Choque de Civilizaciones: Europa y la guerra colonial israelí contra Gaza




La atroz guerra que el Estado de Israel lanzó sobre Gaza (diciembre 2008-enero 2009) no es más que la última encarnación del proyecto de asentamiento colonial judío en Palestina. Obvia también decir que este proyecto ha sido siempre animado por, y entretejido con, prácticas culturales y representaciones. Las “culturas coloniales”, como afirma Nicholas Thomas elocuentemente, “no son simplemente ideologías que enmascaran, mistifican o racionalizan formas de opresión que son externas a ellas; también expresan y constituyen relaciones coloniales, por sí mismas. [1]”

 

Me gustaría destacar un hecho relativo a las recientes guerras israelíes, en el que se ha hecho poco hincapié, que se manifestó sobre todo en la última guerra contra Gaza. Estas guerras han sido incorporadas en el paradigma de las guerras culturales globales, más conocido como “choque de civilizaciones” (CdC), lo que conlleva profundas implicaciones materiales, particularmente debido a su representación distintiva de los enemigos de Israel. Éstos son presentados como una amenaza excepcional, por lo que requieren un despliegue de fuerzas y técnicas excepcionales. Más específicamente, esta representación ha tenido dos principales consecuencias. Primera, parece autorizar a priori, y prácticamente justificar, todos los niveles y tipos de crueldad que Israel emplea y puede llegar a emplear contra los enemigos supuestamente excepcionales contra los que lucha, como ilustró vivamente la guerra contra Gaza. Segunda, desconecta toda la cuestión de Palestina de su contexto colonial. Es decir, el paradigma del CdC, al menos en idioma israelí, metamorfosea la lucha palestina, pasando ésta de ser anticolonial y antirracista a ser otra faceta más de la supuestamente más amplia guerra cultural entre el “Islam” y “Occidente” o entre el “terror” (islámico) y el “mundo libre”.

 

Lo que hace que el discurso israelí del CdC sea aún más relevante es el hecho de que Israel, especialmente desde el 11 de septiembre de 2001 (11-S), se ha concebido a sí mismo, y ha sido pensado por políticos, think tanks, expertos en terrorismo y comentaristas mediáticos en todo el mundo, como ejemplar en la lucha contra el “terrorismo islámico”. Que este hecho permita y sea permitido por la rehabilitación de un imperio, un orientalismo envalentonado, la revitalización del racismo, el cambio en los patrones de la inmigración, y los ataques contra lo que se llama “multiculturalidad” en naciones europeas clave, hace que sea muy importante tenerlo en consideración. Dada esa importancia, es desafortunado que, hasta donde yo sé, no haya ni siquiera una pequeña investigación que haya examinado seriamente el discurso israelí sobre el CdC. Particularmente, ¿qué elementos incluye este discurso y sitúa en primer plano, y qué excluye y aparta del plano? ¿Cuáles son las bases más amplias, ontológicas y epistemológicas, que subyacen en él? ¿Cuáles son las principales características del contexto social y la configuración de poder en los que se despliega? Finalmente, ¿cuáles son las ramificaciones de este discurso cuando se adopta como principio para políticas exteriores y domésticas, especialmente en naciones multiculturales y multirraciales?

 

Israelizando el CdC

 

El conocido orientalista anglosajón Bernard Lewis fue el primero en invocar el paradigma del CdC para describir la relación entre “Occidente” y el “Islam” en la era post-Guerra Fría. Sin embargo, este paradigma fue incalculablemente popularizado por Samuel Huntington, en su ahora (tristemente) famoso tratado El Choque de Civilizaciones. Los cimientos del CdC de Huntington son simples (o más bien simplistas). “En el mundo post-Guerra Fría las distinciones más importantes entre los pueblos”, nos cuenta, “no son ideológicas, políticas o económicas. Son culturales.” En otras palabras, las diferencias culturales eclipsarán a las divisiones ideológicas como fuente principal de conflictos con consecuencias globales. O simplemente, “el choque de ideologías dará paso a un choque de civilizaciones”, entre “Occidente y el resto”. De esa forma, según Huntington, las guerras culturales serán la marca de fábrica del siglo XXI. Sin embargo, tras los ataques del 11-S, el paradigma del CdC ha pasado a ser prácticamente sinónimo de una supuesta confrontación global entre Occidente y su enemigo arquetípico, el Islam. Más rotundamente, “el 11 de septiembre de 2001 consolidó aún más una comprensión del mundo que define una marcada oposición entre “nosotros” y “ellos”, y que posiciona al Islam como el “nuevo enemigo para el nuevo orden mundial”.

 

Las declaraciones de la entonces ministra de Asuntos Exteriores israelí Tzipi Livni, tras un encuentro con el presidente francés Nicolas Sarkozy el 1 de enero de 2009, son un ejemplo de esta mentalidad. En esas declaraciones, Livni afirmó que la guerra contra Gaza “no es un problema israelí sino que en cierta manera Israel está en la primera línea del mundo libre y está siendo atacado porque representa los valores del mundo libre.” En otras palabras, Israel, nos cuentan, no sólo fue “atacado” y por lo tanto se vio “forzado” a responder con crueldad masiva. Más importante aún, fue atacado debido a lo que es y no a lo que hace. En la misma línea, Avigdor Lieberman, el líder del tercer mayor partido político en la Knesset israelí, Yisrael Beiteinu, y ministro de Exteriores designado, sugirió en una entrevista con el periódico Haaretz que Israel debería “explicar a Occidente que somos su primera línea. Que si caemos, Dios no lo quiera, Occidente también caerá.”

 

¿Cuál es la línea divisoria entre estos dos mundos supuestamente opuestos? El historiador de la Universidad de Haifa y director del Instituto Herzel para la Investigación y el Estudio del Sionismo, Yoav Gelber, describe una simple línea divisoria. Él sostiene que el CdC en general y en el conflicto israelí-palestino en concreto, puede ser, en el fondo, atribuido a la diferencia irreconciliable entre: “una cultura que santifica la vida y una cultura que anima al suicidio y promueve los mártires... entre una cultura que examina excepciones y una cultura que glorifica a los asesinos de niños como luchadores por la libertad.” El mencionado pensamiento está, obviamente, animado por, y predicado sobre, la racialización de los musulmanes en general y de los palestinos en particular.

 

La violencia de “nuestros” enemigos, siguiendo con el discurso israelí, emana de su “excepcionalista” cultura y religión, y por ello la negociación con ellos es absurda. Por lo tanto, nosotros, israelíes y occidentales, laicos y razonables (y perdón por la redundancia), nos encontramos en un estado de máxima excepción, e incomparables medidas se tienen que tomar para defender nuestras vidas y nuestro modo de vida. En este orden de cosas, “Israel enseña a las fuerzas de ocupación a verse a sí mismas como la parte del conflicto que está bajo ataque, forzada a responder con violencia excesiva: debido al hecho de enfrentarse a un enemigo irracional que busca ‘nuestra’ aniquilación; como parte de una cruzada moral para defender ‘nuestros’ valores y modo de vida; y para contraatacar a una nueva amenaza global (‘fascismo islámico’)... [Este enemigo] justifica cualquier tipo de violencia como respuesta. No hay límite a lo que se puede llegar a hacer para repeler a estas criaturas...”

 

Esta manera de pensar subyace en afirmaciones como la de Benny Morris de que “los americanos se pueden haber equivocado invadiendo Irak, y nosotros nos podemos haber equivocado yendo a la guerra con Líbano. Todo esto palidece por insignificante cuando miramos la inmensa batalla entre el radicalismo loco que quiere controlar el mundo y el Occidente que debe protegerse a sí mismo.” Aún hay más en la caja de herramientas “civilizadora” de Morris. En el contexto de un monumental, incluso metafísico, choque entre culturas, Morris lleva el sombrero de un psiquiatra y ofrece el siguiente diagnóstico del pueblo y la sociedad palestinos: “En este momento, esta sociedad se encuentra en un estado de ‘asesino en serie’. Es una sociedad muy enferma.” También se preocupa benignamente por la necesidad de “curar” a futuras generaciones de palestinos. “Quizá con el paso de los años”, reflexiona, “el establecimiento de un Estado palestino ayudará en este proceso de curación... Mientras tanto, hasta que no se encuentre la medicina”, prescribe el siguiente “tratamiento”: “tienen que ser contenidos para que no logren matarnos... Algo como una jaula tiene que ser construido para ellos. Sé que suena terrible. Es realmente cruel. Pero no hay otra opción. Hay un animal salvaje ahí que tiene que ser encerrado de una forma u otra.” Sin embargo, en realidad Morris está traspasando una puerta abierta. Sus recomendaciones ya están siendo llevadas a la práctica “sobre el terreno”, particularmente en lo que concierne al campo mortal llamado Gaza.

 

Esta manera de pensar (y comportarse) obviamente no puede sostenerse, usando las palabras de Edward Said ligeramente fuera de contexto, “sin una sensación bien organizada de que a esa gente de ahí afuera no ‘les’ gustamos y no aprecian ‘nuestros’ valores, el auténtico corazón del dogma orientalista tradicional... que se lleva por arte de magia... el sufrimiento en toda su densidad y dolor...”

 

Finalmente, esta forma de pensar es compartida y propagada por muchos neoconservadores sionistas en Europa y Norteamérica. Tomemos por ejemplo la respuesta de la actriz británica Maureen Lipman a una pregunta que le hicieron en una entrevista en la radio BBC el 13 de julio de 2006, sobre si los ataques israelíes contra los palestinos en el Sur y contra los libaneses en el Norte no eran de alguna forma desproporcionados respecto a los ataques de Hezbollah y Hamas, respectivamente. La respuesta de Lipman fue: “¿Qué tiene que ver la proporción? ¿Acaso es un tema de proporción? La vida humana no es barata para los israelíes. Y la vida humana en el otro lado es bastante barata porque de hecho atan bombas a las personas y las mandan a hacerse explotar.” Talal Asad, tras citar a Lipman, comenta: “Lo que Lipman quería decir cuando hablaba de vida humana era, por supuesto, no vida humana sino vida judía. De hecho, no era solamente que la vida humana “en el otro lado”, es decir, la vida árabe, era bastante barata, sino que justamente porque era barata podía ser tratada así por parte del ejército israelí.”

 

CdC, Europa y Palestina/Israel

 

El discurso público israelí sobre el CdC y su racialización de los palestinos parece sonar bien en los oídos de naciones europeas clave. Sin embargo, esto no se debe a su rigor intelectual o a su excepcional poder de explicación. Más bien, este discurso resulta seductor debido a su convergencia con unas agendas exteriores y domésticas muy particulares, en boga desde el 11-S. Respecto a las políticas exteriores, la “rehabilitación del imperio incluye la aceptación de los términos de referencia israelíes, sí, lo que hacemos es muy lamentable, pero es la menos mala de las opciones. La ‘guerra contra el terror’ resucita la ambición imperial como un lamentable pero necesario proyecto ideológico y este cambio político y cultural entre las naciones europeas clave sirve para consolidar más aún el apoyo a Israel y a la versión israelí sobre la necesidad de una ocupación violenta.”

 

El discurso público israelí sobre el CdC es igualmente seductor en lo que respecta al tema doméstico del estatus y las demandas de las minorías (musulmanas) en los países europeos líderes. Inglaterra bajo el Gobierno de Tony Blair es un ejemplo de ello. Su “adopción de la ‘guerra contra el terror’ y sus términos excluyentes,” escribe Gargi Bhattacharyya con vehemencia, “marcó un cambio respecto a intentos anteriores de acomodar culturas minoritarias. Ahora, nos presionan para que creamos que se acabó el juego. El multiculturalismo no ha funcionado y, de hecho, nunca podría funcionar. En su lugar debemos aprender la fea lección de que ‘nuestra’ cultura y ‘su’ cultura son absolutamente incompatibles...”

 

Además, esta manera de pensar parece no sólo validar las proclamas israelíes respecto a los palestinos sino también el discurso israelí sobre las minorías musulmanas en Europa. En el discurso mayoritario israelí, se percibe a Europa como particularmente vulnerable a la ‘amenaza islámica’ (en Israel se habla de Europa y Occidente, en la mayoría de casos, como términos intercambiables; sin embargo, una vez más, el enfoque es sobre Europa). Los israelíes, autoerigidos como guardianes de la civilización occidental, parecen creer que les incumbe recordar a Europa la naturaleza de la amenaza islámica a la que se enfrenta.

 

Además, un punto clave en el comportamiento de los musulmanes en general y en su hostilidad inherente hacia los no musulmanes en particular, nos cuentan, es la división islámica del mundo entre el “reino del Islam” (dar al-Islam) y el “reino de la guerra” (dar al-harb), con el principio rector de la Jihad. Según Sharon, por lo tanto, los musulmanes no tienen otra opción que vivir en un permanente estado de hostilidad y guerra con los no musulmanes, puesto que es “parte del plan divino.”

 

Dejando la suprema mala voluntad, los malos motivos y las declaraciones racistas de lado, un conocimiento sofomórico es suficiente para demostrar que el discurso israelí sobre el Islam se predica sobre una serie de asunciones que no se pueden sostener ni siquiera tras un mínimo escrutinio del análisis de la ciencia social. Por encima de estas asunciones está la que privilegia ontológicamente a la religión sobre cualquier otra dimensión en la formación de la identidad musulmana, como pueden ser la clase, el género, la pertenencia nacional, la lengua o la política. La epistemología más amplia que subyace en esta manera de ver las cosas es, para citar a Peter Worsley en otro contexto, que “las ideas pueden ser aisladas en alguna forma pura, original, embrionaria, o arquetípica...; a partir de ahí, son vistas como [simplemente] ‘tomadas’...[y] ‘traducidas’ en acción...”

 

Los mayores sucesos y transformaciones “globales” proveyeron al discurso israelí sobre el CdC de calidad seductora. Uno de los mayores resultados de esta transformación es un cambio en la posición oficial europea en relación al tema de Palestina/Israel en los últimos años. La posición actual “gravita más cerca del marco EE UU-Israel de una guerra contra el terror, un ‘choque de civilizaciones’, con una preocupación entre líneas por el auge del Islam.” La verdad es que es difícil identificar hoy sustanciales diferencias entre la posición estadounidense-israelí y la de los europeos en todo lo que concierne a la cuestión palestina. Los gobiernos europeos, por ejemplo, apoyaron (y apoyan) el terrible asedio a Gaza, justificaron, aunque sólo fuera indirectamente, la última guerra israelí contra Gaza, aceptaron la conceptualización estadounidense-israelí de que el problema fundamental en Gaza no es el encarcelamiento masivo de un pueblo, sino el “contrabando de armas.”

 

La ocupación colonial

 

Cualquier examen serio de la realidad contemporánea en Palestina/Israel en general y de la más reciente guerra israelí contra Gaza en particular, es meramente imposible sin situarlo en su apropiado contexto: el colonialismo. Haciéndolo, podemos recordar esa “geografía política de encarcelamiento masivo” israelí, vivamente ilustrada en el terrible asedio a Gaza.

El colonialismo, visto desde la perspectiva de aquellos que son forzados a vivir bajo su yugo, no es, por lo tanto, insignificante ni tampoco una excepción. Es más bien una exhaustiva y sistemática destrucción de cualquier sensación de llevar una vida normal. Dando un paso más, uno puede argumentar que las ocupaciones coloniales se ponen en movimiento a través de “la racionalización epistémica y la administración política de la muerte.” En otras palabras, siguiendo la línea de Michel Foucault, podríamos decir que si el principal objeto del (bio)poder es la vida, entonces el colonialismo puede ser conceptualizado de la mejor manera como (thanato)poder, o poder cuyo mayor objeto es la muerte.

 

Para ponerlo de otro modo, las colonias fueron y son aún, como el caso de Gaza dolorosamente atestigua, los “laboratorios” donde se despliega una violencia prácticamente ilimitada y desenfrenada, donde la excepción es la norma, la jerarquía entre las “razas superiores”, y la “gente inferior” (léase nativa) es presupuesta y profundamente “naturalizada”. “Como tales, las colonias,” escribe Achile Mbembe, “son la zona donde la violencia del estado de excepción se considera que opera al servicio de la civilización”.

 

Siguiendo de cerca las reacciones israelíes a la guerra contra Gaza, como se puso de manifiesto principalmente en los medios de comunicación masivos, es inevitable la impresión de que para la mayoría de generales, comentaristas y políticos, reformulando lo dicho por Mbembe, los salvajes palestinos son, por así decirlo, seres humanos “naturales” que carecen del carácter humano específico, de la realidad específicamente humana, “de forma que cuando los oficiales y soldados israelíes los masacraron de alguna forma no eran conscientes de que habían asesinado.” Si regresamos a Benny Morris y a sus colegas europeos y estadounidenses de mentalidad similar, probablemente nos aconsejarán ver estas atrocidades como necesarias, aunque lamentables, daños colaterales y un precio razonable para humanizar a los bárbaros y defender la civilización occidental en la era de las guerras culturales globales.

 

Issam Aburaiya es profesor asistente de Estudios Religiosos en Seton Hall University (EE UU). Este artículo ha sido publicado en el nº 38 de la edición impresa de Pueblos, julio de 2009, especial Oriente Próximo. Versión original en inglés. Traducido para Pueblos por Marcel Masferrer

 

Notas

[1] Ésta es una versión recortada del artículo original, editada para adaptarse a los criterios de la revista Pueblos. Para leer el artículo original en inglés, se puede visitar: www.alternativenews.org

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