“Nuestros problemas son políticos. Y si la política es diálogo, la política democrática es un diálogo reforzado”

En su libro publicado en 1936 Juan de Mairena. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo, Antonio Machado nos cuenta: «Preguntadlo todo, como hacen los niños. ¿Por qué esto? ¿Por qué lo otro? ¿Por qué lo de más allá? En España no se dialoga porque nadie pregunta, como no sea para responderse a sí mismo. Todos queremos estar de vuelta, sin haber ido a ninguna parte. Somos esencialmente paletos».

¿Y para qué este prólogo? La respuesta es muy clara. Tiene plena actualidad, está relacionado con todas las dificultades para formar gobierno a nivel del Estado. Si estamos donde estamos, es porque ha sido abandonado el diálogo, porque nadie pregunta, ni Casado, ni Rivera, ni Sánchez, ni Iglesias ni Abascal, a no ser para responderse a sí mismo. Lo único que les interesa de su propia pregunta, es su propia respuesta. Y esto no es diálogo, sino puro y estricto monólogo. 

Quiero fijarme en dos de nuestros líderes políticos, Albert Rivera Pedro Sánchez aunque también podría hacerlo a Casado, Iglesias o Abascal. De Rivera, que llegó a la política con el objetivo de regenerarla, se niega incluso a entrevistarse con Pedro Sánchez. Sobran comentarios.

Tengo mis dudas de que nuestros líderes políticos sean conscientes del daño causado a nuestra convivencia por sus comportamientos actuales, por su manifiesta incapacidad para el diálogo, que es el ADN de la democracia

En cuanto a Pedro Sánchez resulta decepcionante y poco democrático vetar cara a un posible gobierno de coalición al secretario general de una formación política con 3,7 millones de votos detrás, y que además argumenta que tiene interés de llegar a un acuerdo con ella. Tal actuación resulta paradójica si tenemos en cuenta algunas palabras emitidas por Pedro Sánchez en su discurso de presentación como candidato del PSOE para las elecciones generales de 2015, un discurso de gran calado político. Hay un fragmento que fue muy poco destacado por los medios de comunicación, sobre la esencia de la democracia, muy pertinente para los momentos actuales: "Si algo hay claro en el panorama político en el que nos encontramos, es que estamos obligados al diálogo. Ya no sólo como un imperativo moral, sino como una necesidad funcional. Esa es la realidad política de la España actual. Y el diálogo y el acuerdo exigen el reconocimiento de la dignidad moral del adversario, exigen el respeto al otro, exigen escuchar al otro. Exigen arriesgarse a un diálogo del que ninguno saldrá igual que cuando lo inició. Un diálogo, cuando es de verdad, exige asumir el riesgo de ser convencido. Son necesarias nuevas formas de valentía en nuestra sociedad, que requieren más inteligencia que la que es necesaria para declarar inelegible moralmente al contrario, que la inteligencia necesaria para destruir moralmente a nuestro adversario cuando no somos capaces de combatir sus ideas". Tales palabras contrastan con el comportamiento político actual de nuestros dirigentes, que consideran el aceptar una propuesta del adversario, como una muestra de claudicación o debilidad. Cuando es por el contrario una muestra de altura moral y de buenas prácticas democráticas.

Nunca viene mal recurrir a algunas reflexiones sobre la política  de Manuel Azaña de un discurso pronunciado el 21 de abril de 1934  en la Sociedad del Sitio de Bilbao, titulado Un Quijote sin celada. Mucho me temo que no lo hayan leído nuestros líderes políticos. Por eso, se lo recuerdo. Azaña considera la política como la aplicación más completa de las capacidades del espíritu, donde juegan más las dotes del ser humano, tanto las del entendimiento como del carácter. La política, como el arte, como el amor, no es una profesión, es una facultad, que no tiene nada que ver con la elocuencia. La facultad política se tiene o no se tiene, y el que no la tenga, inútil será que se disfrace con todos los afeites exteriores del hombre político, y el que la tiene, tarde o temprano es prisionero de ella. Un hombre político tiene que sentir emoción delante de la materia política. La emoción política es el signo de la vocación, y la vocación es el signo de la aptitud. 

Los móviles sigue diciéndonos Azaña, atentos Casado, Rivera, Sánchez, Iglesias y Abascal, que llevan a los hombres a la política pueden ser: el deseo de medrar, el instinto adquisitivo, el gusto de lucirse, el afán de mando, la necesidad de vivir como se pueda y hasta un cierto donjuanismo. Mas, estos móviles no son los auténticos de la verdadera emoción política. Los auténticos, los de verdad son la percepción de la continuidad histórica, de la duración, es la observación directa y personal del ambiente que nos circunda, observación respaldada por el sentimiento de justicia, que es el gran motor de todas las innovaciones de las sociedades humanas. De la composición y combinación de los tres elementos sale determinado el ser de un político. He aquí la emoción política. Con ella el ánimo del político se enardece como el ánimo de un artista al contemplar una concepción bella, y dice: vamos a dirigirnos a esta obra, a mejorar esto, a elevar a este pueblo, y si es posible a engrandecerlo.

Debería exigirse a nuestra clase política sobre todo ejemplaridad. En su libro Ejemplaridad pública, el filósofo Javier Gomá expresa una serie de reflexiones muy oportunas para la situación política actual. Toda vida humana es un ejemplo: obra de tal manera que tu comportamiento sea imitable y generalizable en tu ámbito de influencia. Este imperativo es muy importante en la familia, en la escuela, y sobre todo, en la actividad política, ya que el ejemplo de sus dirigentes sirve, si es positivo, para cohesionar la sociedad, y si es negativo, para fragmentarla y atomizarlaEl espacio público está cimentado en la ejemplaridad. Podría decirse que la política es el arte de ejemplificar. Los políticos, sus mismas personas y sus vidas, son, lo quieran o no, ejemplos de una gran influencia social. Como autores de las fuentes escritas de Derecho-a través de las leyes- ejercen un dominio muy amplio sobre nuestras libertades, derechos y patrimonio. Y como son muy importantes para nuestras vidas, atraen sobre ellos la atención de los gobernados y se convierten en personajes públicos. Por ello, sus actos no quedan reducidos al ámbito de su vida privada. Merced a los medios de comunicación de masas se propicia el conocimiento de sus modos de vida y, por ende, la trascendencia de su ejemplo, que puede servir de paradigma moral para los ciudadanos. Los políticos dan el tono a la sociedad, crean pautas de comportamiento y suscitan hábitos colectivos. Por ello, pesa sobre ellos un plus de responsabilidad. A diferencia de los demás ciudadanos, que pueden hacer lícitamente todo aquello que no esté prohibido por las leyes, a ellos se les exige que observen, respeten y que no contradigan un conjunto de valores estimados por la sociedad a la que dicen servir. No es suficiente con que cumplan las leyes, han de ser ejemplares. Si los políticos lo fueran, serían necesarias muy pocas leyes, porque las mores cívicas que dimanarían de su ejemplo, haría innecesaria la imposición por la fuerza de aquello que la mayoría de ciudadanos estarían haciendo ya con agrado. Con la democracia liberal, se acrecienta todavía más la necesidad de la ejemplaridad del profesional de la política. Además de responder ante la ley, es responsable ante quien le eligió. 

Tengo mis dudas de que nuestros líderes políticos sean conscientes del daño causado a nuestra convivencia por sus comportamientos actuales, por su manifiesta incapacidad para el diálogo, que es el ADN de la democracia. El mismo Sánchez en el discurso ya citado reconoció que nuestros problemas son políticos. Y si la política es diálogo, la política democrática es un diálogo reforzado. Parafraseando a Fernando de los Ríos, Sánchez abogó por “abrir un tiempo de tolerancia y respeto que permita el diálogo fructífero” ya que “la única revolución que hace falta en España es la revolución del respeto”.

Cándido Marquesán Millán
https://www.nuevatribuna.es/opinion/candido-marquesan-millan/nuestros-problemas-son-politicos-politica-es-dialogo-politica-democratica-es-dialogo-reforzado/20190809123054165167.html
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