Los números de Nueva Zelanda

La historia está llena de números violentos: los de los campos de concentración, de incontables números de invasiones, de desaparecidos, de exterminados en tantos genocidios, de despedazados por bombas, de asesinados en miles de ataques y masacres, y de tantos etcéteras letales.

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A la 1:41pm, hoy, lunes 18 de marzo, Nueva Zelanda se detuvo en un minuto de reflexión, tres días después de la masacre de Christchurch. Esa hora le ha sumado números fatídicos a la historia de este país pacífico y seguro. Y están los números de las víctimas, de los familiares, los amigos y las comunidades afectados. El número de páginas del “Manifiesto” del perpetrador. El número de armas que pudo comprar. El número de meses que habitó en una ciudad del sur, entre viajes a otros países. El número de veces que el Partido Nacional se opuso a los cambios de la ley que regula la posesión de armas como las usadas en la masacre. Todos estos números, y otros que irán revelándose a medida que progrese la investigación, estarán para siempre ligados a este pequeño país oceánico.

 

Sabemos que la historia está llena de números violentos: los de los campos de concentración, los de incontables números de invasiones, de desaparecidos, de exterminados en tantos genocidios, de despedazados por bombas, de asesinados en miles de ataques y masacres, y de tantos etcéteras letales. Ahora, este país aporta sus números.

 

Y la pregunta sigue abierta: ¿Por qué este país? ¿Será porque en su país natal, este australiano no habría podido comprar armas automáticas con tanta facilidad? ¿O quizá porque Nueva Zelanda era un “soft target” (un blanco fácil)? ¿Será para demostrar que ningún país, ni siquiera los más alejados de las zonas de conflicto ni los más seguros, está excluido de las redes del terror?

 

Los latinoamericanos que vivimos aquí hemos estado contestado mensajes de parientes y amigos que nos preguntan si estamos bien y qué tan lejos queda la ciudad de Christchurch de donde residimos; también expresan ese desconcierto que a todos nos invade porque les hemos asegurado que este país es tan seguro que los policías no portan armas. La semana pasada me encontraba condolido por la masacre que ocurrió en una escuela del Estado de São Paulo; unos días después, mis amigos brasileños eran quienes enviaban mensajes de cariño y desconcierto en esta dirección. Estamos acostumbrados a que nuestra Latinoamérica violenta exporte esos números que nos llegan a través de la pantalla; ahora ha sido nuestro doloroso turno.

 

En el ciberespacio conviven los mensajes solidarios y los que propagan el terror. Ya estamos acostumbrados, para el caso, a que las redes del odio se valgan de un poder mediático sin precedentes para conectarse de una manera no solo eficaz sino prácticamente imposible de frenar. Facebook no ha podido detener la diseminación del video que el asesino grabó en vivo; muchos otros medios se han encargado, irresponsablemente, de propagarlo, pues el sensacionalismo de la violencia vende. Y esto lo saben los agentes del mal, los que propagan una ideología pobremente formulada pero letal. El asesino que trajo el terror a Nueva Zelanda proclamó su admiración por el supremacista de Noruega; si el mundo no estuviera dominado por el sensacionalismo y las ventas, los nombres de estos personajes, junto a los de tantos otros, no serían conocidos; diseminar sus nombres es entronizarlos y darles paso a los imitadores.

 

Frente al odio, la respuesta de Jacinda Ardern, la Primera Ministra neozelandesa, ha sido alentadora. De hecho, cuando Trump le preguntó en qué podía ayudar, ella le contestó: con “simpatía y amor hacia todas las comunidades musulmanas”. Para quienes propagan el terror, ese es un sentimiento ininteligible. Pero, entre el repudio, el desconcierto y el dolor, eso es lo que prevalece en esta nación. La gente se ha volcado en masa a dejar ofrendas en mezquitas, a reunirse en plazas, a donar dinero para los familiares de las víctimas, a manifestarse online. Estos números solidarios y fraternales también cuentan.

 

Horas después de la masacre, Jacinda Ardern declaró, con firmeza, que la ley que regula la posesión de armas cambiará, que ya no es posible demorarla. Eso también es alentador. El país no permitiría que los políticos que antes se oponían, por salvaguardar los intereses de las bases o de los feroces agentes del cabildeo armamentístico, detuvieran ese cambio. Eso sería imperdonable. Desconcierta la facilidad con la que la ley permite adquirir armas, incluso online. Resulta doloroso recurrir al cliché para decir que tenía que ocurrir una masacre para que esta ley cambie, es decir, para que los políticos se sientan tan presionados que no puedan oponerse al cambio. Fue lo que ocurrió en Australia, después de la masacre de Port Arthur, en 1996, que dejó 35 muertos y 23 heridos. Como en el país vecino, en Nueva Zelanda, los grandes intereses económicos y políticos no podrán contra el espíritu de la nación, liderado por un gobierno que ha sabido responder a las circunstancias. Esta será una de las grandes pérdidas de los que exportan odio y terror.

 

La policía seguirá sin portar armas porque Nueva Zelanda no se suscribe a la lógica de Trump, repetida la semana pasada por algunos políticos brasileños de extrema derecha, de que hay que armar a la población, de que los profesores también deben estar armados. Esa política busca sumarle ganancias a la industria armamentista. Y esos números no tienen cabida en esta nación, la cual, si bien ha sido marcada para siempre por el terror, seguirá contándose entre los países más pacíficos y seguros del mundo.

 

Leonel Alvarado, Escritor hondureño, residente en Nueva Zelanda, profesor de Massey University.

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