Un paso atrás

 

Los resultados de las elecciones generales del 10N se concluyeron como se han concluido en su día las adelantadas elecciones andaluzas y han confirmado los pronósticos vaticinados  por las encuestas. Si la conclusión de estas elecciones no es idéntica para Pedro Sánchez como lo han sido las andaluzas para Susana Díaz, digan lo que digan los portavoces del PSOE, sus tejes y manejes electorales no solo no han dado el resultado esperado sino que desde su propia perspectiva lo han empeorado.

El PSOE puede hacer repetir como un mantra a sus portavoces que ganaron por tercera vez consecutiva unas elecciones, pero en sus caras se ve que ni ellos mismos se lo creen. Los hechos son testarudos y las cifras, por lo menos estas, no se pueden falsificar; casi 730.000 votos menos y 3 diputados perdidos. Para alguien que quería ver reforzado su liderazgo los resultados abogan más bien por lo contrario. Es más, si a sus propios resultados añadimos el batacazo de Ciudadanos su ocurrencia de repetir elecciones le salió caro aunque en sí eso no debiera preocuparnos.

No cabe duda que el anuncio de la repetición de elecciones ha tenido como consecuencia  la postración y desilusión de una parte de la clase trabajadora en particular y el electorado de izquierda en general, lo que explicaría el incremento de la abstención de 6 puntos. Tampoco cabe duda que la nueva composición del arco parlamentario, con la presencia de 52 diputados de extrema derecha, contribuya a mejorar los ánimos. Esto dicho, por ahora, nada es irreversible, la fuerza de la clase trabajadora sigue ahí, presente e intacta. El  futuro de las clases populares no se juega en el parlamento pero en las calles.

Si aquí o allí, puntualmente, algunos votos de izquierda han ido a parar en las alforjas de la extrema derecha, esencialmente los 52 escaños obtenidos por Vox se deben antes que nada a una redistribución de la correlación de fuerzas entre las derechas. Lo que no significa que podamos perdernos por los maizales. Ningún gobierno, sea cual sea este, serviría para frenar a la extrema derecha si la clase trabajadora y la población de izquierda no mete baza en el asunto, saliendo a la calle para defender sus propias reivindicaciones y sus propios intereses.

No obstante, si el PSOE es el responsable del estado de ánimo de las clases populares y electores de izquierda, desgraciadamente los resultados de Unidas Podemos no contribuyen a mejorarlo. Más allá del propio resultado obtenido por Unidas Podemos, que no es de extrañar, lo más preocupante es que la única perspectiva que sigue ofreciendo es la de participar en un gobierno de coalición. Hacer creer que un gobierno, aunque este se pretenda de “progreso”, pueda ser la garantía para que la reforma laboral, la ley mordaza o la ‘mochila austriaca’, por ejemplo, sean las unas abrogadas y la otra olvidada, es una quimera.

De hecho, el texto que sirve de preacuerdo para la formación de un futuro gobierno de coalición deja muy claro los límites de lo útil que sería un tal gobierno para la clase trabajadora. Además de que en esos 10 puntos no aparece por ninguna parte la derogación de la ley mordaza ni la de la reforma laboral, su contenido son declaraciones generales de intención. Al parecer este preacuerdo es tan solo un esbozo al que ulteriormente se añadirán más detalles. Temo que este preacuerdo sea solo eso, un preacuerdo sin futuro tangible.    

Ningún partido político participando en un gobierno, por muy progresista que este sea, podría ser garante de los intereses de las clases populares mientras dicho partido cuente únicamente con su influencia parlamentaria, sin presencia militante entre las clases que dice representar y mientras el poder económico y los medios de producción estén en manos de la burguesía.

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