Derrota de Syriza y fin de ciclo

Balance de una década en que la izquierda europea intentó asaltar el cielo

- La clase obrera y sus sindicatos contra la austeridad

- Podemos: El populismo de izquierdas y su proyecto transversal contra la crisis

- Syriza: Cuando la izquierda radical llegó al gobierno en Europa para derrotar a la troika

 

La derrota electoral de Syriza en favor de los conservadores de Nueva Democracia seguramente provoque en muchas personas de izquierda un cierto sentido de melancolía ante la década que queda atrás en Europa. Esta derrota electoral cierra un ciclo amplio y debe servir para hacer un balance histórico de toda una década en que la izquierda europea intentó sin éxito, y a través de diversas formulas, romper con la hegemonía política y socio-económica de la gran burguesía europea y sus políticas de austeridad que  trasladaban los costes de la salida de la crisis en las espaldas de las clases populares.

 

En septiembre de 2008 el hundimiento del banco Lehman Brothers dio inicio a la gran recesión mundial que durante la década siguiente provocaría graves consecuencias económicas, sociales y políticas en todo el mundo. En Europa esa crisis conoció dos momentos álgidos, en 2009 cuando se muestran plenamente los efectos iniciales de la crisis proveniente del epicentro norteamericano, y en 2010 cuando estalla la crisis griega[1] y se agrava la crisis en Europa adoptando las instituciones europeas y los gobiernos del viejo continente los programas de rescates bancarios y la estrategia de austeridad como política para salir de la crisis mediante el traslado de los principales sacrificios sobre las espaldas de las clases populares.

 

Esta situación en Europa generó cuatro respuestas socio-políticas consecutivas, aunque solapándose en el tiempo. La primera fue una clásica respuesta basada en la clase trabajadora a través de sus sindicatos de clase. El paradigma de esta respuesta es, sobre todo, el ciclo de huelgas que tuvieron lugar en Francia en 2010, fue un enfrentamiento social frontal de la clase trabajadora contra el Estado. La segunda también fue clásica, correspondió a una respuesta desde los partidos de la izquierda. Su paradigma fue la coalición de partidos de la izquierda radical Syriza, luego transformada en partido político, mediante la vía de acceso al poder del Estado para, desde allí, buscar cambiar las políticas de austeridad impuestas desde Europa. La tercera respuesta fue más novedosa, correspondió a un movimiento de carácter transversal dirigido fundamentalmente por las clases medias golpeadas por la crisis. Su paradigma fue Podemos, que utilizó, como en el caso anterior, la vía electoral para alcanzar el poder del Estado y, desde allí, poder aplicar su programa político anti-austeridad. Finalmente, la cuarta respuesta también es novedosa, y se concreta en el ascenso de una derecha radical populista y xenófoba.

 

En tanto que las tres primera han ido fracasando sucesivamente – siendo la última la derrota electoral de Syriza en las recientes elecciones de este mes de julio, y que ha servido para realizar este balance- la última ha ido creciendo por toda Europa y se ha consolidado con fuerza en determinados países. A continuación analizaremos las tres primeras respuestas, en tanto que la última ya ha sido estudiada en profundidad en mi último libro Derecha radical. Auge de una ola reaccionaria mundial.

 

La clase obrera y sus sindicatos contra la austeridad

 

Dentro del enfrentamiento sindical originado contra las consecuencias de la crisis se pueden encontrar dos modelos diferentes. El primer modelo de contestación social lo podríamos denominar difuso o discontinuo, y fue el predominante durante la crisis. Su característica es que dio lugar a algunos conflictos, incluso alguna huelga general, pero no fue persistente en el tiempo, y por lo tanto fueron conflictos que no produjeron desbordamientos, y cuando existió este peligro, el cambio de gobierno fue utilizado como cortocircuito. Fue el caso de Letonia que a principios de 2009 conoció movilizaciones y la caída del gobierno. De Italia, que conoció desde 2009 manifestaciones y una huelga general en mayo de 2010, con movilizaciones más radicales de los estudiantes en diciembre de 2010. De Gran Bretaña, con una débil respuesta sindical a los recortes del gobierno conservador (dos manifestaciones sindicales en octubre de 2010 y marzo de 2011), y una contestación más seria también por parte de los estudiantes. De Islandia, cuyas protestas en enero de 2009 llevaron a la caída del gobierno. De Portugal, con una huelga general en noviembre de 2010. De Irlanda, con manifestaciones en noviembre de 2010 contra el duro plan de austeridad impuesto por el gobierno.

 

El segundo modelo fue el de enfrentamiento sindical abierto. En este modelo, los sindicatos apostaron por un enfrentamiento duro y persistente con el objetivo claro de hacer fracasar los planes de austeridad de sus gobiernos y evitar que los duros ajustes recayesen sobre la clase obrera y las clases populares en general. Solo dos países siguieron este modelo, Grecia y Francia, y con dos  situaciones muy diferentes. Grecia fue el primer país al que la UE tuvo que acudir a rescatar, después de conocerse que las graves irregularidades del gobierno conservador de Nueva Democracia – el que ahora acaba de ganar las elecciones – habían llevado al país a la bancarrota, y de ser objeto de un ataque fondo por parte de los especuladores internacionales. Las ayudas a Grecia fueron condicionadas a draconianos planes de austeridad que hicieron caer en picado las condiciones y nivel de vida de los sectores populares griegos.

 

La primera huelga general tuvo lugar en diciembre de 2008 bajo el gobierno conservador, y tras el asesinato de un joven manifestante, a la que siguió otra más en abril de 2009 contra los planes de austeridad de los conservadores, pero esto no sería más que un preámbulo, y las movilizaciones entraron en un impasse hasta la celebración de las elecciones parlamentarias a finales de septiembre de ese año, que ganó ampliamente el Pasok. Inmediatamente el nuevo gobierno comenzó a aplicar medidas de austeridad que hicieron que en febrero de 2010 se rompiese la ilusión de las clases populares griegas en que un gobierno progresista, al que acababan de votar, defendería sus intereses. En febrero comenzó la cadena de huelgas generales, acompañadas de manifestaciones, que intentaron frenar la ofensiva antipopular del gobierno socialdemócrata, dos huelgas en febrero, una en abril, otra en mayo, dos en junio, otra en julio. Después de esta ofensiva concentrada de los sindicatos sin obtener resultados, la intensidad decayó, solo al final de año tuvieron lugar otras dos nuevas huelgas generales en noviembre y diciembre.

 

En noviembre de 2010 se celebraron elecciones locales y regionales, eran un test para conocer el impacto político de esta fase intensa de movilizaciones. El resultado fue una muy alta abstención en relación con lo habitual en Grecia, la victoria del Pasok, y un débil avance de las organizaciones a la izquierda de éste. El ciclo de enfrentamiento sindical abierto no consiguió modificar las políticas de austeridad impuestas por la troika para el rescate, pero sembró las condiciones políticas para que un reagrupamiento de la izquierda política, Syriza, terminase por alcanzar el gobierno cuatro años más tarde.

 

El segundo país de Europa donde se aplicó este modelo de enfrentamiento sindical abierto fue Francia. Bajo un gobierno conservador, el menor impacto de la crisis económica respecto a otros países europeos había supuesto que las medidas de ajuste aplicadas fuesen de menor intensidad. El cierre de empresas había dado lugar a conflictos puntuales y el primer acto de las movilizaciones se produjo en enero de 2009 en Guadalupe, con una huelga general contra la carestía de la vida. Pocos días después tendría lugar la primera huelga general francesa, acompañada de manifestaciones, que abriría un ciclo de movilizaciones que iría creciendo hasta alcanzar su clímax en octubre de 2010. Aunque en marzo tuvo lugar la segunda huelga general de 2009, a partir de ese momento las movilizaciones decayeron durante más de un año, pudiéndose decir que Francia se situaba también dentro del primer modelo. Sin embargo en la primavera de 2010, el proyecto de reforma de las pensiones del gobierno Sarkozy reactivó las movilizaciones con una intensidad que superó durante algunos meses a la de los sindicatos griegos.

 

Por lo tanto, en mayo de 2010 arrancó un ciclo de intensas movilizaciones sindicales con tres características principales, las huelgas generales eran acompañadas con numerosas manifestaciones por todo el país, en realidad el seguimiento de las huelgas no fue muy intenso más allá de los transportes y algunos servicios públicos, pero los sindicatos consiguieron sostener en esos meses unas fuertes movilizaciones en las calles en torno a los tres millones y medio de manifestantes; en segundo lugar los sindicatos consiguieron mantener un elevado apoyo de la opinión pública, a pesar de las incomodidades que  las manifestaciones y las huelgas producían, especialmente cuando, en la fase final, intentaron bloquear el país cortando el suministro de combustible; y, finalmente, mantuvieron la unidad sindical, consiguieron el apoyo de toda la izquierda y sumaron al movimiento estudiantil en la misma lucha. Todo un ejemplo de estrategia que, junto a su tradición de luchas, compensó con creces su debilidad de afiliación.

 

En mayo y junio de 2010 se produjeron dos huelgas generales, y tras el paréntesis del verano, los sindicatos echaron todo el peso entre septiembre y noviembre, antes de que el proyecto de pensiones de Sarkozy se convirtiese en una ley aprobada por el Parlamento. En octubre se realizaron siete huelgas generales, algo insólito en las últimas décadas en Europa. En sectores importantes, sobretodo el relacionado con los combustibles, se dio un salto cualitativo con el sistema de huelgas renovables –  es decir, que cada 24 horas se decidía su continuación – y el bloqueo de los depósitos de combustibles con el objeto de paralizar el país. Prácticamente se alcanzó el límite donde pueden llegar las movilizaciones obreras dentro de la legalidad burguesa sin entrar en una fase insurreccional. Las comparaciones con el mayo del 68 se hicieron inevitables en ese intenso mes de octubre, porque alcanzados esos niveles de movilización la situación empieza a ser en cierto modo incontrolable y cualquier acontecimiento imprevisto podía romper la estrategia de apuesta elevada pero controlada de ambas partes. Pero el tiempo jugaba en contra de los sindicatos como bien sabían éstos y el propio Sarkozy. La conversión en ley del proyecto por el Parlamento suponía una barrera que los sindicatos no iban a traspasar. Por ello forzaron las movilizaciones en octubre al máximo, y por eso mismo el gobierno conservador aguantó ese mes absolutamente inflexible. La ley de pensiones fue votada por el Parlamento a finales de octubre y ratificada a primeros de noviembre. Las movilizaciones cesaron súbitamente y los sindicatos fueron derrotados en la batalla más importante hasta ese momento en Europa a causa de las consecuencias de la crisis.

 

Podemos: El populismo de izquierdas y su proyecto transversal contra la crisis

 

En este caso el paradigma se ha desarrollado en España, terminando por dar lugar a la creación de Podemos y su intento fallido de desplazar al PSOE como principal fuerza en el bloque progresista-izquierdas y alcanzar el gobierno para llevar a cabo su programa. Pero antes haremos un breve repaso de como se llegó al surgimiento de dicha alternativa.

 

En el caso español podemos diferenciar dos ciclos políticos y de movilizaciones. El primero se desarrolló hasta la mitad del 2011, sus características principales fueron: el protagonismo indiscutible de los sindicatos en las protestas; la división sindical entre los sindicatos mayoritarios y los sindicatos nacionalistas y otros minoritarios más combativos; la incapacidad de estos últimos para conseguir éxitos importantes de movilización y para crecer y ser una alternativa a los mayoritarios, con la excepción del País Vasco y Galicia; la actitud ambigua de los sindicatos mayoritarios en relación al gobierno socialista convocando una huelga contra la reforma laboral y luego pactando la reforma de las pensiones; el giro neoliberal del gobierno Zapatero y la derrota electoral del PSOE; y el estancamiento en un nivel electoral bajo del principal partido de la izquierda, IU.

 

A partir de la mitad de 2011 podemos hablar del inicio de un segundo ciclo político y de movilizaciones en España que va a coincidir con el ciclo de gobierno conservador conseguido por la victoria electoral mayoritaria del PP. También en este caso se puede hablar de dos etapas, la primera cubriría los dos primeros años del gobierno Rajoy, caracterizada por un gran número de decisiones que continuaron e intensificaron las tomadas por la segunda etapa del gobierno Zapatero, es decir, buscando una salida de la crisis a costa de las clases populares con toda una batería de medidas de recortes de prestación y derechos.

 

En esta primera etapa la iniciativa de las movilizaciones empezó a ser compartida entre los sindicatos y el conjunto de movimientos sociales que se desplegaron a partir del 15-M. Los sindicatos mantuvieron el protagonismo en las grandes protestas como las dos huelgas generales convocadas contra el gobierno Rajoy o algunos otros conflictos sectoriales importantes como el de los mineros. Los indignados también consiguieron movilizaciones espectaculares como la manifestación mundial del 15 de octubre de 2011, pero, sobre todo, fecundaron toda una serie de movimientos sociales contra la ofensiva desatada por el gobierno Rajoy contra las clases populares, fueron las grandes movilizaciones contra los desahucios, o contra los recortes en la sanidad y en la educación que recorrieron todo el año 2012 y 2013 en una protesta llevada a cabo casi sin pausa durante esos dos años.

 

Esta primera etapa de movilizaciones vino a coincidir con la primera parte de la legislatura caracterizada por la práctica ausencia de elecciones, y, por tanto, no fue posible transformar los cambios de correlación de fuerzas en la calle en posiciones de poder institucional capaces de revertir las decisiones del gobierno conservador e implementar un programa favorable a las clases populares. Sin embargo, a partir de mayo de 2014 las elecciones europeas abrieron un ciclo electoral de año y medio y, justamente, este hecho abrió la segunda etapa de este nuevo ciclo político y de movilizaciones.

 

De otro lado los inicios de esta segunda etapa se hizo notar también en los movimientos sociales. Es con la cercanía del nuevo ciclo electoral que una parte de los movimientos sociales se plantearon la batalla electoral para conseguir posiciones de poder y apareció la opción de Podemos.

 

Podemos justificó su aparición como nuevo participante político en dos argumentos, el de canalizar políticamente el descontento y las movilizaciones que representaba el 15-M, y superar los techos electorales que históricamente había obtenido IU y que la impedían ser alternativa de gobierno. Los objetivos que se marcaron eran claros y, en función de ellos, es como hay que juzgar a estas alturas su éxito o fracaso. El primero consistía en desplazar al PSOE en la hegemonía en el campo progresista-izquierda, pensando que en España se repetiría el escenario de Grecia, un PSOE que seguiría la senda de la marginalidad del Pasok[2], y un Podemos siguiendo la senda de Syriza, pero, además, complementariamente, también pretendía hacer desaparecer electoralmente a IU como expresión de una izquierda desfasada que ya no respondería al momento histórico. El segundo objetivo era llegar al gobierno para poner en práctica su programa. Conquistar la hegemonía en la izquierda desplazando al PSOE y marginando a IU era solo un paso necesario para convertirse realmente en alternativa de gobierno, su modelo era Syriza o, incluso inicialmente, Venezuela y Bolivia.

 

Podemos se presentaba como un proyecto populista, transversal, que pretendía superar el eje tradicional izquierda-derecha por otro basado en arriba-abajo. Buscando en la clásica oposición establecida por el populismo entre el pueblo y las élites (la casta en su argot original) el apoyo para conseguir el apoyo que Syriza había conseguido en Grecia.

 

Globalmente se trataba de un proyecto transversal dónde su dirección política la detentaba una clase media ilustrada, fundamentalmente profesores universitarios, que pretendía representar no los intereses de la clase obrera sino de sectores populares trasversales donde, sin embargo, predominaba la visión de esas clases medias ilustradas. No obstante, rápidamente, ese proyecto, aparentemente común y unido por las expectativas que daban las encuestas a Podemos, empezó a mostrar la existencia en su seno de tres sub-proyectos diferenciados, cuyo enfrentamiento interno subió de tono conforme las encuestas y los resultados electorales mostraban que sus ambiciosos objetivos iniciales se alejaban de la posibilidad de ser alcanzados. A la vez que Syriza claudicaba ante la troika y abandonaba los objetivos para los que había llegado al gobierno, Podemos veía alejarse simplemente la posibilidad de alcanzar el gobierno.

 

De manera que, ante unos resultados electorales continuamente a la baja[3] que demostraban su incapacidad de hacer desaparecer a IU, desplazar de la hegemonía de la izquierda al PSOE, y alcanzar el gobierno, la dirección de Podemos forzó un giro que llevaría a romper sus costuras internas. En primer lugar se ofreció a formar gobierno con el PSOE en 2015, lo cual fue rechazado por los socialistas y, en segundo lugar, se inclinó en 2016 por formar una alianza electoral con IU bajo en nombre de Unidos Podemos, lo cual provocó que esta alianza obtuviera un millón de votos menos que seis meses antes por separados. Este cambio en las alianzas y estrategia llevó aparejado un cambio en los principios rectores, se volvía al eje derecha-izquierda y se basculaba a posiciones socialdemócratas clásicas, es decir, se abandonaba la estrategia nacional-populista sin que mediase una discusión interna y una decisión de todo el partido. Era, pues, inevitable que la profundidad de los cambios y la forma de llevarlos a cabo, aún utilizando el método de consultas plebiscitarias, terminases llevando a la ruptura interna de Podemos, la del sectores errejonista acusando a la dirección de Podemos de abandonar la transversalidad por la ubicación clásica de izquierda que había representado IU; la del sector anticapitalista por buscar la alianza con el PSOE y bascular a posiciones socialdemócratas.

 

Podemos intentó llegar al gobierno en alianza con el PSOE en diciembre de 2015 y, nuevamente en julio de 2019. En ambos casos los socialistas rechazaron esa alianza de gobierno aunque si buscaron su apoyo a través de un acuerdo programático[4]. Llegados a este punto podría decirse que, al contrario que Syriza, Podemos no ha podido testear su capacidad de poner en práctica su programa al no conseguir llegar al gobierno. Pero esto es cierto a medias. En las elecciones municipales y autonómicas de 2015 el denominado «espacio del cambio»[5], apoyado por Podemos, consiguió hacerse con bastantes ayuntamientos importantes – los ayuntamientos del cambio – desde los que se quiso presentar un modelo de gestión que diese credibilidad a Podemos y sus aliados. Después de cuatro años la opinión pública ha reconocido la gestión honrada y en favor de las clases populares que se hizo en esos ayuntamientos pero, a pesar de ello, en las elecciones municipales de 2019 la mayoría de ellos se perdieron[6].

 

Sea cual sea el cómo se vaya a desarrollar en el futuro Unidas Podemos, lo que es innegable es que su ensayo de reproducir el éxito de Syriza en España ha terminado en un fracaso. Además, y en el momento de escribir este artículo, los pronósticos son que los problemas internos de Unidas Podemos pueden agravarse aún más.

 

Syriza: Cuando la izquierda radical llegó al gobierno en Europa para derrotar a la troika

 

Syriza[7] ganó las elecciones en enero de 2015 apoyándose en el largo ciclo de protestas y movilizaciones – que ya hemos descrito someramente al principio – que se abrió en Grecia en 2008 frente a las agresiones sociales impuestas por el establishment europeo a través de la troika (BCE, Comisión Europea y FMI). Su victoria tuvo que esperar que las condiciones fuesen madurando según se profundizaba la crisis y el pueblo griego descartaba electoralmente otras alternativas, como la del Pasok, de gobierno. En la primera vuelta de las elecciones griegas de 2013, el 17 de mayo, Syriza tuvo un ascenso espectacular, pasando del 5%  obtenido en 2009 al 17%. En la segunda vuelta, un mes más tarde, el porcentaje ascendió al 27%, pero las fuerzas reaccionarias griegas e internacionales tomaron claramente conciencia del peligro y pusieron en marcha la contraofensiva: reagrupamiento de la derecha, campaña propagandística del  miedo,  y amenazas veladas y abiertas.

 

Cuando finalmente Syriza llegó al gobierno se encontró con que heredaba un país económicamente devastado por las políticas de austeridad que había impuesto la troika y que habían llevado al país a una situación peor que al inicio de la crisis pese a los graves recortes realizados sobre las condiciones de vida de las clases populares. Así, en 6 años de crisis el PIB había caído un 25%, la tasa de paro se había situado en un 26% (53% en el paro juvenil), el 23% de los griegos vivían en riesgo de pobreza, la reducción del gasto sanitario había sido del 9% anual, las pensiones se habían reducido entre un 35%y un 50%, 70.000 millones habían huido del sistema financiero, y la deuda había pasado de un 113% del PIB en 2008 a un 175% en 2014.

 

El programa de Syriza se proponía revertir esta situación con varias actuaciones como eran las medidas de urgencia destinadas a ayudar a los sectores sociales más damnificados por la crisis y las políticas de recortes, los programas para conseguir la recuperación y el crecimiento económico, la creación de empleo, y las reformas de la administración con el objeto de acabar con la corrupción. Pero todo ello pasaba por un punto esencial, la renegociación de la deuda externa y de las condiciones impuestas por el rescate, y este punto se convirtió, inevitablemente, en un campo de batalla entre el gobierno de Syriza y la troika, en el principal escollo del nuevo gobierno de izquierda para poder continuar con su programa electoral como expresión de los intereses de las clases populares.

 

El gobierno de Syriza se encontraba en una posición de doble debilidad en este pulso, debilidad económica por las condiciones de su economía que hemos señalado anteriormente, y debilidad política por no poder contar con gobiernos aliados en la UE que le fuesen afines y apoyasen su demanda de reestructuración de la deuda y de fin de las políticas de austeridad impulsadas desde la Alemania de Ángela Merkel. Las negociaciones comenzadas en febrero escenificaron claramente ese enfrentamiento al mismo tiempo que el aislamiento del gobierno griego por parte del resto de los gobiernos europeos. Además de este aislamiento otros dos elementos ayudaron a debilitar aún más la posición negociadora de Syriza, el primero fue el agravamiento de la fuga de capitales que se produjo en Grecia durante las negociaciones y según se tensaban las posiciones, llegando a alcanzar los 1.500 millones diarios, poniendo al gobierno griego ante el riesgo de una debacle bancaria; el segundo fue la amenaza de ser obligada a abandonar el euro e incluso la UE (Grexit).

 

La postura rígida de la troika, y la necesidad de Syriza de evitar traspasar sus líneas rojas – con fuertes tensiones en su seno por las cesiones que iba realizando en la negociación – si no quería sufrir una derrota estratégica y entrar en la senda de claudicaciones de la socialdemocracia y, por tanto, poner final a su proyecto, llevaban a un escenario de ruptura casi inevitable.

 

Cuando la situación de las negociaciones parecía desesperada para Syriza, Tsipras planteó la convocatoria de un referéndum al pueblo griego como el último expediente para acumular fuerzas en el interior e intentar romper, con una victoria, la dinámica que la troika había impuesto en las negociaciones. El resultado de la consulta fue toda una demostración de dignidad del pueblo griego, con un 61% apoyando al gobierno de Tsipras frente a un 38% aceptando las condiciones de la troika. El recurso al referéndum pareció enviar la señal de que estaba dispuesto a la ruptura con la troika y que se estaba preparando para ello, es decir, para la posibilidad de la salida del euro, lo que significaría que el gobierno griego disponía de un plan B elaborado y dispuesto para ponerse en práctica cuando se llegase a un callejón sin salida. La convocatoria del referéndum significaría, entonces, la búsqueda del respaldo interno necesario para dar ese importante paso. Sin embargo, a pesar del resultado masivo del no, inmediatamente Syriza realizó más concesiones, buscó el apoyo de los partidos pro-austeridad que habían pedido el sí y, finalmente, aceptó un tercer rescate en unas condiciones más leoninas que las exigidas en los dos rescates anteriores. La brusquedad de este giro, y la profundidad de la derrota que esto suponía, está más allá de lo que podría ser un comportamiento previsible.

 

Para encontrar una experiencia de gobierno en Europa de un partido a la izquierda de la socialdemocracia hay que retroceder muchas décadas. Siempre en circunstancias muy especiales, tal vez a la revolución de los claveles en Portugal, a los breves gobiernos de coalición tras el fin de la segunda guerra mundial, o a los frentes populares. Para encontrar en Europa partidos de izquierda con el apoyo popular cosechado por Syriza también hay que retroceder décadas y situarse en los momentos de gran capacidad de arrastre del PCI o el PCF antes de la debacle del socialismo real.

 

Por ello la experiencia de Syriza era tan importante para la izquierda europea, siempre en posiciones minoritarias, siempre alejada del poder. Representaba la posibilidad de demostrar que eran posibles gobiernos de izquierdas dentro de la UE, que eran posibles oponerse desde el poder a las políticas neoliberales. No iba a ser fácil, solo los ilusos podían pensar que Syriza podía conseguir todos sus objetivos, pero sí que los defendería con coherencia y que sus concesiones sería a cambio de contraprestaciones que rompiesen la asfixia de la austeridad que ahogaba a los griegos. No se trataba de superar el capitalismo, sino más modestamente de poner freno al neoliberalismo. La claudicación de Syriza y las condiciones en que se produjo esa claudicación, después de un apoyo masivo del pueblo en el referéndum para enfrentarse a la troika, representó un duro golpe a toda la izquierda europea que esperaba que Syriza se convirtiese en un modelo para alcanzar la victoria electoral, para enfrentarse a los poderes de la troika, y para defender una salida de la crisis favorable a las clases populares.

 

Con la claudicación de Tsipras ante la troika, traicionando el resultado del referéndum que él mismo convocó, en realidad acabó lo que representaba Syriza. Hubo una ruptura total muy brusca y el partido que siguió con tal nombre ganó unas nuevas elecciones, convocadas inmediatamente para evitar una rebelión interna, abandonando los críticos el partido y formando otro nuevo, Unidad Popular, que no consiguió entrar en el parlamento. Sin embargo el partido de Tsipras ya no representaba lo que fue Syriza hasta la victoria en el referéndum. Se trataba, pues, de un caso más de transformación en la historia en el que una sigla partidaria no tiene nada que ver con lo que fue en el pasado, sea el PS chileno actual en relación con el PS de la época de Allende, o el PC Chino actual en relación con el PC Chino de la época de Mao, por poner dos ejemplos entre otros muchos.

 

Irónicamente, Syriza cumplió un papel funcional para la troika. Bajo los gobiernos de Nueva Democracia o el Pasok, la troika no fue capaz de controlar política, social y económicamente a Grecia, continuaron las movilizaciones y las huelgas generales, y los reemplazos de gobiernos ante esas presiones. Pero Syriza terminó siendo el instrumento en manos de la troika para «pacificar» a la rebelde Grecia y estabilizar un gobierno que, por primera vez en muchos años, prácticamente ha terminado la legislatura y ha cumplido con las exigencias impuestas por la troika en el memorándum del tercer rescate. Ahora, el ciclo se cierra como en un círculo perfecto y Syriza devuelve el poder al partido responsable del hundimiento de Grecia y la política de rescates, Nueva Democracia.

 

 

 

Conclusiones

 

Hemos analizado los tres modelos empleados por la izquierda durante la década de la crisis para enfrentarse a la agenda social y económica de la gran burguesía europea, que hizo que los costes para gestionar y salir de la gran recesión recayesen sobre las clases populares, para restablecer, así, el mecanismo de acumulación de capital y recortar derechos sociales y avances que la clase obrera había conquistado en las últimas décadas.

 

De los tres modelos seguidos por la izquierda, dos utilizaron la vía política y uno la sindical. El país más golpeado por las consecuencias de la crisis, Grecia, transitó por los dos modelos, primero el sindical, con una dura lucha de los sindicatos griegos y, luego, el político, con la victoria de Syriza. En el modelo griego hubo una conjunción de cuatro fenómenos que permitió el único acceso de la izquierda radical al gobierno en Europa en esta década pasada. Fue el país más golpeado por las consecuencias de la crisis, dónde las clases populares sufrieron los mayores caídas en sus nivel de vida. Este solo fenómeno, el hundimiento en la miseria, se repite habitualmente en muchos países no desarrollados y, en ausencia de los otros fenómenos, vemos que la salida elegida por las poblaciones de esos países son las migraciones desesperadas y la renuncia a intentar transformar las condiciones socio-económicas y políticas en sus países. El segundo fenómeno en Grecia fue la existencia de sindicatos de clase combativos que promovieron movilizaciones y huelgas generales y, de esta manera, evitaron la caída en la resignación de la clase obrera, resignación que solo se instaló con la claudicación de Syriza. El tercer fenómeno fue que los dispersos partidos políticos de la izquierda dejaron de lado las posturas sectarias y consiguieron reagruparse en Syriza, que apareció a los ojos de la mayoría de los griegos como la última posibilidad de revertir la situación. Finalmente, el último fenómeno fue que las alternativas políticas anteriores traicionaron las esperanzas que había depositado en ellas el pueblo griego, tanto los conservadores de Nueva Democracia como los socialistas del Pasok.

 

Pero, como ya lo hemos analizado, si Syriza se encontró con unas condiciones favorables para llegar al gobierno, sin embargo, tenía todas las condiciones en contra para poder llevar a cabo su programa. Se enfrentó a un enemigo muy poderoso para su fuerza, la troika, heredó un país en la bancarrota, y se encontró con el aislamiento político en la UE, sin un solo gobierno aliado que pudiese apoyar sus demandas.

 

El segundo modelo fue el del enfrentamiento puramente sindical, el francés. La pregunta en este caso es la de porque, ofreciendo los sindicatos franceses el mismo ejemplo de combatividad que los griegos, sin embargo el modelo francés no transitó a la segunda etapa política como en Grecia. Cuatro elementos le diferencian de éste último. Primero los efectos sociales de la crisis en Francia no tuvieron nada que ver con los de Grecia, la grandes movilizaciones sindicales lo fueron contra una reforma de las pensiones no contra un hundimiento generalizado del nivel de vida. Segundo, en Grecia el gobierno socialista había defraudado antes de la llegada de Syriza y, por lo tanto, era una alternativa quemada, mientras que en Francia la alternativa socialista aún  no había defraudado y fue la que se benefició del desgaste de Sarkozy por los sindicatos, para llevar a la presidencia a Hollande, fue entonces cuando los socialistas defraudaron a las clases populares. Tercero, la izquierda en Francia no consiguió el nivel de reagrupamiento y atracción que alcanzó Syriza. Finalmente, y tal vez el factor más importante, en Francia existía una derecha radical populista xenófoba potente, el Frente Nacional (hoy Reagrupamiento Nacional), que atrae con su mezcla de reivindicaciones de izquierda (anti-globalización, anti-establishment) y nacionalistas-xenófobas, a parte del electorado de izquierdas.

 

El tercer modelo fue político, el de Podemos, se trata del más diferente de los tres. Primero porque no fue precedido por luchas sindicales – en España las movilizaciones sindicales fueron discontinuas y sin enfrentamiento frontal, ya lo hemos visto – sino por un movimiento espontáneo transversal, el 15-M, que aportó el combustible para el despegue político de Podemos antes de terminar agotándose. Segundo, porque Podemos no solo no fue un reagrupamiento de la izquierda sino un proyecto contra la izquierda política existente, IU, a la que consideraba inicialmente un modelo inservible para postularse como alternativa de gobierno.

 

Las causas del fracaso de este modelo son de dos órdenes, externas e internas. Entre las externas se pueden señalar tres. La primera es que Podemos llegaba al final del ciclo de la crisis, en Europa ya había fracasado el modelo francés y el griego, en España se acabó el ciclo de movilizaciones intensas y se producía una cierta recuperación económica. La segunda es que, al contrario que en Grecia o Francia, en España los socialistas se encontraron con un nuevo liderazgo innovador y audaz, el de Pedro Sánchez, que hizo que el PSOE recuperará el terreno electoral perdido a favor de Podemos y alcanzase el gobierno de nuevo, desplazando a la coalición Unidas Podemos a una posición subsidiaria. La tercera es la agudización del problema separatista catalán, provocando que el conflicto nacionalista desplazase de la agenda política al conflicto social. Entre las causas internas, ya habíamos mencionado las divisiones y abandonos internos debido a los enfrentamientos de proyectos en el seno de Podemos, pero también los errores y contradicciones de Unidas Podemos en relación con el conflicto catalán.

 

Hoy la izquierda europea vuelve a encontrarse en la difícil situación de actor marginal y sin capacidad para marcar la agenda, como lo expresan las derrotas que acabamos de analizar, y otras menos dramáticas, como las recientes en las elecciones al parlamento europeo. Durante un tiempo la izquierda europea, en alguno de los modelos ensayados, concitó el apoyo de amplios sectores sociales. No fue en muchos países, pero tampoco consiguió una victoria clave en alguno de ellos que fuese capaz de servir de modelo en otros países. Las derrotas han puesto de manifiesto las dificultades objetivas existentes para superar el modelo neoliberal o incluso, a nivel más modesto, para alcanzar la hegemonía en el campo progresista-izquierda, pero también son una prueba de las carencias internas de la izquierda como proyecto alternativo en las condiciones históricas del siglo XXI. Descubrir esas dificultades objetivas y esas carencias internas es una tarea fundamental para poder intentar relanzar cualquier proyecto de izquierda con un mínimo de posibilidades de éxito.

 

[1] La recaída en la crisis un año y medio después de iniciarse su fase aguda se diferenció por el lugar en que se originó, la deuda soberana de algunos Estados europeos en lugar de los problemas de los grandes bancos estadounidenses, pero tuvo un cierto parecido en la reacción de los actores públicos. En septiembre de 2008 la administración Bush dejo que el banco Lehman Brothers se hundiese, y solo tras la constatación de las graves consecuencias de esa decisión, que puso al sistema financiero internacional al borde del abismo, se produjo una rápida rectificación para implementar una masiva ayuda financiera a la banca en graves dificultades. Posteriormente, los socios europeos no dejaron hundir a Grecia, pero casi, las dudas interminables sobre si acudir en su rescate fueron equivalentes a la decisión de Bush; solo tras percibir las gravísimas consecuencias para la zona euro se acudió a salvar in extemis a Grecia.

 

El segundo aspecto relacionado con la crisis griega, y la tardía reacción de los gobiernos de la eurozona, fue el multimillonario plan aprobado por los ministros de economía de la UE para blindar el euro y las medidas excepcionales del BCE de comprar bonos de los países. Una vez más en año y medio el capitalismo fue salvado de la catástrofe por la intervención de los Estados mediante el aporte masivo de dinero, la primera vez para sostener el sistema financiero, la segunda para frenar el ataque especulativo contra la eurozona a través de los países más debilitados.

 

[2] Hoy refundado como Movimiento para el Cambio, Kinal en griego.

 

[3] Un breve balance de la trayectoria electoral es el siguiente: en las elecciones europeas de 2014 Podemos obtuvo 5 eurodiputados, e IU 6. En las europeas de 2019, Unidas Podemos bajó a 6 eurodiputados.  En las elecciones autonómicas de 2015 Podemos se sitúo en las distintas comunidades entre la 3ª y 4ª posición con entre el 9% y el 20%, en las elecciones autonómicas de 2019 simplemente han desaparecido de muchos parlamentos autonómicos. En las elecciones generales de 2015 obtuvo 69 diputados e IU 2, en las elecciones generales de 2016 Unidos Podemos pasó a tener 71 diputados, pero perdiendo un millón de votos con la alianza, y en las elecciones generales de 2019 Unidas Podemos cayó hasta los 42 diputados. Es decir, entre 2015-16 Podemos, o luego Unidas Podemos, alcanzó su techo electoral, siempre muy lejos de poder marcar la agenda política y, luego, entró en declive.

 

[4] En el momento de publicar este trabajo continúan las negociaciones entre el vencedor de las elecciones en 2019, el PSOE con 124 diputados, y UP con 42. Las discusiones se han bloqueado no en torno a  la discusión del programa de gobierno, del que apenas se ha hablado, sino por la exigencia de UP de tener ministros en el futuro gobierno, a lo que el PSOE de momento se niega, fundamentalmente por la desconfianza en UP en relación con el conflicto catalán, dónde estos últimos mantienen posiciones de simpatías con los secesionistas catalanes. Pero independientemente de cómo terminen las negociaciones, el proyecto original de Podemos que hemos descrito ha fracasado.

 

[5] Podemos no se presento como tal partido a las elecciones municipales, salvo casos contados, porque no tenía una estructura partidista capaz de controlar las miles de candidaturas que podrían presentarse y porque se construyeron alianzas muy variadas a partir de diferentes movimientos, como ocurrió en Madrid por ejemplo.

 

[6] Ciertamente en la pérdida del poder municipal ha pesado mucho la ruptura de Podemos con sus aliados y las rupturas internas dentro del propio Podemos, pero también hay otras causas en la gestión que explican esa pérdida y que no se han terminado de discutir.

 

[7] Syriza se había conformado como una coalición de distintos partidos de izquierda al calor de la rebelión social que recorría Grecia durante varios años, y tras la traición del Pasok a su programa y a los intereses populares echándose en brazos de la derecha y apoyando los planes de recortes y sacrificios impuestos desde Bruselas a cambios de los rescates. También representaba el fin del aislamiento y la incomprensión entre diversos partidos que, bajo la presión de la rebelión social en curso, ofrecían con su unidad una alternativa política a las clases sociales en oposición al frente de derechas formado por los socialdemócratas y conservadores. Por primera vez durante la crisis económica que recorría Europa la izquierda aparecía como alternativa real de gobierno.

 

Jesús Rodríguez Sánchez, Licenciado y Doctor en Ciencias Políticas y Sociología por la UNED (España). Ex profesor de Ciencias Políticas y Sociología de la UNED
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https://contrainformacion.es/derrota-de-syriza-y-fin-de-ciclo-balance-de-una-decada-en-que-la-izquierda-europea-intento-asaltar-el-cielo/

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