Se busca agua en la tierra de la abundancia

La rebelión de la naturaleza 

Como sociedad, Iraq surgió de una abundancia de agua. Su antiguo nombre, Mesopotamia, significa literalmente “entre ríos” y ¡qué ríos son!: el poderoso Éufrates, que surge de las tierras altas de Anatolia Oriental a través del desierto sirio, coquetea pronto con el elegante Tigris, que fluye a los pies de las montañas Zagros, que se elevan a lo largo de la frontera occidental con Irán. Los dos ríos se unen para formar una llanura plana y fértil que daría frutos que cambiarían el destino de la humanidad: Ahí es donde aprendimos, cientos de milenios después de dominar el fuego, a poner el agua a nuestro servicio.

 

Hace unos 7.000 años, los habitantes de estas áreas -conocidas también como la Media Luna Fértil- desarrollaron una combinación de riegos por inundación y de arado arrastrado por animales, lo que a su vez permitió el cultivo de granos y huertos. Este avance formó parte de una serie de domesticaciones relacionadas con animales (perros, ovejas, vacas, camellos) y plantas (dátiles, uvas, aceitunas, granadas y melones, junto con cereales como el trigo y legumbres como los garbanzos y lentejas). De esta nueva dieta surgieron ciudades populosas, que exigían formas de administración cada vez más sofisticadas. Mientras los campesinos uncían burros y bueyes, las élites protoburocráticas aprovechaban el sistema de escritura más antiguo conocido: el cuneiforme.

 

Iraq está profundamente moldeado por esta herencia, que también pertenece a nuestra cultura universal. Esta tierra de tradiciones es la presunta ubicación del paraíso terrenal del Edén, donde la humanidad fue arrastrada por la Gran Inundación de la Biblia y donde jardines legendarios ornaron más tarde Babilonia. El Éufrates y Tigris brotan de las venas iraquíes como una fuente infinita de vida, orgullo y rutinas sociales. Un vaso lleno de agua les recibirá en el momento en que se adentren en una casa u oficina, antes de que alguien les pregunte qué les gustaría tomar. Los espacios públicos exhiben dispensadores de agua eléctricos, que ahora reemplazan una tradición venerable que sobrevivió hasta la década de 1990: la hib, una gran jarra de arcilla colocada en la calle, a la que recurrirían los transeúntes utilizando una taza de lata comunal colgada de una cadena.

 

Hoy, este generoso legado es una reliquia del pasado. El suministro de agua en Iraq es cada vez más precario y, sin embargo, el país continúa consumiendo -y contaminando- como si no hubiera un mañana. Este abuso del recurso más preciado de Iraq implica a todos los estratos del Estado y la sociedad y amenaza todos los aspectos de la vida de las personas, desde la seguridad alimentaria y la salud pública hasta la geopolítica e incluso la extracción de petróleo.

 

Aunque, de hecho, el medio ambiente de Iraq está devolviendo el golpe. Tormentas de lluvia cada vez más violentas e inundaciones repentinas han anegado ciudades y zonas rurales devastadas. Las tormentas de arena se están multiplicando, levantando nubes de polvo de color ocre que cubren los edificios por dentro y por fuera, lo que hace que las familias tengan la extraña sensación de llevar años abandonadas. Las sequías estacionales se prolongan, extendiéndose a veces dos o tres años consecutivos: los últimos episodios dejaron vastas extensiones de tierras de cultivo resecas y un ganado famélico desparramado por ellas.

 

En otras palabras, el escenario de un pasado santificado se está degradando hasta el punto de invitar a un futuro apocalíptico. Un joven en Bagdad, que creció en medio de toda forma de agitación provocada por el hombre, resumió la vulnerabilidad del país ante el cambio climático: “Y ahora estamos ante la rebelión de la naturaleza".

 

Presa de Hindiyah

 

La culpa es del vecino

 

A medida que Iraq devora su agua, los iraquíes tienden a racionalizar la escasez a través de una lente engañosamente reconfortante: culpan a sus vecinos por atesorar el oro azul que ven como su derecho de nacimiento. “Ni siquiera deberíamos importar alimentos de Turquía, Siria o Irán”, se quejaba un alto funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores iraquí que ha trabajado durante mucho tiempo en los temas del agua. “Esas frutas y verduras se cultivan con el agua que nos quitan, que terminamos comprando de nuevo”. Las declaraciones hechas en respuesta a las sequías recurrentes de Iraq vuelven invariablemente a las prácticas nocivas de los Estados ribereños.

 

En realidad, el Éufrates y el Tigris dependen en gran medida de las contribuciones de otros Estados, principalmente Turquía e Irán, que desvían el agua río arriba. En la década de 1970, Ankara -al igual que Bagdad durante el mismo período- invirtió masivamente en construir presas. Seis de las 22 presas originalmente previstas en Turquía aún no se han completado, una perspectiva que se cierne amenazadora sobre el horizonte de Iraq. Al final del proceso, el débito del Éufrates puede reducirse a una cuarta parte de su volumen original. La capacidad total de almacenamiento de agua en Turquía ya supera el flujo anual combinado de los dos ríos. Por lo tanto, Ankara podría, si quisiera, cerrar los grifos de Iraq durante todo un año. Tal situación se hizo visible a fines de la década de 1990: la inauguración de grandes represas en Turquía transformó el Tigris en un mísero riachuelo que los residentes de Bagdad podían cruzar, una escena enmarcada por amplios puentes que lo hacían parecer aún más agonizante.

 

 

 

Ríos y presas en Turquía, Siria e Iraq. Fuente: Aquastat, Organización Mundial de la Salud, 2009

 

Más recientemente, Irán, asolado por la sequía, ha tratado de contener y redistribuir sus recursos hídricos a nivel nacional. Esto ha obligado a desviar los principales afluentes que desembocan en el Tigris, en particular el Sirwan y el Karoun. Y por si esto aún no era suficiente, Irán ha convertido esas vías fluviales en salidas para sus aguas residuales domésticas, agrícolas e industriales, que bombea a través de la frontera en lugar de tratarlas en casa. “Todo lo que vemos de Irán son milicias, drogas y aguas residuales”, se quejaba un habitante de Basora, la segunda ciudad más grande y meridional de Iraq. El hedor que se elevaba desde la superficie oleosa del Shatt al-Arab, la vía fluvial formada por la confluencia del Tigris y el Éufrates, parecía reforzar esa situación.

 

(Siria, por el contrario, ha estado estos últimos años demasiado agotada por el conflicto como para poder agravar los problemas de Iraq. Sin embargo, su recuperación va a estar supeditada a que recupere su sector agrícola, lo que dependerá en gran medida de los regadíos que aprovechen las aguas del Éufrates).

 

Iraq, rodeado de sedientos vecinos río arriba, tiene poca fuerza para defender su participación en los dos grandes ríos. Los acuerdos formales para compartir el agua han venido acumulándose en diversas etapas desde 1920, aunque ignorándose en su mayor parte. Es difícil imaginar cómo la clase política fragmentada, miope y egoísta de Iraq podría obtener mejores condiciones hoy. Pero estas apuestas son a la vez abrumadoras y exageradas. Si bien impregnan la conciencia popular de Iraq, también distraen de la custodia de los recursos en formas que tienen poca relación con la geopolítica.

 

Puente en Bagdad

 

Desaparición de las riquezas

 

Este enfoque sesgado se deriva, en parte, de cómo el Éufrates domina la psique de Iraq: el río es grandioso, semejante a un oasis que se extiende milagrosamente a través de cientos de kilómetros de desierto. Pero también es la fuente de agua más precaria de Iraq, cuya disminución constante la hace tan estresante como imponente. El Tigris, por el contrario, es menos exótico pero mucho más crucial: su cuenca alimenta dos tercios de la tierra irrigada de Iraq. También es más seguro, ya que la mitad de su flujo total se origina dentro de Iraq.

 

De hecho, la mayor parte de los problemas hídricos de Iraq, y prácticamente todas sus posibles soluciones, se hallan dentro de sus fronteras. Aunque se estima que el 97% de su territorio está clasificado como árido o semiárido, Iraq sigue siendo ubérrimo en agua según los estándares regionales: en 2014, disfrutó de 2.500 metros cúbicos de agua dulce renovable per capita, más que el Reino Unido o Alemania. Ningún otro Estado árabe supera los 1.000, y hay países realmente con muchas carencias, como Kuwait, Yemen, Arabia Saudí y Libia, que caen por debajo de 100 metros cúbicos.

 

Esta abundancia da forma tanto al paisaje del país como a su cultura. Los vastos desiertos de Iraq coexisten con extensos humedales en el sur, verdes huertos en el este, llanuras de secano en el noroeste, montañas nevadas en el Kurdistán y palmerales por todas partes. Estos últimos alcanzan un récord mundial con unos 20 millones de árboles. Además de la arqueología, el turismo interno gira en torno a las presas, embalses artificiales, alquiler de embarcaciones y parques de ocio levantados en islas. El plato nacional del país, el masguf, es un pescado del que los iraquíes nunca parecen comer suficiente. Se sirve sobre todo con arroz ámbar, una variedad local fragante cultivada mediante riego por inundación.

 

Sin embargo, esas riquezas tienden a desaparecer tan rápido como pueden recuperarse. Iraq genera anualmente, dentro de sus fronteras, alrededor de 22.000 millones de metros cúbicos de agua dulce, mientras que 19.000 millones se evaporan a causa de su clima abrasador. La evaporación, por lo tanto, es lo que hace que el país sea tan dependiente de las entradas externas. Gran parte de ese agua se obtiene de los vastos lagos artificiales que Iraq usa como embalses, que no son tan adecuados para el medio ambiente del país como para sus políticas de gestión del agua. Los exuberantes humedales del sur también sufren pérdidas masivas, que a su vez amenazan a una gran cantidad de flora y fauna conectada a su ecosistema.

 

Así pues, Iraq vive en tensión constante entre la escasez y la abundancia. Históricamente, la existencia misma del país se basó siempre en la gestión cuidadosa de sus inciertas riquezas hídricas. Hace cuatro mil años, la sequía y la hambruna arrasaron el poderoso imperio acadio. Ya en 1700 a.C., las tabletas de arcilla registraron la amenaza que representa para la agricultura que aumente la salinidad del suelo. En el siglo X, el opulento califato abasí debió parte de su declive a la destrucción del canal de Nahrawan, la vía fluvial que convirtió al centro de Iraq en el granero de la era dorada del Islam. Los errores, en otras palabras, han castigado durante mucho tiempo el exceso de confianza.

 

Inundaciones del Éufrates

 

Pronóstico meteorológico: cambio climático

 

El clima cambiante de hoy evoca esas historias de advertencia. Las temperaturas han estado aumentando de forma lenta pero imparable. En 2016, Basora registró una temperatura de 53,9 grados centígrados, casi el récord mundial. En paralelo, las precipitaciones han disminuido: un joven activista en Bagdad estimó que las nevadas en el noreste se habían reducido un tercio en comparación con los estándares históricos. Los agricultores de las llanuras del noroeste, denominadas el “corredor de la lluvia” están muy preocupados por la disminución de las precipitaciones para el cultivo de cereales y el pastoreo de ganado. Las proyecciones del Banco Mundial advierten sobre un desastroso aumento de dos grados en las temperaturas promedio para 2050 y una caída de casi el 10% en las precipitaciones anuales. Ese cambio exacerbaría los problemas de evaporación y llevaría a Iraq de la precariedad a una crisis total.

 

Estas tendencias se cruzarán y reforzarán una serie de problemas diferentes. Es probable que el estrés hídrico en toda la región tense las relaciones con los Estados río arriba, cuyos propios problemas hídricos los harán aún menos cooperativos. El cambio climático, además, podría estimular dinámicas de autoperpetuación. Los científicos creen que las tormentas de arena, por ejemplo, perjudican la formación de nubes en formas que hacen que la lluvia se reduzca aún más.

 

El comportamiento humano se suma a menudo al problema. En los meses de verano, los iraquíes tienden a refugiarse en un vendaval de aire acondicionado, que arroja tanto aire caliente al exterior como agita viento fresco en el interior. También se enfrían a través de sistemas tremendamente derrochadores basados en la evaporación, como el ventilador mubarrida de estilo antiguo, que bombea aire a través de la paja empapada; empapando las aceras y rociando agua a la atmósfera. Un trabajador humanitario iraquí reparó con incredulidad en las “duchas públicas que la gente usa para refrescarse” en el popular mercado de Shorja.

 

 

 

Fuente: Mohamed El Raey, impacto del aumento del nivel del mar en la región árabe. Regional Center for Disaster Risk Reduction (sin fecha)

 

Irónicamente, Iraq está simultáneamente amenazado por excesos de agua de tipo inadecuado. La disminución del flujo de los ríos ha provocado el aumento del agua de mar en forma de incursiones progresivas en el Shatt al-Arab. El aumento del nivel del mar como consecuencia del calentamiento global podría significar un desastre en las llanuras del sur: un aumento de un metro desarraigaría a los dos millones de residentes de Basora, mientras que un aumento de tres metros alcanzaría los 150 kilómetros tierra adentro inundando a varios millones más.

 

El cambio climático implica también que cuando llueve, llueve a cántaros. Ahora, casi todos los años, hay algún desastre relacionado con las tormentas. Iraq no consigue recoger y almacenar tales precipitaciones, y las alcantarillas se desbordan. En Bagdad, se podían ver camiones-cisterna en abril de 2019 succionando agua en algunos lugares solo para descargarla en otros, llevando la gestión del agua al reino de lo absurdo. Un activista se lamentaba: “Las técnicas de captación de agua se utilizan principalmente en países con escasez de agua. No tenemos esa mentalidad”. Como para demostrar esa afirmación, un alto funcionario de los recursos hídricos desestimó las aguas de las tormentas tachándolas de “insignificantes”, aunque por lo general consiguen paralizar a toda la ciudad de Bagdad.

 

Muelle de recursos locales, Amarah

 

Agricultura voraz

 

Si bien el cambio climático hace que los recursos hídricos de Iraq sean más precarios, el sector agrícola extremadamente ineficiente del país lo acerca al borde del precipicio. La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación estima que dicho sector consume alrededor del 80% del consumo total de agua del país. Gran parte va a parar a “cultivos estratégicos” como el trigo y la cebada, lo que refleja un esfuerzo de décadas para lograr la autosuficiencia alimentaria. Este objetivo se remonta a la campaña de los estadistas de la década de 1960 y sigue siendo un objetivo importante hasta el día de hoy para el gobierno.

 

Sin embargo, Iraq sigue siendo irremediablemente dependiente: el país todavía importa más trigo del que produce, comprando entre tres y cuatro millones de toneladas al exterior cada año. Este acuerdo es espectacularmente costoso tanto en agua como en efectivo: si bien la producción agrícola por lo general ronda el 3% del PIB, el Estado iraquí gasta anualmente aproximadamente 5.000 millones, o el 2% del PIB, en importar alimentos básicos para compensar las deficiencias internas. La demografía del país sugiere que es probable que continúe este hambre de importaciones: la población de Iraq se duplicó entre 1970 y 1995, se duplicó nuevamente hasta alcanzar hoy los 40 millones, y se espera que siga aumentando a un ritmo creciente.

 

Los bajos rendimientos de la inversión solo empeorarán exageradamente a medida que las prácticas agrícolas de Iraq envenenen el suelo a través del aumento de la salinidad, un problema que se relaciona con el uso de limo aluvial como fertilizante, con el riego excesivo, el drenaje deficiente y la evaporación. “El sufrimiento de nuestros agricultores tiene mucho que ver con las técnicas que emplean”, comentó un experto y activista del agua. “Hasta el día de hoy recurren a los mismos métodos de riego que prevalecieron hace miles de años”. Con un giro…

 

Históricamente, las inundaciones estacionales del río ayudaban a lavar la tierra de su sal, pero un complejo sistema de diques, presas y embalses hizo que tales ciclos desaparecieran a mediados del siglo XX. Desde entonces, se dice que Iraq perdió ante la salinidad más de un tercio de la superficie total utilizada actualmente para la agricultura. Tres cuartos de todas las tierras irrigadas podrían enfrentar el mismo destino. En las afueras de Faluya, al oeste de Bagdad, una antigua parcela cultivable sirve ahora como campo de fútbol donde los niños juegan no en el polvo, sino en una fantasmagórica corteza blanca. En el sur de Dhi Qar, la sal es tan abundante que las familias pobres la recolectan con fines industriales, literalmente para ganarse la vida.

 

Incluso donde la Media Luna sigue siendo Fértil, los rendimientos de los cereales son ominosamente bajos. Iraq produce trigo a un ritmo de dos toneladas por hectárea, solo la mitad del promedio mundial, según las cifras del Banco Mundial. Peor aún, su valor financiero es mínimo: prácticamente todo el resto de cultivos importantes generan más ingresos, aunque utilicen una fracción de la tierra. Los tomates, por ejemplo, aportan el doble de dinero a la vez que ocupan una quincuagésima superficie cultivada. Al igual que las palmeras datileras, los tomates toleran el agua salobre y, por lo tanto, son más resistentes que otros cultivos frente a la creciente salinidad. Por todo eso, sin embargo, el trigo y su prima más robusta, la cebada, siguen siendo el centro abrumador del sector agrícola de Iraq.

 

Tales incongruencias no han pasado completamente desapercibidas. Por el contrario, innumerables expertos iraquíes e internacionales han anunciado la necesidad de una serie de reformas que son de sentido común. Estas incluyen la introducción de medidores para controlar el consumo; pasar del riego por inundación hacia las tuberías subterráneas y el riego por goteo, para reducir la evaporación; e introducir un drenaje adecuado para el 75% de la tierra irrigada que está en peligro a causa de la salinidad.

 

Esas medidas, sin embargo, no se han materializado por varias razones. La primera es psicológica y está arraigada en el patrimonio agrícola casi intemporal del país. Los iraquíes no pueden evitar ver a su país como excepcionalmente fértil. ¿Cómo, de hecho, podría el granero original de la humanidad no ser autosuficiente? ¿Cómo podrían el Éufrates y Tigris dejar de alimentar a su progenie? La ideología baazista se hizo eco y amplió esta línea de pensamiento, convirtiendo el poder del agua en un componente esencial de la identidad y soberanía nacionales.

 

Un síntoma peculiar y destructivo de esta creencia en la infinita fertilidad de Iraq es la anexión desenfrenada por parte de la sociedad de las tierras cultivables: por todo Bagdad, tanto ciudadanos privados como compañías arrasan ilegalmente huertos y viveros para construir viviendas, centros turísticos e incluso una extensa universidad médica privada. En las afueras de la ciudad, palmerales enteros han sido incendiados por pirómanos desconocidos, dejando un bosque de troncos carbonizados que presagia los edificios por venir. Los mismos funcionarios que predican la autosuficiencia aprovechan ese saqueo especulativo, ya sea autorizando esos esquemas o invirtiendo en ellos.

 

Un segundo factor aparece integrado en las instituciones del país. El Iraq contemporáneo conserva misteriosas reliquias de la ciudad-Estado mesopotámica, emuladas por el estatismo baazista, donde las autoridades centrales poseían la tierra, controlaban y compraban la producción y redistribuían los alimentos a la población. Esto explica por qué la mayoría de los agricultores siguen siendo indigentes, cultivan pequeñas parcelas y dependen en gran medida del Estado para obtener semillas, fertilizantes, insecticidas y otros insumos de baja calidad. Usan agua que es virtualmente gratuita, subsidiada hasta 0,0002 $ por metro cúbico, una de las tarifas más bajas del mundo. A cambio, Bagdad se reserva el derecho de comprar todos los cultivos estratégicos a precios bajos y fijos.

 

 

 

 Agricultura de secano (en verde)/Cultivos de regadío (en azul). Fuente: Le Monde Diplomatique, 2001

 

El sistema está naturalmente plagado de burocracia que disuade de las inversiones. Los proyectos que se materializan tienden a ser de perfil alto pero simbólicos, como un plan financiado por Arabia Saudí para cultivar trigo en el desierto bombeando las menguantes aguas subterráneas de Iraq con aspersores pivotantes.

 

Mientras tanto, la clase dominante de Iraq sigue dedicada a obtener rápidas ganancias, de tal forma que se niega cualquier posibilidad de pensar hacia el futuro. Aunque Bagdad elaboró una Gran Estrategia para los Recursos Hídricos y Terrestres en 2015, el informe, que costó la friolera de 36 millones de euros, no ha visto aún la luz del día. “Fue un gran logro, pero todavía no se ha hecho público, y mucho menos puesto en marcha”, dijo un alto funcionario involucrado en el proceso. “Todas nuestras catástrofes no han generado ningún signo de interés dentro del gobierno”. Un activista se hizo eco de la situación: “En cuatro años, ni siquiera pudimos obtener un borrador de este informe tan valioso. Desde entonces otra compañía lo ha actualizado pero la nueva versión es igual de invisible”.

 

Sin embargo, la corrupción y el sopor de las élites no explican un tercer factor crucial, en el que la mayoría de los iraquíes son cómplices. La sociedad iraquí está vinculada por un contrato social distorsionado, en función del cual los ciudadanos se sienten con derecho a su parte de las riquezas del país, un derecho legítimo que también se traduce en un empleo estatal improductivo y corrupto y servicios públicos gratuitos. Por lo tanto, todos los iraquíes son aptos, independientemente de sus ingresos, para el Sistema de Distribución Pública, un esquema de asignación de alimentos establecido en 1991 para compensar el abrumador embargo comercial internacional que terminó en 2003 con la ocupación estadounidense. Este acuerdo anacrónico, que no distingue entre iraquíes necesitados y ricos, le cuesta al Estado unos 5.000 millones por año en suministros importados.

 

Las prácticas agrícolas anticuadas e ineficientes de Iraq forman el componente central de este sistema de mecenazgo: Mantienen a flote a aproximadamente diez millones de habitantes rurales, una cuarta parte de la población, que dependen de la agricultura para su sustento, sufren el aumento de la pobreza y el desempleo y amenazan ya con desbordar ciudades abarrotadas a través de la migración en curso. Estos agricultores no participan de los grandes tesoros petroleros de Iraq; a cambio, se les da la mayor parte de su riqueza en agua para que la despilfarren. Pero otros sectores económicos y segmentos de la sociedad son igualmente culpables.

 

Puerto de Basora  

 

Grifos abiertos, alcantarillas abiertas

 

El desperdicio de agua es casi universal en Iraq. Diariamente, el iraquí consume un promedio de 392 litros de agua solo para fines domésticos, casi el doble del promedio internacional de 200, según un funcionario de UNICEF con sede en Bagdad. Esa cantidad exorbitante les cuesta a los residentes la cantidad asombrosamente baja de 1,4 $ por año, suponiendo que paguen sus facturas, lo cual es poco frecuente. A ese precio, muchos propietarios de viviendas no dudan en dejar los grifos abiertos e inundar sus jardines incluso en las horas más sofocantes del día.

 

La industria petrolera es culpable de un mal uso aún más espectacular. El oro azul se cambia literalmente por oro negro: cada barril de petróleo extraído se reemplaza por un barril y medio de agua bombeada al campo petrolífero en su lugar para mantener la presión y, por lo tanto, la producción. El impacto preciso de esta práctica ha sido objeto de debate. Un grupo de expertos iraquíes especializado en temas de energía estima que la industria petrolera necesita actualmente alrededor de 400 millones de metros cúbicos de agua por año, una cifra relativamente modesta en comparación con los recursos generales del país. Pero un alto funcionario desestimó el asunto con suficiencia: “Las compañías petroleras usan una cantidad insignificante de agua y no la extraen de los ríos. Utilizan principalmente aguas residuales agrícolas. Por lo tanto, el valor supera con creces cualquier daño potencial”.

 

La imagen completa es más complicada. En 2010, las provincias del sur de Iraq, ricas en petróleo, experimentaron una escasez de agua de 400 millones de metros cúbicos, el equivalente de lo que fue arrojado simultáneamente bajo tierra. La anecdótica evidencia arroja también dudas sobre la premisa de que las compañías petroleras dependen principalmente de las aguas residuales: un trabajador de la salud con sede en Bagdad se quejó de que los contratistas de las compañías petroleras llenan sus camiones cisterna con el agua que más cerca tienen para reducir costes y aumentar los márgenes. El tema, sin embargo, sigue siendo tabú. “Es un tema inusualmente peligroso”, advirtió un activista. “Las grandes petroleras compran agua a compañías iraquíes dirigidas por personas afiliadas a las milicias”.

 

Alternativas obvias, como las tuberías de agua de mar, requerirían inversiones que se posponen repetidamente. Esto refleja una mentalidad generalizada en la que el agua corre libre e inagotable, al contrario del petróleo, que se considera costoso de explotar, valioso y finito. De forma reveladora, el privilegiado Ministerio de Petróleo disfrutó en 2018 de un presupuesto casi 50 veces mayor que el abandonado Ministerio de Recursos Hídricos.

 

Este último, conocido como el Ministerio para el Regadío hasta 2003, ha heredado una infraestructura expansiva construida con fines de control de inundaciones y riego en un país que ha descuidado todos los demás aspectos de la gestión del agua. La institución tiene una capacidad mínima para recopilar y pronosticar datos, lo que a su vez socava su gestión de presas, embalses y canales. Las estructuras administrativas están igualmente desorganizadas: un experto del sur de Iraq se quejaba de que cualquier iniciativa relacionada con el agua podría tener que enfrentar interferencias superpuestas de los Ministerios de Transportes, Carreteras y Puentes, y del de Hacienda, entre otros.

Los TDS (por sus siglas en ingles) es una medida de salinidad, que significa sólidos disueltos totales. Fuente: Evan Christen y Kasim Saliem, Managing salinity in Iraq’s agriculture, ICARDA, 2012.

 

Tales incoherencias han ayudado a hacer de la red de agua potable de Iraq una de las peores del mundo. Se estima que dos tercios del agua potable bombeada a través de la red de Iraq se filtra antes de llegar a sus usuarios finales. Las sanciones de la era de Saddam son en parte culpables: en la década de 1990, Iraq luchó para importar tuberías, pero la junta de sanciones de la ONU, dominada y politizada por Estados Unidos, consideró que constituía una potencial amenaza militar. Sin embargo, ese aislamiento solo agravó décadas de subinversiones, que precedieron a las sanciones y han continuado desde entonces: solo 14 de los 252 centros urbanos de Iraq tratan sus aguas residuales, según el Banco Mundial.

 

De este modo, Iraq ofrece un caso de autoenvenenamiento colectivo en una escala vertiginosa. En Bagdad, los camiones privados extraen desordenadamente las aguas residuales de las alcantarillas para venderlas como fertilizante. Casi en todas partes, las aguas residuales sin tratar se descargan en los ríos, lo que aumenta su salinidad, entre otras formas de contaminación. En el sur profundo, los niveles de solución salina hacen que el agua no solo no sea potable, sino que no sea apta para lavar ni para cualquier forma de agricultura. El agua salina es también corrosiva y daña las bombas, las plantas de purificación y los conductos de distribución.

 

Si en milenios pasados, las inundaciones del Éufrates y Tigris trabajaron para limpiar el país, ahora concentran su inmundicia y la devuelven al ecosistema. “Todos los ríos en Iraq están enfermos. Todos tienen la culpa, desde el más alto funcionario hasta el ciudadano más común”, se lamentó un experto iraquí en contaminación del agua. “En Basora, ya ni siquiera son ríos: lo que hacen es desplazar fosas sépticas”.

 

En consecuencia, la fiebre tifoidea, la disentería, la hepatitis y otras enfermedades transmitidas por el agua se han extendido por todo el país. A mediados de 2018, más de 100.000 residentes de Basora tuvieron que ingresar en hospitales con intoxicación por agua. “Estamos nadando en cólera”, dijo un epidemiólogo iraquí originario de la ciudad. "El Ministerio de Salud me llamó para que diera una opinión sobre la crisis, pero todo lo que querían era que apoyara las teorías de conspiración sobre envenenamiento malicioso”. La paranoia relacionada con el agua se está extendiendo, y tal vez se aprecie mejor en una inusual costumbre desarrollada por la clase media. En lugar de recibir galones de agua potable en el hogar, incluso los ancianos arrastran grandes botellas hasta puntos de llenado que parecen estaciones de servicio. El agua no es necesariamente más limpia, pero al menos proporciona una ilusión de control de calidad.

* * *

Las tensiones sociales han aumentado en sincronía con la escasez y la toxicidad. Los residentes del sur profundo han tomado furiosamente las calles. Los funcionarios, a su vez, han acusado al Gobierno Regional de Kurdistán de atesorar agua para compensar su propia escasez. En el centro de Iraq, los agricultores de aguas abajo acusan a los de aguas arriba de usar más de lo que les corresponde. En un entorno altamente tribal, una pequeña fricción podría fácilmente convertirse en un conflicto más serio. En otras palabras, el estrés hídrico está desgarrando las costuras de una sociedad que lucha por recuperarse.

 

En la superficie, el desafío del gobierno de Iraq es sencillo: la mayoría de estos problemas podrían resolverse mediante la formulación de políticas públicas básicas. Sin embargo, la clase dominante no ha mostrado interés en nada más que en buscar chivos expiatorios y en el pensamiento mágico. Un informe de un grupo de expertos local se hizo eco de esto último, presionando por una de dos soluciones: Iraq debería recurrir a la tecnología para provocar lluvia artificial o arrastrar un iceberg enorme hacia Iraq desde el Polo Sur. Aunque abundan los buenos consejos, tales fantasías ilustran la tendencia de Iraq de recurrir a las quimeras ante las inercias que amenazan la vida.

 

Los ciudadanos de a pie critican simultáneamente al gobierno pero reproducen sus peores tendencias. Las sequías, las inundaciones y las epidemias provocan indignaciones de corta duración, que se extinguen pronto ante un deseo abrumador de tratar estos problemas como transitorios. La crisis de masguf de 2018, cuando millones de carpas murieron a causa de una enfermedad altamente infecciosa, proporciona un ejemplo perfecto de tal negación. A pesar de las desagradables escenas de la matanza, el consumo aumentó tan pronto como los peces volvieron al mercado, mucho antes de que los científicos pudieran establecer que se podían comerse de nuevo.

 

Tales mentalidades solo pueden cambiar lentamente, a pesar de los esfuerzos cada vez mayores para hacer sonar las alarmas. Los estudiantes que asistieron a un evento para crear una sensibilidad y conciencia de la situación en la Universidad de Kut, al sureste de Bagdad, se fueron tan pronto como les entregaron los certificados de asistencia, antes de que se llevara a cabo cualquiera de las presentaciones. Una anciana poetisa iraquí, que se siente muy afligida en la casa donde se ha retirado del mundo, lamentaba esta tendencia hacia el individualismo miope: “Cultivar la tierra es como criar a un niño. ¿Qué sentido tiene un país llamado Iraq, si todos los que lo habitan lo descuidan y solo se preocupan por ellos mismos?”.

 

Sin embargo, la conciencia se va extendiendo, tanto dentro de una pequeña pero creciente comunidad de activistas como en sectores menos obvios. Una devota mujer de mediana edad describió su evolución: “El Profeta tenía un dicho, que una vez me pareció absurdo: 'No desperdicies el agua, incluso en medio de un río'. Pero me he dado cuenta de que hemos hecho tanto daño que los cambios tienen que empezar por nosotros mismos”. Entre otros pequeños gestos, su jardín está atestado de pequeñas madrigueras, donde fabrica abono a base de técnicas que buscó por Internet.

 

El agua, como el oxígeno, no tiene sustituto. Prácticamente todo lo demás, comenzando con el petróleo, puede ser reemplazado por otras alternativas. Ya sea que tratemos el agua como una mercancía, un servicio público o un derecho, sigue siendo nada menos que un requisito indispensable para la vida. Más que con ladrillos y mortero, la sociedad está construida a partir del agua, un hecho que Iraq, de entre todos los países, está en mejores condiciones de entender. La antigua Mesopotamia nació de esa bendición: el Iraq moderno solo sobrevivirá si no se olvida de honrar y respetar su herencia.

 

Peter fundó Synaps para volcar casi veinte años de experiencia trabajando en/ sobre el mundo árabe. Durante el itinerario que le llevó de Iraq al Líbano, Siria, Egipto, Arabia Saudí y de regreso de nuevo al Líbano, combinó el mundo académico con el periodismo de fondo, las consultorías y un mandato de diez años en el International Crisis Group. Ciudadano francés nacido en Inglaterra, estudió biología antes de cambiarse a ciencias políticas y sociología y vivió feliz para siempre.

 

Fuente: http://www.synaps.network/natures-insurgency

Synaps.network

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández.

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=259437

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