Normalizando el fascismo

 

Ayer, cuando leí la noticia por primera vez, pensé que los protagonistas eran grupos de “incontrolados” fascistas que se habían introducido en el Cementerio del Este de Madrid con nocturnidad y alevosía. No, estaba equivocado, eran trabajadores mandados por el Ayuntamiento de la capital quienes estaban arrancando las placas con los nombres de tres mil fusilados por Franco después de la guerra que él mismo provocó. De manera que las víctimas del tirano ni tienen derecho a una sepultura digna ni a que se recuerden sus nombres en un memorial porque quienes mandan en Madrid, y en otros muchos puntos de España, ganaron la guerra y están ganando la democracia, derrotándola otra vez. Vox es la extrema derecha, sí, pero también el perro guardián, el amigo necesario del Partido Popular y Ciudadanos para aplicar su verdadero programa político sin ningún tipo de complejos, un programa que no contempla el franquismo como una ignominia sangrienta y dolorosísima sino como algo natural, como otro tiempo en el que también fuimos felices: Total, ¿que importa la Libertad, qué el Derecho, qué la Dignidad, qué la Justicia si podíamos contemplar una procesión de santos tremebundos con las luces apagadas del pueblo, ver un partido de fútbol gratis en la TV o sentirnos protegidos por la guardia mora a caballo de Franco o los jueces de Falange?

Horas después de conocer la noticia del cementerio, quedé atónito al contemplar como un tipo de precaria formación ética y humana despreciaba, también en el Ayuntamiento de Madrid del que Vox es columna vertebral, a las víctimas del terrorismo machista, mirando para otro lado cuando una mujer, en silla de ruedas por los balazos de un bestiajo, le recriminaba su actitud miserable defendiendo con sus palabras la dignidad de todas las mujeres mientras callaban quienes tenían la obligación de expulsar al tipo de la sala. Ortega Smith había visitado el año pasado la localidad alicantina de Callosa de Segura, poco después de que, en cumplimiento de la Ley de Memoria Histórica, se hubiese retirado la cruz nacional-católica que homenajeaba a quienes habían combatido contra la democracia republicana. En aquella ocasión, el dirigente del partido fascista dijo que la cruz retirada “recordaba hechos tristes, sí, personas fusiladas en una guerra, pero sin odio, con amor”, afirmando que su partido fascista pretendía con ese acto reivindicativo defender la identidad española, que para esa gente no es otra que la nacional-católica adobada con las máximas económicas de Milton Friedman, eso sí reservando al Estado la protección de sus intereses de clase.

Si la democracia se convierte en el sistema político de los privilegiados y abandona al resto de la sociedad, deja de serlo para convertirse en oligocracia, y es ahí donde crece el voto de la decepción, del desencanto permanente y de la demagogia, caldo de cultivo ideal para los partidos enemigos de las libertades

Aunque tengan parte de responsabilidad, tal vez mucha, no se puede culpar a Pablo Motos, Ana Rosa Quintana, Susana Griso y otros presentadores televisivos del ascenso que ha tenido Vox en las últimas elecciones. Con sus palabras, con sus entrevistas nada incisivas, esas personas y sus medios de comunicación contribuyeron a presentar como gente normal a los jefes nacionales de Vox, muy familiares, con sus niños, sus perritos y sus paseos por el parque admirando el color de las margaritas. También lo hicieron los locutores de la televisión pública que llamaron una y otra vez nostálgicos a quienes gritaban y cantaban himnos lamentables cuando el dictador fue exhumado en lugar de llamarles por su nombre: Fascistas, calificativo que en absoluto molesta a los adoradores de Franco sino que les hace sentir más viva la llama de su patria. No, sería una torpeza mayúscula. En el ascenso de Vox, que es un hijo natural del Partido Popular al que han dado rienda suelta, confluyen otros factores porque además del voto del sector más reaccionario de la sociedad española, también han recibido sufragios de quienes sienten que la democracia les ha abandonado al no aplicar más recetas que las neoliberales, al sumar recortes sobre recortes que sólo sirven para aumentar las diferencias entre ricos y pobres y la cantidad de personas que ya no tienen ningún cabo al que agarrarse. Tampoco es ajeno a ese incremento de votos ultras, la mentira que se ha instalado en los partidos políticos que prometen una cosa y luego hacen justo la contraria, sobre todo los partidos de izquierda en el poder -la derecha siempre cumple su programa, incluso va más allá-, incapaces de plantar cara a las directivas europeas ultraconservadoras, de tejer alianzas dentro de la Unión para acabar con ellas y, de ese modo, poder acometer la imprescindible redistribución de la riqueza consustancial a la Democracia: Si la democracia se convierte en el sistema político de los privilegiados y abandona al resto de la sociedad, deja de serlo para convertirse en oligocracia, y es ahí donde crece el voto de la decepción, del desencanto permanente y de la demagogia, caldo de cultivo ideal para los partidos enemigos de las libertades.

Sin olvidar el peso que en el incremento del voto ultra ha tenido el movimiento catalán liderado por Puigdemont, Aragonés y Torra -que no son precisamente entusiastas defensores de los público ni de la justicia fiscal-, el hecho indubitable es que un partido de extrema derecha ha entrado con fuerza en las instituciones locales, territoriales y estatales para hacerlas reventar. No es algo exclusivo de España, no hay más que mirar quien manda en Estados Unidos, quién lo hará con toda probabilidad en Gran Bretaña, quien puede ser en breve jefe de Italia, quienes gobiernan en Polonia, Rusia o Hungría para comprobar que la democracia está en retroceso, que los patanes nacionalistas y demagogos se están abriendo paso en todos países del mundo que dicen no ser dictaduras ante la pasividad de individuos e instituciones. El nivel de exigencia de la democracia ha bajado tanto que del mismo modo que acoge en su seno a partidos fascistas, es capaz de abrir debates sobre si lo ocurrido en Bolivia es un golpe de Estado o no cuando el ejército ha quitado a un gobierno por la fuerza, a tiro limpio, y ha puesto otro, fusil y biblia en mano, a su antojo y con el beneplácito de Estados Unidos; de ignorar los cientos de asesinatos cometidos en Chile, Haití, Colombia por sus respectivos gobiernos “amigos”. 

No digo que esté todo perdido, porque no lo está todavía, pero si los gobiernos de las democracias, como es su obligación, no se ponen al servicio de los pueblos, a examinar los problemas de la gente y darles cumplido remedio, si no son capaces de someter a las grandes corporaciones nacionales e internacionales al orden constitucional, si no tienen la valentía de combatir la demagogia haciendo ver a los ciudadanos que la palabra dada, el programa, se cumple, si no acometen con urgencia poner en orden la globalización, que hasta ahora sólo ha servido para causar miseria y socavar los derechos humanos, si no se atreven a declarar ilegales a los partidos  fascistas, entonces volveremos a estar en vísperas de un tiempo calamitoso que ya vivimos tiempo atrás, sólo que ahora, gracias a los avances tecnológicos y a la confusión general, los instrumentos represivos pueden ser mucho más eficaces y duraderos.

https://www.nuevatribuna.es/opinion/pedro-luis-angosto/normalizando-fascismo/20191126123600168547.html

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