Un repaso post electoral en Irán




Las elecciones presidenciales en Irán se celebraron el pasado mes de junio, y tras el triunfo de Mahmud Ahmadinejad, las protestas en la capital y las denuncias de fraude se han sucedido. Hay que reconocer que a día de hoy, buena parte de esas noticias en torno al supuesto pucherazo electoral, y que tan amplio eco han encontrado en los medios occidentales, siguen sin aportar pruebas concluyentes que avalen esa denuncia. A varias semanas vistas, y con un acercamiento más calmado, se pueden entresacar algunas consecuencias de los acontecimientos de los últimos días.

 

Uno de los mayores errores que se aprecian al acercarnos a la realidad política y social de aquel país es la de intentar encuadrarla conforme a los parámetros eurocéntricos al uso, y buscando en ese sentido presentar el espectro político iraní como la división de dos campos ideológicos contrapuestos, los reformistas y los conservadores. En ese análisis simplista se deja de lado la existencia por un lado de un complejo sistema político donde la religión juega un papel determinante en la configuración del mismo, y por otro lado se esconde una realidad política mucho más rica, donde existen diferentes tendencias, facciones, familias ideológicas que están en continúa pelea por adquirir mayor protagonismo o poder.

 

Y a este desbarajuste analítico contribuyen en buena medida algunos medios de comunicación occidentales que confunden sus deseos con la realidad. En este sentido hemos podido ver cómo esos actores mediáticos han ido variando el eje central de sus discursos. Primero nos encontrábamos ante una supuesta revolución de colores, para dar paso posteriormente a una probable pugna de poderes entre las diferentes facciones del régimen. Basaban sus supuestas predicciones en las declaraciones de algunos actores locales, mayormente entre habitantes de la zona norte de la capital, y en otros casos daban importancia a otros protagonistas confundiendo su peso real.

 

En este sentido, un analista iraní comentaba con sorna la confusión en Occidente a la hora de dar protagonismo a determinadas fuentes. Así, llegaron a confundir a la “Asociación de Profesores e Investigadores de Qom” (un grupo de clérigos reformistas pero con poca incidencia política o religiosa) con la poderosa “Sociedad de Profesores del Seminario de Qom” (una asociación conservadora en torno a los ayatollahs y que felicitó a Ahmadinejad por su victoria).

 

Los grandes derrotados en estas elecciones han sido los candidatos, Mir-Hosaain Moussavi, y sobre todo, Akbar Hashemi Rafsanjani. El primero, presentado como la esperanza del cambio en Occidente, ha cometido importantes errores de bulto. Su alianza con Rafsanjani y Khatami provocó importantes rechazos entre sus propios seguidores, que no podían olvidar el papel de Rafsanjani hace veinte años, buscando acabar con la carrera política del propio Moussavi.

 

Tampoco tuvo mucho acierto cuando proclamó su victoria electoral nada más cerrarse las urnas, y siguiendo el clásico manual para generar la posterior confusión en torno a las elecciones. Ese paso se volverá contra sus posteriores argumentos que acusaban a los dirigentes del país de haber “contado demasiado pronto las paletas”. Esa alianza contra natura ha generado muchas grietas en el soporte de Moussavi y ha supuesto que algunos apoyos que podía haber conseguido entre los partidarios del actual sistema hayan optado por darle la espalda.

 

Otro que tampoco ha salido muy bien parado ha sido Rafsanjani, “el tiburón”. Si en 2005 ya fue derrotado por Ahmadinejad, en esta ocasión ha decido apoyar a Moussavi en lugar de volver a enfrentarse directamente con el presidente iraní. La figura de Rafsanjani es una de las más rechazadas por la mayoría de la población en Irán, que ven en él la personificación de “la corrupción y del abuso del poder en beneficio propio”. Es evidente que este camaleón político está perdiendo buena parte de su poder, y que los ataques directos de Ahmadinejad contra su persona durante los debates electorales en televisión le han debilitado todavía más.

 

Por ello tras las elecciones ha seguido forjando su estrategia en torno a tres pilares. Mostrando su apoyo a Moussavi y sus seguidores, presentándose como el principal oponente de Ahmadinejad (haciendo un guiño a Occidente) y criticando a parte del establishment actual, pero sin atacar al líder supremo. De ahí su interesado discurso del pasado viernes, presentando “la situación en Irán como una crisis”. No debemos olvidar que tras estos movimientos se oculta la intención de “capitalizar de forma pragmática las protestas contra el régimen y buscar desesperadamente su supervivencia en esas esferas del poder”.

 

En el otro lado, los v encedores son Mahmoud Ahmadinejad y el Líder Supremo Ali Khamenei. A pesar de todas las campañas para demonizar la figura de Ahmadinejad, éste cuenta con un importante soporte y apoyo en Irán. Su apuesta por luchar firmemente contra la corrupción, sus medidas para acabar con las políticas privatizadoras impulsadas por Rafsanjani, una orientación más cultural hacia el islamismo junto a su origen humilde y piadoso, y su rechazo a cualquier tipo de ostentación material, generan importantes apoyos en una sociedad como la iraní, en cierta medida cansada de asistir a los tejemanejes de personajes como Rafsanjani.

 

Como señalan algunos analistas locales, Ahmadinejad es en definitiva “un importante líder de una facción que ha incrementado su poder e influencia dentro del sistema pero que todavía no ha logrado dominar a éste en su conjunto”

 

También se ha reforzado la figura de Khamenei, que sigue manteniendo un soterrado pulso con Rafsanjani, pero al igual que éste antepone su propia supervivencia en la cima del régimen. Su discurso tras las elecciones, emplazando a “la lealtad a la República Islámica por encima de las lealtades a las facciones ideológicas” se enmarca en sus llamamientos para articular las respuestas de la llamada “masa ideológica del régimen”, generando una relación de acercamiento con la misma.

 

Mientras que el llamado campo reformistas quiere dar muestras de unidad, tras esa fachada se esconden importantes diferencias ideológicas que harían muy difícil mantener esa alianza en el futuro. Los conservadores reformistas de Moussavi, los conservadores liberales de Khatami, los tecnócratas de Rafsanjani, los conservadores tradicionales de Nategh-Nouri y otras fuerzas de derecha más moderada como Larijani, han salido derrotados en estas elecciones, mientras que la facción de la derecha islámica se ha impuesto.

 

Los llamamientos a la liberalización o modernización del país , por parte de algunos reformistas, buscan englobar dentro de los mismos, diferentes cambios, intentando presentar las demandas en materia de costumbres (muy apoyada entre las capas más jóvenes), junto a otras medidas, como el giro en materia exterior o la política de privatizaciones, que apenas cuentan con respaldo popular.

 

Frente a ellos, los primeros pasos de Ahmadinejad parecen orientarse a una cierta “moderación” que corte de raíz los argumentos de sus opositores. El nombramiento de Ali Akbar Salehi como responsable de la organización al frente del programa nuclear iraní, y que en el pasado logró acuerdos importantes con Occidente en esa materia es un signo de esa tendencia.

 

También el nombramiento del polémico Esfandiar Rahim Mashai como vicepresidente se interpreta en la misma línea. Además, con esta medida el presiente iraní se ha encontrado con el rechazo abierto de algunos de sus teóricos apoyos, lo que muestra que la complejidad institucional en Irán no dará ninguna facilidad a Ahmadinejad.

 

En materia de política exterior, ya ha señalado en su primer mitin post-electoral, su intención de buscar un “acuerdo constructivo” con el mundo, al tiempo que rechazaba los intentos de crear un aislamiento internacional en torno a Irán.

 

Todavía es pronto para anticipar el rumbo que tomará la política iraní en los próximos meses, lo que es evidente son las dificultades que se va a encontrar Ahmadinejad en ese camino. Las influencias y disputas entre los diferentes grupos ideológicos, las presiones de los llamados “barones provinciales” y otros lobbys para incrementar su poder, junto a las presiones de agentes extranjeros, son algunos obstáculos que no facilitarán el mandato presidencial de los próximos cuatro años.

 

TXENTE REKONDO.- Gabinete Vasco de Análisis Internacional (GAIN)

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