Cuba, gran récord frente a un señor huracán y ni un sólo muerto. Los vientos llegaron a marcar 340 km/hora antes de que rompiera el equipo que los medía

El paso del huracán Gustav por el occidente del archipiélago cubano, con su carga de vientos y lluvias, es historia. Sus ecos nos traen las proezas humanas de la reconstrucción de daños inmensos, invaluables aún en toda su magnitud, causados por un meteoro que abarcó cuatro provincias.

Los territorios menos damnificados enviaron auxilio urgente con brigadas de trabajadores de la industria eléctrica, para contribuir al restablecimiento de ese servicio en Pinar del Ríojunto e Isla de la Juventud, donde localidades enteras vieron derrumbarse las viviendas de sus moradores.

Numerosos récords ha dejado Gustav, cuyas rachas de vientos llegaron a marcar 340 kilómetros por hora antes de romper el equipo que medía esa intensidad; olas de cinco metros llevaban la penetración marina hasta seis kilómetros en zonas bajas.

Pinar del Río no era azotada por un meteoro de esa magnitud desde el año 1946. Cuatro horas tardó el destructor Gustav en cruzar la franja de tierra vueltabajera, período breve en el tiempo, pero largo en la espera humana bajo vientos aullantes y lluvias que presagiaban pérdidas agrícolas importantes.

Derrumbes y otros desastres causaron los remolinos de nubes y vientos, los cuales echaron a volar techos y a devorar millones de jornadas de trabajo creador de pinareños e isleños.

Pero ninguno de los récords atmosféricos se puede comparar con el impuesto por los cubanos todos: al redactar estas líneas ni una sola persona había perecido como consecuencia del huracán, que lamentablemente ocasionó varias decenas de víctimas mortales a su paso por otras zonas del Caribe.

Esta realidad contrastante no es noticia para mucha prensa foránea, que no hurga en los por qué de ese milagro cubano. Si lo hicieran, hallarían las respuestas en la estructura sociopolítica del mayor archipiélago de las Antillas, capaz de desplegar una organización ejemplar como escudo de disciplina frente a la ira periódica de la naturaleza en el trópico.

¿Cómo es posible que esas decenas de miles de damnificados de todas las edades y sexos se muestren serenos y confiados?

La respuesta es el gran récord que supera todas las estadísticas de los ciclones, la proeza humana de salvaguardar las vidas de los ciudadanos, la garantía sentida de que hoy nadie quedará abandonado a su suerte, la clara comprensión de que Cuba toda se levanta para auxiliar a sus hermanos.


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