Pólvora en chimangos

 

Un 12 de octubre de 1492 el navegante Cristóbal Colón descubrió América. Eso nos enseñaron y aprendimos en las escuelas, con tres carabelas, que algunos confundían con calaveras (quizá por la gente que iba), cuyos  nombres también aprendimos de memoria, la Santa María, la Pinta y la Niña, y los hermanos Pinzones, que eran unos mari... neros. Nos lo pintaban como una de las grandes hazañas de la Humanidad. Y ciertamente lo fue, como luego aprendimos en los estudios superiores la controversia de si sabía a adónde iba porque antes fueron los vikingos, o los templarios... Hipótesis o hechos que de poco sirven. Sea como fuere, el caso es que el viaje de Colón marcó un antes y un después en la concepción de la Tierra y en el devenir y desarrollo de la Historia. También nos dijeron que llevamos a esas tierras salvajes la religión y la cultura. La nuestra. La mejor. La verdadera. La cruz y la espada. Y se la impusimos. Menos mal que iba la cruz, que sin ella la espada hubiera sido todavía más terrible de lo que fue. Después, con la espada solamente,  otros países, como Inglaterra, con patente de corso, fueron más crueles y arrasaron con todo bicho viviente. Y como colofón, se inventaron, promovida por algunos españoles, la Leyenda Negra. Como si en su conquista de la América del Norte, hubiera imperado el respeto a sus habitantes; ni durante la conquista, en la que por otra parte se encontraron pueblos que ya hablaban castellano, ni en siglos posteriores. No quedó ni un aborigen, y los pocos que quedaron siguieron siendo masacrados hasta el siglo XX, o separados en guetos, estilo nazi con los judíos y gitanos. Por lo menos los españoles algo dejamos, el idioma, y un respeto a los indios que acabó o quiso acabar, casi desde los inicios, con la esclavitud. Incluso permitimos, gracias al buen hacer de los misioneros, permitimos que practicaran un sincretismo religioso mezclando los ritos y la veneración de su Pacha Mama y sus dioses precolombinos con nuestras vírgenes y santos. Una cultura europea arrasó por la fuerza otras más inocentes, pensando que en la de acá estaba la verdad y el progreso, que deberían aceptar las de allá. Nada más lejos de la realidad. Por eso no es extraño que muchos pueblos celebren este día como un genocidio. O no lo celebren por haber perdido su identidad. Ni apliquen adjetivos para definir una fiesta como el Día de la Raza, o de la Hispanidad... y se hagan desfiles militares... Todo un desacierto. Ya ni siquiera tenía sentido cuando se denominaba el Desfile de la Victoria, promovido por ya sabemos quién y con qué fines, remedo del que hacían, y siguen haciendo, otros dictadores, desde Hitler a Mao... 

Hacer el desfile como exaltación de las Fuerzas Armadas en esta fecha, es un asunto sobre el que debe definirse cualquier gobierno democrático, con mayor razón si se califica de izquierdas o progresista. Hacer alarde de armamento, estilo, Corea, China, Pekín o Moscú, indica el grado de estupidez al que está sometida la humanidad. A mayor personas desfilando, mayor estupidez. Por varias razones, entre otras, porque la fuerza de una nación no depende de la cantidad de soldados que posea su ejército, estilo Napoleón en Waterloo, ni de las bombas que acumule o misiles, ni de la técnica que utilice. De nada sirve porque únicamente existirán ataques, ya que para un defensa contra naciones agresoras, no habrá tiempo. Todo se destruirá en segundos, no habrá lugar a la mínima capacidad de respuesta. A tal extremo de estupidez hemos llegado. De nada servirán hombres o bombas cuando la destrucción masiva depende de un botoncito y un plan cibernético. Hacer un desfile es un estúpido e inútil alarde de fuerza en estos tiempos.

Cosa distinta sería un desfile con su puesta en escena de socorro y colaboración en catástrofes naturales, donde es preciso todo un ejército bien preparado, humana y técnicamente, para evitar muertes y desgracias mobiliarias o paisajísticas. Salvamento civil con  su correspondiente disciplina y reconocimiento económico y social.

Si de por sí, desde hace décadas, ha sido grande la manipulación montada en torno a esta fecha del 12 de octubre desde el, para unos, Descubrimiento, para otros, Genocidio, incluso sobre la “ignorancia” de Colón, añadir otra nueva, con una exaltación de la fuerza, es rizar el rizo de la estupidez. El desfile es obsoleto, anacrónico, molesto, y un gasto inútil en un país en que no están  las economías para “gastar pólvora en chimangos”, como dicen en Suramérica, o lo que es lo mismo, usar pólvora para matar gamusinos, que diríamos en España.

La manipulación, y la controversia de esta celebración y su parafernalia, sigue hoy respecto a esa conquista y expansión de un imperio, que unos consideran heroicidad, y otros, vileza por parte de unos españoles que cruzaron la Mar Océana en busca de Eldorado. No es lógico, ni justo, celebrarlo con aires triunfalistas de conquista y legado, mientras para otros no deja de ser un sometimiento y una pérdida de identidad cultural. Pueblos indefensos y supersticiosos para quienes el Descubrimiento no es positivo ni provechoso, sino negativo y expoliador. Cara de una misma moneda. Así se ha vendido a lo largo de la historia. Unos lo celebran con regocijo, hasta con triunfalismo. Otros, con más pena que gloria, porque, como siempre, al ser débiles, salieron perdiendo. Pero eso sí, tantos unos como otros fueron manipulados por unos sistemas que confiaban sus días y sus trabajos a la religión y al poder.

A tenor de los nuevos planteamientos y reconocimientos de tal conquista del Nuevo Continente, pudiera parecer que se ha desechado la manipulación que del acontecimiento -que no niego marcó una nueva etapa en la historia de la humanidad- se ha venido haciendo. Actualmente apenas si se celebra esta fecha de la llegada de Colón a esas tierras bajo el lema del tan cacareado Día de la Raza o de la Hispanidad, y se resalta, no tanto la conquista como hecho positivo, cuanto la importancia de la diversidad cultural, procurando rescatar el papel de esas culturas indígenas a ambos lados del océano, reconociendo que podían haberse respetado haciendo más fructífero el mestizaje, dejando de lado la gloriosa hazaña de Colón y los descubridores de espada y cruz. Me parece, pues, que el nuevo enfoque festivo a esta fecha, desechando la visión parcial y triunfalista de una cultura sobre otra, ha acabado con esta manipulación, y abre nuevas vías de análisis, celebración y concordia.

Para tal fin, hay que acabar con el manejo de la gente. Acabar con la provocación de sentimientos y emociones que han llegado a rozar la xenofobia (dentro y fuera del país), y han provocado la división de la convivencia, desde la familiar y de nacionalidad, v.gr. Cataluña,  hasta la de esa gente de otras lenguas y acentos, con distintas costumbres, venida de fuera, integrada ya, que trabaja codo con codo, venga de donde venga, sea de donde sea, que produce en mutuo entendimiento y diversidad, la migración.

Sólo así, este país, formado por pueblos con su propia y variada idiosincrasia e historia, progresará en paz, sin armas, sin ejército que venga a salvarlo. No destruyamos otras culturas ni otras costumbres, porque conviviendo con ellas, nos enriquecemos. Respetemos la variedad cultural. De su mestizaje y amalgama, surgen nuevas ideas que contribuyen al progreso. No nos dejemos manipular, ni por banderitas, ni por medios de comunicación o ideologías interesadas en la división. Una sociedad excluyente, terminará por desaparecer. La mezcla cultural, aviva la convivencia y enriquece la sociedad. Que sobre la fuerza, prevalezca la razón.

 

https://www.nuevatribuna.es/opinion/ramon-hdez-de-avila/polvora-en-chimangos/20181012115720156461.html

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