La renuncia de Iglesias clausura una semana de bochorno

La correlación de debilidades entre PSOE y Unidas Podemos ha dado lugar a una semana de movimientos y declaraciones de pésimo gusto para una mayoría de votantes de izquierdas.

Sánchez ha conseguido que Iglesias no esté en el Consejo de Ministros.

Sánchez e Iglesias se reunen en el Congreso

El 11 de junio, Sánchez e Iglesias se reunieron en el Congreso. En aquel momento todo parecía más sencillo. 

 

A mediodía del 18 de julio, el cubo de rubik de la izquierda española era incomprensible para varios millones de votantes del PSOE y Unidas Podemos. Una diputada autonómica, Raquel Romero, negaba su voto a la candidata del PSOE, Concha Andreu, para su investidura como presidenta de La Rioja. Incredulidad, indignación y cansancio, los tres factores combinados alimentaban el pesimismo de la “opinión pública progresista” ante la formación de Gobierno. La zanja entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias se hacía más profunda, ante el estupor del personal. Gritos de traición. Protestas: “¡Esto es un chantaje!”. E impotencia total de la opinión pública, perdida desde hace meses en la táctica de dos partidos que nunca han confiado el uno en el otro.

Faltaba un paso que respondiera a esa impotencia y fatiga, y lo dio el secretario general de Unidas Podemos al renunciar en la tarde del 19 de julio a entrar en el Consejo de Ministros. El PSOE tiene ahora la mano para decidir si es suficiente o si es necesaria otra claudicación por parte de los de Iglesias. 

Casi tres meses después de la jornada electoral del 28 de abril, y de una campaña electoral en paz y armonía, los dos partidos que representan a la izquierda española mayoritaria han sido, hasta ahora, incapaces de llegar a un acuerdo para la conformación de Gobierno y la investidura de Pedro Sánchez como presidente. Pero el mercado se cierra, y este fin de semana y la jornada del lunes deben valer para que prevalezca la necesidad de los partidos de pactar sobre la confrontación.

Solo en la última semana se ha acelerado la presión por parte de Sánchez para encadenar a Unidas Podemos a un acuerdo de investidura. Una semana de bochorno, calor intenso y entrevistas plomizas en las que ha quedado claro que no ha habido ningún cortejo de seducción por parte del PSOE a su socio más factible para la investidura.

El equipo de Sánchez se afanó, en las diez semanas anteriores, en conseguir dos objetivos que han constatado que no se podían producir a la vez: hundir a Podemos, tapándole las vías para superar su crisis, o gobernar con su apoyo.

Si la presión se ha incrementado la pasada semana —especialmente en dos entrevistas, el 15 y el 18 de julio, en las que Sánchez desempolvó la noción de un Podemos antisistema y peligroso— es, precisamente, porque ha sido el único plazo que los socialistas se han dado para la negociación. La firmeza de Ciudadanos en su apuesta por mantener el “ciclo de los balcones” abierto y, por tanto, la negación de Albert Rivera del pan y la sal al “sanchismo”, ha situado al PSOE en una situación desesperada. La remota posibilidad de una Gran Coalición con el PP, por la vía de la abstención “responsable”, solo ha reforzado la idea de que el equipo de Sánchez está improvisando después de haberse dejado llevar en la confianza de que tarde o temprano la naranja daría zumo.

Negociación seria, crisis profunda

En el caso de Unidas Podemos, la espera ha sido menos accidentada de lo habitual. Los malos resultados en las elecciones municipales y autonómicas de mayo precipitaron la salida de Pablo Echenique de la Secretaría de Organización, pero el cisma se había producido antes. Echenique estaba virtualmente fuera de ese área meses antes de las elecciones. Ningún secretario de organización puede sobrevivir a un cataclismo como el que se generó en Madrid con la defección, cuatro meses antes de las elecciones, del candidato autonómico designado por las fuerzas vivas de la calle Princesa.

Los problemas que ha tenido Unidas Podemos para llegar a la meta, a pesar de la relativa calma del periodo de negociación, siguen siendo estructurales y la lectura de la dirección del partido es clara: solo alcanzando el Consejo de Ministros puede ser posible iniciar la reconstrucción del hoy confuso significante Unidas Podemos.

Las cabezas en torno al proyecto tienen ante sí una tarea aún más compleja que la de entrar —y mantenerse— en el Gobierno: salvar una coalición, confederación o incluso partido, reconocer, reintegrar y renovar votos con las disidencias y los aliados —Adelante, Anticapitalistas, En Comú, etc—, concluir la fusión fría con Izquierda Unida y ponerla a hervir a fuego lento de cara al próximo ciclo electoral. 

En definitiva, reiniciar el proceso que comenzó en 2014 con bases más estables, las que dan la llave de algunos ministerios, desde la certeza de que el caudal de ilusión se ha perdido y que solo la apertura de un proceso ambicioso y realista puede atajar el desencanto —modelo siglo XXI— que ha agotado a la organización desde 2016. Y todo ello bajo la presión del emergente proyecto de Íñigo Errejón, que esta semana ha conseguido entrar en el grupo confederal del Senado que forman los “aliados laterales” y no tan laterales de Podemos.

La última consulta sobre la participación del partido —Podemos— en la sesión de investidura del lunes 22 es un reflejo del desgaste de la imagen del proyecto: han participado 138.488 personas, ha habido cierta pluralidad, ya que el resultado ha sido más equilibrado de lo que se esperaba, pero las críticas internas —la más sonora, la de Teresa Rodríguez— y externas —el PSOE ha llegado a pedir que se retirara la consulta— han contribuido a aumentar la sensación térmica de un grupo director en una desquiciada deriva hacia la nada. Nadie, o casi nadie, ha reclamado una consulta del mismo signo en el PSOE, lo que constata que las demandas de democracia interna no sobrepasan los límites de los proyectos en torno a Podemos e Izquierda Unida, por más rudimentarios y plebiscitarios que sean sus métodos de consulta a las bases.

El riesgo que corre Sánchez

La interpretación sobre el desacuerdo varía según la firma, pero hay consenso en que la repetición electoral supone un riesgo demasiado alto para ambos partidos. El PSOE se arriesga a que la combinación de alta abstención y reagrupamiento de la derecha le sitúe en una posición de suma cero respecto a los escaños necesarios para hacer a Sánchez presidente. Aunque el último barómetro del CIS le otorga casi el 40% de los votos, la realidad indica que en la última década solo se ha superado el 30% del voto en las europeas de mayo. Todo dependería de la baraka o suerte de Sánchez. Vale que le guste jugar fuerte, pero una cosa es una cosa, y seis, media docena.

Agitar la posibilidad de que Íñigo Errejón comande una operación exprés para la formación de una fuerza de apoyo que recoja votos suficientes para sustituir limpia y demoscópicamente a Unidas Podemos no es más que eso, agitar una sombra chinesca. La cuenta, incluso con Errejón u otra posible candidata de “Más País” en liza, corre el riesgo de salir mal por los sistemas de reparto establecidos por el sistema D’Hont. En última instancia, el PSOE también puede salir perjudicado del crecimiento de esa hipotética candidatura, como ya ha sucedido desde 2014 en el Ayuntamiento de Madrid.

El error táctico del PSOE al insinuar la posibilidad de repetición electoral antes de iniciar las negociaciones ha dejado al gabinete de Sánchez poco margen para la persuasión. Unidas Podemos interpretó la labor de zapa de José Luis Ábalos, Isabel Celáa y Carmen Calvo como una ratonera dispuesta mientras se producían los bailes de salón mediáticos y empresariales destinados a seducir a Ciudadanos.

Tras despertar a la realidad de que el PSOE no iba a doblar el brazo de ninguno de los partidos de la derecha, el pacto con Unidas Podemos se hizo imprescindible y no solo una recomendación de sus bases izquierdistas. Ahí comenzó el momento realista. Y en ese momento, al margen del capricho monocolor, solo se podía salvar uno de los objetivos: que Iglesias no entrara en el Consejo de Ministros.

La primera premisa del PSOE, por tanto, pasó a ser evitar que se repitiera el efecto que en Italia ha tenido para el Movimiento 5 Estrellas la entrada de Matteo Salvini en la sala de mandos del Estado. Para ello, Sánchez dispuso una ofensiva ideológica sobrevenida contra Iglesias. La posición sobre Catalunya y la descalificación como “antidemócrata” del secretario general de Podemos marcaron el perfil duro de Sánchez en una negociación que descarriló completamente entre el viernes 12 de julio —cuando Iglesias dijo que la propuesta del PSOE de ministros “técnicos” es una idiotez— y el 18 de julio (!), fecha en la que Sánchez desveló las supuestas exigencias de Iglesias en la negociación.

Efecto rioja

El tacticismo de ambas partes antes del último momento de la negociación, sin embargo, tuvo en La Rioja un momento escandaloso que desató las alertas progresistas. Las dos sesiones de investidura fallidas de la candidata del PSOE han dado argumentos a Pedro Sánchez para retomar el adagio de que en Podemos no se puede confiar. También ha desvelado la imperfección —o chapuza— de esa fusión fría entre Izquierda Unida y Podemos. Pero, tras tres meses de mareos, el PSOE apenas pudo mantener el tono de partido de Estado ante la descoordinación que ha reflejado la inactividad del mando socialista desde el 28 de abril hasta el 12 de junio. 

La semana a cara de perro entre el PSOE y el núcleo dirigente de Unidas Podemos terminó ayer, 19 de julio, con los primeros signos de deshielo y con la confirmación de que Sánchez tendría la pieza que estimaba necesaria para presentar el acuerdo. Por la mañana, Irene Montero insinuaba que Pablo Iglesias podría llegar a aceptar dar un paso atrás para desbloquear la posibilidad del Gobierno de coalición. Como contrapartida, Adriana Lastra insinuaba que la línea roja marcada por Sánchez solo incluía a Pablo Iglesias, lo que significa que Irene Montero sí puede ser integrada en el Consejo de Ministros. Más allá de una lucha de egos, el requisito imprescindible para el PSOE, a esas alturas, era no pasar por derrotado en una negociación que comenzó con desgana y que está terminando sobre la bocina y con la paciencia de sus votantes. El paso atrás de Iglesias da a Sánchez la salida que necesitaba. Pero puede no ser definitiva si, como señaló el secretario general de Podemos, todo ha sido solo una excusa.

Tras el agobio de los últimos siete días, el fin de semana y el tiempo hasta el jueves, cuando tendría lugar la segunda y definitiva votación para la investidura de Sánchez, deben servir para que la atribulada opinión pública de izquierdas reciba la noticia de un acuerdo y relaje su suspicacia, fatal para la tensión y el ánimo. Sin ese acuerdo, el tiempo hasta septiembre será una continuación de un espectáculo que ha perdido toda la gracia.

Foto: Dani Gago

https://www.elsaltodiario.com/partidos-politicos/iglesias-renuncia-semana-bochorno-negociacion-psoe-unidas-podemos

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