ubique en el progresismo defendería el “derecho a la independencia” de los esclavistas del sur de EEUU durante la Guerra de Secesión. Pero sí es un derecho que los marxistas defendemos en la mayoría de los casos. Aunque no con el objetivo de exaltar las pasiones nacionales, sino precisamente lo contrario, debilitarlas.

Por lo tanto, el planteo esencial es defender el derecho a la autodeterminación. La posición con respecto a cuál es el voto a ejercer en un referéndum es un tema subordinado, táctico, que debería decidirse teniendo en cuenta las relaciones concretas. Por ejemplo, Lenin defendió el derecho a la separación de Noruega de Suecia, aunque no se pronunció por el voto afirmativo o negativo. Lo central era que el pueblo noruego decidiera, y tuviera la libertad para separarse. En 2014 se realizó un referéndum en Escocia para decidir si se separaba de Gran Bretaña, y triunfó el no. Los marxistas no debían tomar necesariamente posición a favor de la permanencia o separación (también estaba la opción de abstenerse), pero lo importante pasaba por que se ejerciera ese derecho.

Estos ejemplos demuestran que el ejercicio del derecho a la autodeterminación no implica necesariamente que se constituya una nación independiente (puede suceder o no); y tampoco la obtención de ese derecho exige el triunfo de revolución socialista alguna, como piensan ciertos nacionalistas “revolucionarios”. Un plebiscito puede alcanzarse con acuerdos más o menos pactados entre las fuerzas burguesas. Precisamente una de las cosas que le critica el establishment (por ejemplo, notas en Bloombeg, en The New York Times, voceros de la UE, etcétera) al gobierno de Rajoy es haber apelado a la represión dura y pura, y no haber negociado una mayor autonomía; o incluso no haber aceptado un referéndum para decidir sobre qué quería hacer el pueblo catalán. Como señala un comentarista, después de todo, las constituciones no son de piedra; tienen que adaptarse a los cambios y las evoluciones.  Al pasar, destaco este rasgo de la burguesía “ilustrada”: una autonomía, incluso una independencia, son perfectamente negociables (en tanto, por supuesto, se garantice la continuidad de la explotación del trabajo).

En cualquier caso, el peso de la demanda, por parte de los marxistas, está puesto en que se pueda ejercer el derecho a la autodeterminación. Es el principal antídoto, en las condiciones actuales de la relación España – Catalunya, contra toda forma de nacionalismo. Es significativo al respecto que, dejando de lado el tema de los impuestos, los independentistas catalanes con los que me he comunicado no denuncian opresión cultural, o discriminación al catalán en Catalunya. ¿Por qué entonces consideran que Catalunya es oprimida? La respuesta: porque no podemos decidir la independencia. Pues bien, aceptando este argumento, hay que luchar por el derecho a decidir. Es la manera de despejar el tema nacional. Y este derecho debería ser explicado a los trabajadores del resto de España.

Por eso, subrayo, la cuestión de si se vota a favor de la independencia es un tema menor. Personalmente, pienso que en las condiciones actuales –con una parte significativa de los trabajadores y la población catalana que no ve con buenos ojos una independencia total; y dada la exacerbación nacionalista- el voto por la independencia no es lo más conveniente. Pero lo importante es que se pueda ejercer ese voto. Así, en este punto, nuestro rechazo a la represión de Madrid es, por supuesto, absoluto.

Es preferible un acuerdo “burgués reformista”

Para terminar, y dada la situación a que se ha llegado, pienso que hoy lo mejor es algún tipo de acuerdo “reformista”. Para que no queden dudas, lo que planteo es un acuerdo burgués reformista, el único que parece viable en esta coyuntura. Por supuesto, siempre se puede llamar a la insurrección obrera y a formar soviets, pero en la situación actual eso equivale a lanzar consignas a la luna. Y lo que nos interesa como marxistas es que baje la presión nacionalista (o sea, exactamente lo contrario de lo que buscan los nacionalistas). Sostengo que no tiene sentido profundizar un enfrentamiento (¿armado?) “por la patria catalana”; ni “por la patria española”. Los trabajadores no tienen que dar la vida ni por la patria catalana, ni por la patria española. No hay que ser carne de cañón de los intereses burgueses en juego. Paremos con las exageraciones sobre “la lucha por la liberación nacional”.

En otros términos, el enfrentamiento detrás de banderas nacionales solo lleva a reforzar la hegemonía burguesa a un lado y el otro de los bandos en pugna. Es un callejón sin salida, que terminará en la desmoralización y en más división de los trabajadores. Hay que impedirlo. Para esto habría que apoyarse en los sectores burgueses liberales que presionan por una forma de referéndum, digamos “a lo Escocia”. Con todas las garantías para que se ejerza el voto en libertad.

Seguramente a muchos lectores les llamará la atención que desde un blog que defiende ideas socialistas propongamos una salida burguesa reformista. Sin embargo, no es algo tan novedoso. Recuerdo que en 1922, en ocasión de la Conferencia de Génova, Lenin instruyó a la delegación soviética a presentar propuestas “burguesas reformistas” frente a algunos de los problemas más acuciantes y graves que atravesaba el mundo por entonces. Entre esas propuestas, Lenin sugería una “solución irlandesa” a problemas de opresión nacional; que por cierto, eran infinitamente más agudos que “la opresión nacional” que sufre hoy Catalunya (y la “solución irlandesa” estaba infinitamente más a la derecha que cualquier acuerdo que pueda surgir hoy entre Madrid y Catalunya). Subrayo, una solución “a la irlandesa” no era una revolución proletaria.

Para decirlo de la manera más clara posible: nuestro criterio no es “cuanto peor, mejor”. Nuestro norte es ayudar al desarrollo de la conciencia de clase, de la solidaridad entre los trabajadores. Y hoy en España se necesita parar la hemorragia de la exaltación nacionalista. Es desde este punto de vista que hay que resistir y condenar la represión del gobierno central. Pero tomando toda la distancia posible con respecto al gobierno y el Estado catalán.

 

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