La crisis no ha terminado... la corrupción tampoco



Los últimos meses hemos asistido a una intensa campaña de propaganda desplegada por los principales gobiernos de todo el mundo, entre ellos el catalán y el español, sobre el final de la crisis. El discurso es simple: lo peor ya ha pasado, la recuperación se aproxima y enfilamos ya la recta final. Asunto concluido. Y dentro de poco, business as usual, como dicen en los Estados Unidos. Mirándolo bien, la crisis no era tan grave.



La realidad, sin embargo, parece un poco diferente. La crisis económica se ha transformado en una verdadera crisis social, donde el desempleo y las dificultades para llegar a final de mes son una realidad que afecta amplios sectores de la población. Estamos al final del principio, no al principio del final.

Más de un año después del crack de Wall Street, a pesar de la retórica de los gobiernos del G20, las medidas adoptadas por todas partes buscan hacer pagar el coste de la crisis a los sectores populares y apuntalar los cimientos del actual modelo económico, sin cambios significativos más allá de la corrección de algunos "excesos". Contrariamente a algunas ilusiones iniciales, a menudo extraídas de lecturas erróneas de los años treinta, no ha habido un giro neokeynesiano a las políticas dominantes hacia un "capitalismo regulado".



No lloverán reformas espontáneas desde arriba. Para conseguir un cambio de orientación, habría que construir otra correlación de fuerzas entre capital y trabajo. Pero la respuesta social a los intentos de que la crisis la paguemos todos y todas son de momento todavía débiles. Hay un sesgo muy grande entre el descrédito del actual modelo económico y su traducción en movilización colectiva. Y la política de los grandes sindicados, francamente, no ayuda mucho, y favorece la pasividad y la resignación.



En un paisaje marcado por la crisis hay que añadir el estallido de los graves escándalos de corrupción que han sacudido Catalunya en el último periodo. De nuevo, las explicaciones oficiales que se intentan vender no son creíbles. Si la crisis no es consecuencia del comportamiento irresponsable de cuatro directivos y banqueros avariciosos, sino que se trata de una crisis sistémica y estructural; la corrupción tampoco es resultado de comportamientos aislados de individuos con afán de enriquecerse a todo trapo. La corrupción está ligada a un determinado modelo de desarrollo basado en la especulación inmobiliaria, los vínculos entre poder político y empresarial, y la transformación de los partidos en maquinarias electorales, dirigidas por una casta de políticos profesionales con sensación de impunidad y de blindaje absoluto.



En un contexto como el actual, marcado por la crisis, la corrupción y el desencanto generalizado es necesario organizar una amplia respuesta. Las reacciones de los sectores populares, en escenarios como el actual, pueden estar dominadas por el miedo y el egoísmo o por la rabia frente a la injusticia y la solidaridad. Y orientarse hacia opciones progresistas o girarse hacia alternativas reaccionarias. A pesar de las dificultades de la situación, no hay que ser pesimistas. Estamos aún en una primera etapa.



Las movilizaciones de estos días en Santa Coloma de Gramanet contra la corrupción, las protestas ecologistas con ocasión de la conferencia de la ONU sobre cambio climático en Barcelona y el inicio de los preparativos para organizar una amplia respuesta a la presidencia española de la Unión Europea el primer semestre del 2010 van en la dirección adecuada. Junto a esto, tenemos que seguir trabajando para la construcción de una alternativa anticapitalista hoy más necesaria que nunca, que defienda un horizonte de ruptura con una realidad cada vez más inaceptable.



Josep Maria Antentas y Esther Vivas son miembros de Izquierda Anticapitalista. Artículo pulicado en El Triangle.

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