Ambición de poder, o “el juego del escondite”

 

“Creemos que ocupan posiciones tan relevantes de poder

porque son muy inteligentes. En realidad, nos parecen muy inteligentes

tan sólo porque tienen un poder inmenso”.

Antonio Muñoz Molina

 

De antiguo, pero con clarividente expresión desde Maquiavelo con El Príncipe, nadie, que no sea memo, sabe que la política es el medio para hacerse con el poder, cimentarlo, afianzarse en él y, por último, ampliarlo. Es decir, la política es un medio y el poder, el fin. A los ciudadanos nos obliga y compromete, en consecuencia, a analizar cómo y con qué promesas lo han conseguido y exigirles su honesto cumplimiento y si no, con la crítica y el voto, expulsarles.

 

“Casa tomada” es un cuento corto de Julio Cortázar en el que narra cómo dos hermanos son expulsados de su propia casa. Cuando ésta es tomada, no tienen más remedio que dejarla, llevándose únicamente consigo un reloj y la llave de la casa; se deshacen de ella tirándola a una alcantarilla. En la interpretación política de la metáfora del cuento, cuando quienes acceden al poder no se hacen dignos de representar a los ciudadanos, con ese terapéutico y necesario grito del anciano Stéphane Hessel, firme en sus convicciones, ¡Indignaos!, pidiendo reacción a los jóvenes en una sociedad que vive en un estado de aletargamiento absoluto, hay que decir a quienes ejercen el poder indignamente, “que se vayan de la casa y tirar la llave en la alcantarilla”. No es posible estar indignado y ser pasivo al mismo tiempo. ¡Qué bien supo definirlo Ayn Rand, seudónimo de Alisa Zinóvievna Rosenbaum, la filósofa y escritora rusa-americana de origen judío!: “La ambición de poder es una mala hierba que sólo crece en el solar abandonado de una mente vacía”.

 

Con cierto pesimismo sostenía el filósofo e historiador francés, Michel Foucault, que la ciencia política nunca dejará de estar contaminada por su objetivo: alcanzar el poder; lo justificaba afirmando que, cuando se consigue, qué poco frecuente es ejercerlo a favor del pueblo; al contrario -decía-, no pocas veces no saben qué hacer con él, y lo que es peor, gobiernan contra él.

 

Al día siguiente de las elecciones andaluzas, el popular Moreno Bonilla, a pesar de perder votos a chorros, el de Ciudadanos, Marín, y el “ignoto”, exjuez Serrano, los tres a coro, celebraban felices que habían ganado, pues los españoles querían que ellos lideraran el cambio en Andalucía; con júbilo se decían y decían a los suyos: “¡Al fin lo hemos conseguido!”. Está aceptado democráticamente que las elecciones las ganan quienes llegan a gobernar; pero “vender la piel del oso antes de cazarlo”, además de imprudencia del necio, indica “ambición excesiva de poder”. El cemento que une el pacto del PP y Ciudadanos, y que impulsa a Vox a apoyarlo es, ante todo, expulsar a los socialistas del poder. Puede ser suficiente para formar una mayoría, pero es insuficiente para articular una acción de gobierno.

 

Desde la coherencia política, lo mínimo que se le puede pedir a un partido y a un político es que sepa en qué lado está. En ellos no se puede permitir la mala fe y el engaño oportunista. De ahí que a cualquiera de ellos hay que hacerles la siguiente pregunta y el que no tenga valor de responderla, mejor que se retire: ¿Considera obligado decir siempre la verdad en política? Esa es la transparencia y el verdadero cambio.

 

Considero oportuno, pues, en estos días posteriores a las elecciones andaluzas, en los que unos y otros, -más unos que otros-, andan atareados en ver cómo se reparten el poder, hacer alguna reflexión sobre el perfil de quienes acceden al poder y cómo lo ejercen.

 

Existen demasiados cortesanos, incluso de izquierdas, que abogan por que “en estos momentos cuestionarse o debatir sobre la monarquía sería generar nuevos problemas innecesarios a esta sociedad”. No considero superfluo, en cambio, hacer alguna reflexión, no sobre la institución -por ahora- y su presencia en la Constitución, sino sobre la capacidad de quienes a ella acceden. Es más, si hay que hablar de quienes acceden al poder y cómo lo ejercen, excluir en esta reflexión a la monarquía no sería lógico, pues según la mayoría de los políticos que nos gobiernan, “toda exclusión y excepcionalidad, al ser todos iguales ante la ley, sería antidemocrática”.

 

En su acepción más elemental, monarquía es una forma de gobierno en la que la jefatura del Estado reside en una persona, un rey o una reina, “cargo habitualmente vitalicio al que se accede por derecho y de forma hereditaria”.

 

Así como para acceder a ciertos cargos o puestos institucionales, no siempre pero sí habitualmente, existen elecciones y oposiciones que, en el sentir de los ciudadanos o ante un tribunal legalmente elegido, verifican que tal persona tiene los conocimientos o competencias y habilidades suficientes para el desempeño del cargo, no sucede así en las monarquías. No hace falta acudir a tiempos muy remotos para ver la incompetencia, la escasa inteligencia, la indolencia, incluso los errores, desaciertos y desastres, con los que algunos monarcas han accedido al trono y han gobernado. Los efectos de la endogamia y otras causas, que la historia enseña, lo demuestran. Sin señalar demasiados casos, que “haberlos, haylos”, Carlos IV y su hijo Fernando VII han quedado para la historia como los reyes más torpes y pusilánimes que se pueda recordar.

 

Y si de forma hereditaria pueden llegar a reinar incompetentes, ¿cuántos incompetentes pueden llegar al poder simplemente porque en la estructura partidaria de la política ascienden arribistas en el escalafón; aquellos que, sin haber dado un palo al agua, se mantienen desde “jovencitos” en el partido, sin incomodar, manteniéndose en la obediencia y disciplina de partido, repitiendo “como loros” los argumentarios prescriptivos, es decir, sin molestar, y finalmente, subiendo escalones, entran en las listas electorales. Muchos de ellos son como los pícaros clericales del siglo de Oro que “habían leído apenas y estudiado muy poco”. Es célebre la sentencia de Alfonso Guerra cuando controlaba el aparato del PSOE: “el que se mueve no sale en la foto”; aviso destinado a quienes sentían la tentación de la disidencia dentro del partido; existen buenas experiencias de que, quien se sale del bloque monolítico, corre el riesgo de quedarse fuera, y fuera “hace mucho frío”. No les importa tragar “ruedas de molino” con tal de llegar al poder, es decir, a “mandar sobre haciendas, BOEs y despachos”. De siempre y también en el presente, los partidos no quieren una Administración eficaz y trasparente, un sistema público de funcionamiento que sirva para todos, sino unas redes clientelares de las que ellos se alimentan y en las que ellos prosperan. Cada vez llegan más políticos al Parlamento y a las instituciones autónomas “sin altura, sin ideas ni proyecto personal alguno”; salen del cupo de aspirantes a ocupar escaños, fieles a lo que “mande el partido”, siempre con la carpeta con el logo del partido en ristre y que se vea; se limitan a ser un elemento más del marketing “de esa obediencia ciega necesaria para medrar en el partido”: son políticos irrelevantes y fácilmente sustituibles; poco eficaces, pero con excesivo interés por ser visibles.

 

Lo estamos viendo en estos días entre PP, C’s y Vox; entre sus alfiles: Casado y García Egea, los parlanchines intemperantes; Rivera y Villegas, los “veleta” de gestión vergonzante; Abascal y Ortega Smith, los “Santiago, cierra España y suprime derechos”, y entre sus fieles segundones, ese “TRIO” de peones que pretende sacar del poder andaluz a “un gobierno desastre”, como ellos señalan, para formar, a mi juicio, uno peor: en retroceso y con pérdida de derechos y libertades. Lo forman tres líderes a cuál peor: flojo e indolente, Moreno Bonilla; desvaído, incoherente y contemporizador, Juan Marín; exjuez prevaricador y de escasa credibilidad, Serrano. Democráticamente, nadie discute que, si los partidos políticos les han presentado y han sido elegidos por los ciudadanos, cumpliendo la legalidad, pueden hacer cuantas combinaciones y pactos consideren convenientes para sus propios intereses (mejor sería, para los intereses de los ciudadanos); pero ya que quieren conformar gobierno, repartiéndose “sillones”, como ellos criticaban, es más, lo están deseando ávida y fervientemente, que lo hagan sin tomar el pelo a los ciudadanos. Nuestra obligación y compromiso es mirar lo que sucede para poder, analizarlos, contarlo y si es preciso, criticarlos.

 

Resulta cómico ver cómo el partido de Albert Rivera se esfuerza por marcar distancias con la extrema derecha. Quieren ponerse de perfil haciendo creer que ellos solo han negociado con el PP y que es el PP el que pacta con Vox, pero lo cierto es que sin ellos no habría gobierno posible de la derecha en Andalucía. Si C’s ha conseguido la presidencia de la Asamblea de la Junta andaluza gracias a los votos de Vox, ¿para cuándo la foto de Rivera o Marín con ellos? ¿De verdad se creen Rivera y Villegas que no va a tener que tragar con Vox? Advertía su precandidato a la alcaldía de Barcelona Manuel Valls que “es mejor perder el gobierno que traicionar las propias convicciones y los valores democráticos”. Las veleidades de Ciudadanos y su permanente ambigüedad denotan su incoherencia. El viernes pasado distinta prensa internacional y el propio periódico Libération, coincidían con esta portada como aviso a navegantes: “La derecha y la extrema derecha se dan la mano para gobernar Andalucía”.

 

Mientras, los populares empujan a su “socio naranja” para que asuma su alianza a tres con la extrema derecha de Vox y le anima ya a extrapolar ese pacto andaluz a las municipales, europeas y generales. La pretendida equidistancia de Albert Rivera entre la derecha y la izquierda españolas se ha visto comprometida tras la constitución del Parlamento andaluz. Como dicen los castizos: “se le ha visto el plumero o la veleta”. No son sólo sus adversarios políticos quienes cuestionan su perfil centrista, también hay dirigentes entre sus filas que demuestran una notoria “incomodidad” por la cada vez más visible presencia de Vox en su órbita de acción política. Un partido político llega a su madurez cuando sus componentes dejan de experimentar la necesidad de autoafirmarse. Aunque quieran negarlo, “sus agendas ocultas” en la negociación con PP y Vox, son intereses que no pueden ponerse encima de la mesa porque son inconfesables y pueden traerles consecuencias nada agradables en futuros electorales. En las páginas en blanco no hay erratas. Bien lo expresa ese dicho latino: “Verba volant, scripta manent” (las palabras vuelan, lo escrito permanece). Rivera quiere estar en la misma foto que Macron, mientras Santiago Abascal aspira a concurrir a las europeas junto a los euroescépticos y ultraconservadores, la francesa Marine Le Pen y el italiano Matteo Salvini.

 

Dependiendo con quién hables de “Ciudadanos”, así te cuentan las cosas. No saben si tomarles en serio o es un mal sueño que ya pasará. Da la sensación de que la configuración de ese partido naranja consiste en la ambición de un joven “gesticulante y algo parlanchín”, con cierta “presencia”, que mira por encima del hombro a quienes considera “de la vieja política”; aceptado y financiado por los poderes económicos y la burguesía como “marca blanca” y colchón de descanso para algunos desencantados con el Partido Popular, más un grupo de avergonzados, indecisos o ambiciosos (socialdemócratas aparentes y neoliberales confesos) que, queriendo entrar en política, no lo querían hacer en el PP (nuestra rancia y corrupta derecha) y han encontrado en “Ciudadanos” el atajo, en momentos de vergüenza, incertidumbre e indignación, y con una ciudadanía que no sabe distinguir si son galgos o podencos, para acomodarse plácidamente en las instituciones.

 

Menos teatro, menos paripé y menos hipocresía. ¡Luz y taquígrafos! No se trata de si pactarán con Vox o no. Ya han pactado, y no sólo para la elección de la presidenta de la Asamblea y lo miembros de la mesa y para investir al presidente. Han negociado y pactado para toda la legislatura, incluso las líneas de gobierno, incluidas las líneas marcadas por Vox, pues les tienen “cogidos por los…”. PP y Ciudadanos saben que están en minoría, suman 47 diputados frente a los 50 del PSOE y Adelante Andalucía: en solitario no pueden aprobar ley alguna, necesitan y necesitarán día a día los 12 diputados de Vox hasta para respirar.

 

Como es bien sabido, ninguna información es asumida de igual manera por todos los que la escuchan. La política, entendida como una esfera de comunicación social entre los ciudadanos, sólo es posible gracias a este sentido representativo o a este modo de pensar extensivo que nos permite colocarnos en el lugar de cualquier otro y comprenderlo. Sostenía Georg Gadamer, el filósofo alemán especialmente conocido por su renovación de la Hermenéutica, que cada concepto depende de una palabra, pero cada palabra no es un concepto social y político. Los conceptos sociales y políticos contienen una concreta pretensión de generalidad y son siempre polisémicos. Es lo que sucede con el término “cambio”. Cambio es la forma más general del “ser, de los seres”, abarca todo movimiento y toda interacción. En filosofía, siempre se ha contrapuesto al cambio la relativa estabilidad de las propiedades, de la estructura o de las leyes de la existencia de los cuerpos. El cambio incluye traslados espaciales, metamorfosis interiores de las formas de movimiento, todos los procesos de desarrollo, así como el surgimiento de los nuevos fenómenos en el mundo en un contexto no sólo biológico sino social, político y cultural. El cambio social y político es una alteración de la estructura de la sociedad, que transforma la calidad de vida de los grupos sociales, las normas y valores que regulan sus acciones y dan marco a sus costumbres e idiosincrasia. El cambio social siempre tiene un ritmo, una dirección, y un conjunto de factores facilitadores del cambio. Posee una connotación positiva, puesto que implica la evolución de la sociedad hacia una estructura nueva, adaptada a las necesidades de la situación particular de cada momento histórico. Hoy estamos en una era de “cambio constante”, en la que aquello que funcionó en el pasado ya no funciona. Es la visión de Heráclito. Con su famosa frase “No podemos bañarnos dos veces en el mismo río” expresó que todo cambia, que todo fluye y que nada permanece estático. Las cosas están siempre en proceso y que el cambio es la esencia de la realidad.

 

Es verdad que los tres partidos de la derecha en Andalucía no dejan de repetir que “quieren cambiar las políticas realizadas hasta ahora por los socialistas andaluces”. La palabra “cambio” es la piedra filosofal de la política, esa palabra que las derechas andaluzas usan como sustancia alquímica legendaria que se decía era capaz de convertir los metales básicos en oro, o convertir Andalucía en una Arcadia Feliz, ese país imaginario, creado y descrito por diversos poetas y artistas, en el que reina la felicidad, la abundancia y la paz. Lo decía Rivera: “Somos el cambio, hemos llegado para regenerar la democracia y cambiar la política”; y Moreno Bonilla y Teodoro García Egea: “Hoy estamos en el primer peldaño del cambio para derribar al ‘sanchismo’. A partir de hoy seguimos dialogando con otras fuerzas políticas y, especialmente, con las que integran el cambio”. Y Abascal, el jinete en “su rocinante”: “Vamos a cambiar la política para reconquistar España”. Escuchando estas “memeces”, recordaba la elocuencia consagrada de Rajoy en esa frase alucinante: “Cuanto peor mejor para todos y cuanto peor para todos mejor”, o esta otra lapidaria de Cristóbal Montoro sobre la amnistía fiscal: “no ha habido amnistía fiscal, sino regularización en condiciones diferentes”. Nos creen tan ingenuos que esperan que nos lo creamos. Sintetizando y utilizando la semántica con inteligencia, cambio significa “progreso, avance, conquista, reconocimiento de derechos, evolución que mejora y enriquece…”. Mas, descifrando lo que para la derecha y derecha extrema significa, cambio es un antónimo de todo ello.

 

Hace apenas tres días en la Sexta, a las preguntas de Mamen Mendizábal, en el programa MVT, Isabel Díaz Ayuso, vicesecretaria de comunicación del PP, afirmaba que “Vox es un partido democrático con el que se puede llegar a acuerdos” y que “el PP va a hablar con Vox del mismo modo que lo viene haciendo con Ciudadanos”. Defendió con pasión las políticas en materia de género de los ultraconservadores de Vox frente a “la dictadura de las feministas radicales” con las que había que romper: “Los derechos de las mujeres están perfectamente protegidos y fuera de duda”, subrayó, con un desparpajo altisonante; sus declaraciones parecían más un monólogo o una “performance”; “400.000 andaluces han querido que Vox tenga presencia en las instituciones de Andalucía. Es lo normal en democracia y nosotros tenemos un profundo respeto a los votantes”. Justificó la idea de llegar a acuerdos con la formación liderada por Santiago Abascal porque “respeta la Constitución, el régimen del 78, la corona, la transición y lo que nos une como españoles”, justificando, asimismo, la alianza de su partido con Ciudadanos en Andalucía, apoyada por Vox, con el fin de desbancar al PSOE del poder, habiendo sido la lista más votada. Usó su talento sin ningún talento; fue tan inteligente lo que dijo, que logró que nadie se enterara.

 

Estamos llegando a convencernos de que es más fácil engañar a la gente que convencerlos de que han sido engañados. Seguramente lo que ha sucedido en las elecciones andaluzas, en la elección de la presidenta de la Asamblea y la mesa de la misma, “el juego del escondite deshojando la margarita” al que asistimos y asistiremos hasta la elección del presidente de la Junta, van a ser un sin vivir y un hartazón. Todo parece evidenciar nuestra manifiesta inmadurez al convertir la política en un modus vivendi vitalicio que a muchos les va bien; hemos abierto la puerta a la irrelevancia, al corporativismo, a la rutina, cuando no a la estupidez permisiva. Porque no es la política la que hace a un candidato inepto, parlanchín, intemperante, veleta, xenófobo, flojo, indolente, desvaído, incoherente, contemporizador, prevaricador, con escasa credibilidad o corrupto, es nuestro voto el que le convierte en un político. Asistimos a una representación bufa: “el pacto, pero que no me vean que pacto” de Ciudadanos; las “tragaderas de Moreno Bonilla, “un perdedor con sonrisa”, obediente a cuanto diga la voz convertida en gramófonos parlantes de sus amos, Casado y Egea, “tal para cual” que, sin pudor alguno, salpican denuestos contra el “sanchismo”, vengan o no a cuento; “el galope con doce de los suyos” del “nuevo conquistador de las Españas, el tal Santiago Abascal, más nombrado en estos tiempos en los medios que “la Chelito” y “Rosalía” juntas. Es el tiempo de los oportunistas, para quienes lo importante es llegar más y más alto, sin importar quiénes y cuántos se queden en el camino; es su filosofía de vida; son capaces de seducir y engañar a propios y extraños; no escatima tiempo o esfuerzo en lograr sus objetivos.

 

Lo que antes podía ser un proyecto para “una legislatura”, hoy se ha convertido en una propuesta para salir airoso del momento. Diseñadas por los partidos políticos las propuestas de acción futura, apenas sirven para “un corto plazo”; se montan y desmontan de un día para otro. De ahí la desconfianza que generan los partidos políticos. Atisbamos, asombrados, futuros inciertos. La alta vulnerabilidad en la que muchos ciudadanos se encuentra da pie a que casi no se crea ya en nada. Todas las instituciones están “tocadas”. Gran parte de la sociedad nota su invisibilidad. Y ellas solo se ven a sí mismas, miran su ombligo; mientras se miran su ombligo, no son capaces de ver la situación de los otros, de ahí que no les preocupe. Tienen miradas profundamente individualistas y egocéntricas. Nos entretienen con cuentos, con “trampantojos” (esa maravillosa palabra francesa “trompe-l'œil, trampa ante el ojo”), tan bien diseñados y elaborados que consiguen desviar la atención de lo que a los demás preocupa, centrando la atención en lo que a ellos (su ombligo) más interesa. ¡Con qué fuerza describía Eduardo Galeano a los políticos oportunistas con esas rotundas frases!: “Ahora a la traición se llama realismo; el oportunismo se llama pragmatismo; el imperialismo, globalización. Y a las víctimas del imperialismo, países en vía de desarrollo o daños colaterales”. Habitar en un mundo lleno de personas oportunistas y deshonestas hace que los honestos y sinceros se vean como los equivocados, los perdedores, los “tontos”.

 

El resultado de las elecciones andaluzas ha sido un triunfo para las fuerzas de la derecha, esta vez, auspiciada por los indignados de la derecha. No sé si nos van a traer un cambio del sistema, pero han puesto en jaque al sistema. Han clarificado y mucho el futuro y los agentes del cambio que vendrá. Utilizando términos informáticos, hay que reiniciar el sistema y no nos puede encontrar dormidos. Recuerdo una viñeta de El Roto que decía: “Cuando despertaron, la democracia ya no estaba allí…” Con estas veleidades de experiencias de ultraderecha, puede suceder. Tal vez sea el momento de recordar en qué pueden acabar los rostros angelicales que cantan hermosas canciones. En la película “Cabaret”, esa historia de una americana atrapada en Berlín durante el ascenso del nazismo. Su director Bob Fosse en tres minutos y mediante una bellísima canción (El mañana me pertenece. “Tomorrow belongs to me”) nos explica por qué el pueblo alemán eligió en las urnas a un hombre vulgar llamado Adolf Hitler. Aquí dejo el enlace.

 

 

https://www.nuevatribuna.es/opinion/jesus-parra-montero/ambicion-poder-juego-escondite/20181230111657158779.html

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