Víctimas de una política indigna

 

 

Después de haber sido socorridos por el Aquarius en alta mar, frente a las costas libias, 629 migrantes quedaron inmovilizados varios días en el navavío de Médicos sin Fronteras, sin saber dónde podrían atracar. Salvini, ministro del Interior italiano, prohibía al barco el acceso de sus puertos.

Para Salvini, dirigente de La Liga Norte, partido de extrema derecha, se trataba de escenificar sus primeros actos de ministro. Mostrarse capaz de tapiar el acceso de sus puertos, calificando de “business de la inmigración” la actividad humanitaria desarrollada por las ONG en el Mediterráneo, es demostrar a sus electores en Italia que sus actos son acordes con su discurso y que nadie le puede ganar en radicalidad y xenofobia.

Al mismo tiempo aprovecha la ocasión para subrayar la hipocresía de los líderes europeos, quienes rápidamente han puesto de manifiesto el carácter extremo-derechista de Salvini. Hemos asistido por parte de dichos líderes a un juego de sillas musicales para saber quién daba acogida al Aquarius, aunque mejor sería decir, quienes no querían dársela.

Mientras Italia y Malta se tiraban la pelota en sus tejados respectivos, los promotores de esa fortaleza inexpugnable en la que se convirtió Europa – esos mismos que se enorgullecen de ser “verdaderos demócratas” y “trabajadores infatigables” para hacer de Europa un “remanso de paz” – dieron rienda suelta a sus lecciones de moral y todos proponían una solución, solución que en ningún caso pasaba por la acogida de los 629 migrantes en sus países respectivos.

Formar parte del club imperialista que hace aproximadamente cuarenta años ha impuesto la supresión de las barreras proteccionistas aduaneras, – aunque en la actualidad esa política parece ser puesta en cuestión por algunos – para facilitar la “libre circulación” de las mercancías y de los bienes, es una cosa; permitir la libre circulación de los que producen dichas mercancías es otra. La indecencia de algunos dirigentes europeos, siendo su política colonizadora la responsable de la miseria y de las guerras que huyen esos migrantes, no tiene nada que envidiar a la bajeza de Salvini.

Una vez conocida la proposición del nuevo gobierno español, abrir el puerto de Valencia para acoger a esos 629 migrantes, el gobierno italiano consintió propiciar suministros al Aquarius y enviar dos navíos de la guardia costera para que los migrantes puedan repartirse entre los tres barcos, lo que les permitiría afrontar en mejores condiciones los cuatro o cinco días adicionales de navegación.

Para Europa, con 500 millones de habitantes y concentrando una buena parte de las riquezas del planeta, no sería un obstáculo insalvable – ya que no está dispuesta a restituir con creces lo robado a las poblaciones de origen – acoger sin ningún problema a los migrantes e inmigrantes que su política de rapiña convirtió en víctimas necesitadas, cuando no en esclavos.

Por lo que se ve, los dirigentes de las potencias europeas, más allá de sus discursos ditirámbicos sobre los valores humanos de los países desarrollados, se niegan a cambiar no solo su política de dominación económica pero también su política de acogida. Prefieren ceder a las presiones racistas y xenófobas mostrándose implacables con los desheredados.

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