Arquitectura fluida

La concertación entre el G-8 y G-5 resultaba insuficiente para hacer frente a la crisis global, se acudió a un G-20 ampliado bajo la presión de las circunstancias

 
La Jornada
 

Quizá este adjetivo, que parece contradecir el sustantivo que califica, sea el que más convenga para apreciar el cambiante escenario de los agrupamientos informales de cooperación económica, financiera y política multilateral. Contrasta con la sólida y bien establecida arquitectura de los organismos formales, instituidos por más de medio siglo, a la que nadie dudaría en calificar de rígida, si es que no de inamovible. El más prestigioso e influyente de los primeros ha sido, sin duda, el integrado por los líderes de las autodenominadas democracias industriales avanzadas, convocado en 1975 por Valéry Giscard d’Estaing, con seis participantes –Alemania, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y Reino Unido– a los que un año después se sumó Canadá para completar el célebre Grupo de los Siete (G-7), que asumió sin reticencias el papel de consejo de administración de la economía, el comercio y las finanzas mundiales. Sus miembros aportaban, al constituirse, la mitad del producto mundial.
 

Tras cuatro lustros y el colapso del socialismo real, el G-7 decidió atraer un octavo socio, cuyo arsenal nuclear, más que su peso económico disminuido por una tumultuosa transición al mercado, tornaba aconsejable sumarlo a tan exclusivo club. Con Rusia, cuya inclusión fue y sigue siendo parcial y condicionada, y no ha dejado de estar sujeta a controversias y presiones, se llegó al G-8 en 1994. Empero, la ponderación de estas ocho naciones en la economía mundial se redujo a poco más de dos quintos para 2006. Esto dio lugar, entre otros factores, a que el G-8 reconociera que requería compartir la carga con las mayores economías emergentes, cinco de las cuales –Brasil, China, India, México y Sudáfrica– aportaron en este último año, en proporciones muy desiguales, un cuarto del producto mundial.

 

Poco después, fue evidente que la concertación entre el G-8 y G-5 resultaba insuficiente para hacer frente a la primera crisis global del nuevo siglo y, en búsqueda de mayor representatividad y legitimidad, se acudió a los líderes de un G-20 ampliado bajo la presión de las circunstancias. Además de los 13, intervienen Arabia Saudita, Argentina, Australia, Corea, Indonesia, Turquía y la Unión Europea. Los 20 suman casi nueve décimas del producto global; cuatro quintos del comercio internacional y dos tercios de la población. Sus líderes, con la adición de última hora de España, se reunieron en abril, en Londres, y lo harán nuevamente a mediados de septiembre en Pittsburgh. Para enfrentar la crisis se acude, sin terminar todavía de definirla, a una arquitectura fluida.

 

¿Qué significan estas cambiantes formaciones de cooperación internacional para los mecanismos establecidos como el G-8 y el G-5? Sus líderes se reunieron a mediados de julio en L’Aquila, localidad italiana, cuya arquitectura tendrá que reconstruirse de manera literal tras un terremoto sufrido meses atrás. Se trató, probablemente, de una metáfora involuntaria. Varios comentaristas de la prensa europea fueron poco gentiles con el G-8 y los resultados de su reunión. Es un grupo al que, por principio de cuentas, resulta cada vez más difícil tomar en serio. Solemnes declaraciones y promesas del pasado, como la de anular la deuda de los países africanos y convertir la pobreza en historia, permanecen sin materializar, víctimas de su propia grandilocuencia.

 

La declaración de L’Aquila incurre en parecidos excesos retóricos. En la mayoría de sus puntos sustantivos se limita a reiterar los entendimientos alcanzados por el G-20 en Londres a principios de abril, lo que pone de relieve que, a pesar del agravamiento de la crisis, siguen siendo fuertes las resistencias a la acción efectivamente concertada en materia de regulación financiera, políticas anticíclicas y apoyos sostenidos para una reactivación económica más pronta.

 

El llamado Proceso de Heiligendamm, destinado a alcanzar una participación más efectiva de los cinco países emergentes en la determinación de las prioridades y en la formulación de las conclusiones del G-8, no avanzó un milímetro en L’Aquila. El precipitado retiro del presidente Hu, acuciado a regresar a China por los disturbios en Xinjiang, restó peso a la voz de los cinco. Las oportunidades de diálogo directo entre los ocho y los cinco siguieron siendo más bien limitadas. Los enfoques reflejan, sobre todo, los puntos de vista del G-8. Así lo muestra, por ejemplo, la forma en que se abordó el tema de la reforma de las instituciones multilaterales. Un vago compromiso alcanzado para su restructuración se constriñe sólo a los dedicados a la seguridad alimentaria. Para las instituciones de Bretton Woods y la Organización Mundial de Comercio se pide sólo una mejor coordinación (párrafo 12 de la declaración conjunta G8-G5). Se convino en llevar adelante los contactos con vistas a la cumbre del año próximo en Muskoka, Canadá.

 

No hay rastro, en los documentos que el G-8 y el G-5 aprobaron en L’Aquila, de que se haya debatido la contribución potencial del BRIC, tras su reunión en Ekaterinburgo a la que me referí el mes pasado (BRIC se escribe sin M, La Jornada, 2/7/09). Al comparar los documentos de Ekaterinburgo con los de L’Aquila se obtiene la impresión de que Brasil, Rusia, India y China han decidido trabajar más en el entorno del BRIC que en el del G-5 y G-8 con vistas a la cumbre del G-20 en Pittsburgh. Las razones son diversas. Rusia nunca ha sido aceptada como miembro de pleno derecho del G-8 en el sentido de que las cuestiones cruciales de coordinación económico-financiera siguen discutiéndose en el contexto del G-7. Brasil, China e India, por su parte, encuentran mayores afinidades en el formato BRIC que en el del G-5, al que suelen añadirse otros participantes no por decisión de ellos, sino del presidente en turno del G-8. En L’Aquila, il cavalieri Berlusconi decidió sumar a Egipto. Está bien una arquitectura fluida, pero no tanto ni en esa forma.


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