Para una teoría marxista del Poder. En términos de control, sometimiento y dominación. Carlos X. Blanco

Este ensayo describe el Poder en términos de control, sometimiento y dominación
Asturbulla

Poder, marxismo, teoría relacional, superestructuras

Ofrecemos una aproximación entre la Teoría Marxista del Poder y la Teoría de Foucault del Poder Relacional, lejos de la concepción tradicional en términos de Superestructuras Políticas. Este ensayo describe el Poder en términos de control, sometimiento y dominación en el contexto de una teoría materialista y relacional. Poder, marxismo, teoría relacional, superestructuras.

<b>1. El Control.</b>
El auge de una sociedad industrial representó el auge del control. Durante el Antiguo Régimen los mecanismos de control que seguían las monarquías y los poderes locales eran fragmentarios, lacunares, intermitentes, primitivos. Al crearse una sociedad industrial se hizo indispensable la creación de “disciplinas” asociadas estrechamente con instituciones. Los análisis de M. Foucault a este respecto son magistrales y perfectamente complementarios del marxismo. Ellos muestran que las instituciones, lejos de ser meras secreciones de la Superestructura Estatal, conforman más bien un conjunto de máquinas pensadas para poner a prueba sistemas de saber/poder que, a partir de unos toscos y conocidos mecanismos de control de cuerpos humanos, se puedan ir perfeccionando éstos en la dirección de un mayor grado de sometimiento y dominación de los mismos.
<blockquote>
“Si el despegue económico de Occidente ha comenzado con los procedimientos que permitieron la acumulación del capital, puede decirse, quizá, que los métodos para dirigir la acumulación de los hombres han permitido un despegue político respecto de las formas de poder tradicionales, rituales, costosas, violentas, y que, caídas pronto en desuso, han sido sustituidas por toda una tecnología fina y calculada del sometimiento. De hecho los dos procesos, acumulación de los hombres y acumulación del capital, no pueden ser separados; no habría sido posible resolver el problema de la acumulación de los hombres sin el crecimiento de un aparato de producción capaz a la vez de mantenerlos y de utilizarlos: inversamente, las técnicas que hacen útil la multiplicidad acumulativa de los hombres aceleran el movimiento de acumulación de capital”.1</blockquote>

Conviene, como enseña Foucault, no ceñirse al lado estrictamente productivo del cambio experimentado pro Occidente en el siglo XVIII. Las nuevas exigencias industriales exigían concentrar cuerpos humanos para extraer de ellos su jugo. Para la institución disciplinaria del Taller, de la Gran Fábrica, con sus consiguientes cuerpos humanos reducidos a máquinas, era preciso importar de otras instituciones pre-existentes ese Poder disciplinario, esas tecnologías de control, sometimiento y dominación ya conocidas en otros lugares: el monasterio y el convento, el cuartel militar, el presidio. La revolución industrial va a suponer una realimentación continua de las más diversas instituciones acumuladoras de cuerpos humanos, y de conocimiento/control sobre los mismos, disponibles para los más diversos fines, de los cuales el productivo es el principal en una empresa capitalista y en una sociedad de mercado, pero un fin, al cabo, que presupone un poder político. El poder político no y!
a como depósito de “legitimidad” o “soberanía”, que en el estado se atribuiría el Rey al igual que en la industria se lo arrogará un Patrono. Más bien, el Poder político en tanto que ejercido, en tanto que eficaz mecanismo de control, sometimiento y dominación de unos representantes del Capital sobre unos seres humanos-objeto. Cuerpos que serán objeto de explotación económica, ciertamente, pero también objeto de inquisición y manipulación científica. Se tratará de dividir, compartimentar, jerarquizar, organizar... toda una masa corporal humana que, reunida necesariamente por el Capital para someterlos y dominarlos, y de ahí lograr una adecuada explotación, podrían tornarse sumamente peligrosos al Poder por el mero hecho de su reunión masiva.

<blockquote>“Digamos que la disciplina es el procedimiento técnico unitario por el cual la fuerza del cuerpo está con el menor gasto reducida como fuerza “política”, y maximizada como fuerza útil. El crecimiento de una economía capitalista ha exigido la modalidad específica del poder disciplinario, cuyas fórmulas generales, los procedimientos de sumisión de las fuerzas y de los cuerpos, la “anatomía política” en una palabra, pueden ser puestos en acción a través de los regímenes políticos, de los aparatos o de las instituciones muy diversas”. 2</blockquote>

Las disciplinas implican vigilancia total y continua de todos y cada uno de los cuerpos a cargo de un Ojo Central que, de no ser ya divino (Omnipotencia que iba unida a Omnisciencia o “Visión Total”), supone una tecnología que lo hiciera posible. El Panóptico de J. Bentham fue el modelo de institución disciplinaria que hacía posible, de forma económica y eficaz, esa vigilancia absoluta de muchos cuerpos a cargo de unos pocos ojos. El Ojo como órgano de control, sometimiento y dominación. La cárcel como modelo de la fábrica, pero también la fábrica como modelo de la cárcel. Y de forma subsidiaria, la cárcel panóptica como utopía del mismo mundo, el mundo-cárcel orwelliano ya anticipado por Bentham y, tiempo atrás, por los propios ilustrados. Quien ve y, por ende, quien sabe y vigila, es quien controla. Quien además se apoya en todo un aparato de sujeción de individuos a esa “visión constante y total”, abarcadora de todos los instantes cotidianos de un cuerpo regulado en cada !
momento en sus quehaceres y ociosidades, se convierte en un perfecto dueño de esclavos. Pero de unos esclavos que quedan reducidos a una fisiología maquinal, mudados en máquinas sin intimidad y sin libertad operatoria alguna, pues en ellos no existe una penumbra para hacer cosas “a escondidas”. Esta situación del Ojo controlador y humanidad así reducida se podrá convertir en un modelo para la humanidad futura, en el preanuncio de la sociedad del porvenir.

<b>2. El Poder.</b>
Al triunfar la burguesía industrial, triunfa su modelo social basado en el Contrato. El Contrato: ese gran mito jurídico encubridor. El esclavo de nuevo cuño está sometido al Poder panóptico bajo la coartada de contratos que, impecables bajo las nuevas regulaciones jurídicas que emergen poco a poco desde el siglo XVIII, esconden la más feroz asimetría entre los seres humanos. El micropoder, en términos de Foucault, se agazapa bajo una idea jurídica aparentemente igualitaria como era la de un Contrato social. El delincuente, ese violador del Pacto social fundante, queda reducido a una esclavitud legal y será objeto de las disciplinas penitenciarias, cuyo ámbito, por otra parte, no cesará de expandirse. El Panóptico constituirá la contrafigura del Contrato. Como dice el filósofo francés: “Las Luces, que han descubierto las libertades, inventaron también las disciplinas”.3

El Poder no es una sustancia invariable y homogénea a lo largo de la historia. Tal afirmación se corresponde exactamente con lo que debe decirse de la Producción. El Materialismo Histórico investiga precisamente las transformaciones que en el Poder y la Producción acontecen, haciendo de ambos conceptos un sistema de relaciones cuyos términos y operatorias, así como el sistema y el tipo mismo de relaciones, se transforma sin cesar. El marxismo, más allá de las tergiversaciones vulgares, asume perfectamente la idea de que el Poder no es una “superestructura”, a modo de reflejo o instancia reguladora, y en todo caso ajena a la base económica que le corresponde y que debería constituir su explicación determinista.

En “La Totalidad Social”, trabajo publicado en el nº 4 de la Revista Nómadas (
http://www.ucm.es/info/eurotheo/), habíamos tratado de explicar el carácter estático, digamos “anatómico” y abstracto de la distinción base/superestructura tal y como Marx y Engels la manejaron, una distinción que debe, en todo caso, combinarse con la otra distinción marxiana, más bien dinámica y “fisiológica”, a saber, la que media entre el nivel de desarrollo alcanzado por las fuerzas productivas de una totalidad social, por un lado, y el estado de las relaciones de producción, por el otro. Tratar de impugnar al Materialismo Histórico su condición de filosofía “plana”, esto es, simplista y reduccionista, es a todas luces un error de comprensión muy grave. Me parece que el marxismo no es atacable por ese flanco, y que son ambas distinciones las que deben manejarse dialécticamente a la hora de comprender una Totalidad Social. La atención privilegiada de Marx a la “base” material de una sociedad es !
sólo un momento dentro del análisis global de una formación social concreta. En la nota a pie de página nº 3 de nuestro trabajo ya indicábamos, años atrás, las limitaciones que presenta interpretar la metáfora arquitectónica de Marx – que eso es, a fin de cuentas, una metáfora- en términos de otra distinta, como hizo el profesor Bueno. Habrá quien piense que en El Mito de la Cultura (G. Bueno, 1996: El Mito de la Cultura, P. Ibérica, Barcelona), el filósofo “enriquece” a Marx con sus queridas ilustraciones botánicas o termodinámicas de lo que fue la intención original de Marx, hacer un esqueleto de una formación social para analizarla bajo las herramientas del materialismo. Devolver una metáfora con otra, no es precisamente enriquecer al Materialismo Histórico desde el momento en que el filósofo riojano olvida el otro par “dinámico” de conceptos analizadores de la Totalidad, que hemos mencionado arriba. De igual modo, en el nº 8 de la misma Revista Nómadas (“Producción capi!
talista y cosificación de la especie. Un Ensayo”,
http://www.u!
cm.es/in
fo/eurotheo/nomadas/8/cjblanco.htm
), en la nota a pie de página nº 3, también hemos lamentado esa misma grave incomprensión del marxismo a cargo de un filósofo que ha hecho del “materialismo filosófico” una especie de marca de fábrica, al menos en los ámbitos hispánicos, como si los propios Marx, Engels y Lenin (por no seguir citando a Lukàcs, Gramsci, etc.) fueran unos auténticos enanos. Tal marca supone una triste recaída del materialismo en el naturalismo y el positivismo más vulgares. Comparar la Totalidad Social con una planta, como hace Bueno en el libro citado, podrá ser todo lo que se quiera, menos una metáfora afortunada, que revela la falta de atención al proyecto dialéctico de Marx por parte de su autor, su incomprensión absoluta.

Es en esa estela de pseudomarxistas en la que se inscriben las críticas de destacados filósofos de nuestro siglo XX, al marxismo in toto, críticas a un fantasma de marxismo, pero no al corpus sustancial del mismo. Por ejemplo, también la interesante teoría sobre el Poder desarrollada por Michel Foucault pierde mucha de su fuerza y presunta originalidad si caemos en la cuenta de que va dirigida también en contra de la reduccionista simplificación del análisis marxista de una Formación Social bajo el par de términos base/superestructura, y entendiendo el Poder –y sus diversas formas- como una instancia superestructural generada y/o adecuada a la base material. La base económica de una sociedad, bajo la caricatura determinista de los enemigos y vulgarizadores del marxismo, vendría a ser la causa y la astucia de un Poder correspondiente a la misma, correspondencia o adecuación que si se pierde –en virtud de su “relativa autonomía” frente a la base, genera un nuevo escenario de c!
ontradicción, cuya resolución política habrá de ser el origen de nuevas formas correspondientes a la base material. Llevaba toda la razón Foucault al creer que tales teorías del Poder son insostenibles. Lo que le objetaríamos es que se tratasen de teorías marxistas. El marxismo no vulgarizado (no naturalista o positivista como el de G. Bueno, p.e.) no vería problemático asumir la contribución de Foucault acerca del Poder como un conjunto históricamente cambiante de relaciones. Este conjunto enlaza términos y operaciones dentro de una formación social de tal modo que éstos cambian, así como el propio Sistema de Poder igualmente se transforma. El Poder es el sistema de relaciones, no es una sustancia. Y lo que Foucault subrayó es que en el Antiguo Régimen ese era un Poder discontinuo, ejercido de forma puntual y “lacunar” dentro de la sociedad. Las necesidades crecientes del capitalismo, y del nuevo estado burocrático-imperialista a él asociado, exigirán un Sistema de Poder c!
ontinuo, constante, implacable, “pleno”. Para ello, resultaba !
de todo
punto imprescindible transformar la Soberanía Absoluta del monarca, en sistemas –relacionales- de ejercicio del Poder, tecnologías de sometimiento, control y dominación de los individuos, y también de las poblaciones, los territorios, etc.

Es la propia historia del capitalismo la que nos demuestra que una concepción sustancialista del Poder, aplicada al soberano, al déspota absoluto y arbitrario (como si fuera un Dios mortal sobre la tierra) y acumulador de fuerzas, se sustituye por obra y gracia de una “transferencia”, en un Poder no acumulado sino ejercido con medios tecnológicos, con tecnologías de control inter e intrapersonal. El capitalismo las puso en práctica en sus primeras fases, p.e. en la era de la manufactura. La historia del capitalismo manufacturero ilustra perfectamente que una de las primeras “invenciones” del nuevo modo de producción no consistía en una invención mecánica, físico-química, etc., por mucho que éstas cumplieran sus papeles decisivos después (la máquina de vapor, p.e., en el s. XVIII). La gran “invención” del capitalismo, de la era post-feudal, consistió realmente en disponer en el espacio y en el tiempo a los seres humanos de una determinada manera, “recortarlos” operatoriamente!
en sub-tareas, y en unidades fraccionarias de éstas. Sólo así, disponiendo de un control absoluto, de una “Soberanía” sobre la Producción de cada día y de cada mercancía, se pudo deshacer para siempre el saber-hacer feudales del granjero y del artesano. Era preciso controlar al trabajador, como enseñó Marx, separándolo definitivamente de la propiedad de los medios de producción y de los demás derechos y vínculos. Pero junto a esa separación, e insita en ella misma, se ha de incluir igualmente la separación del Conocimiento por parte del trabajador en su labor productiva. Separación de la propiedad, y desvinculación de toda capacidad cognitiva. Sólo reduciendo a los obreros a una condición de “autómatas programados” o “gorilas amaestrados” pudo el Capitalismo, ya en sus fases productivas manufactureras, hacer cumplir el plan de “transferencia” de Poder. Desde un Poder Absoluto del Soberano, a un Poder Ejercido tecnológicamente por la burguesía, sustentado en el Capital. Tod!
a la evolución posterior del capitalismo industrial, con el ta!
ylorismo
y el fordismo, que llega justamente hasta hoy, pese a las supuestas dulcificaciones introducidas por la psicología y sociología de la industria, no son más que una prueba del Poder Ejercido por el Capital que se traduce siempre en la inserción de unos mecanismos de control, e incluso sumisión y dominación, muy concretos, efectivos y característicos dentro del régimen productivo industrial.

<b>3. El Poder no es “superestructura”.</b>
Tras estas constataciones, queda claro que el Poder no pude entenderse como una “superestructura” externa a la Producción misma, un regulador separado del desarrollo de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción. El Poder no se limita a las instituciones (no se reduce, desde luego a los tres “Poderes” de Montesquieu, ejecutivo, legislativo y judicial). El Poder “habita”, por decirlo así, en ellas y se ejerce en ellas, incluyendo las Industrias, pero en modo alguno el estudio del Poder es sólo el estudio de la vida de las instituciones: empresariales, políticas, religiosas, etc. Si las comprende, no es sino por una intromisión en ellas. Descomponiéndolas en sistemas tecnológicos de control intra e interpersonal. El Poder Absoluto del Soberano se transforma, a partir de cierto momento, a partir de la fase de la manufactura, en el Poder Absoluto del Capital, que a su vez es detentado por el Empresario (Amo del Capital, y por ende, Amo del Capital Variable, verbig!
racia, de la capacidad de fuerza de trabajo de los obreros, que Él ha comprado).

<b>4. Sometimiento.</b>
En nuestra opinión, las tecnologías de control intra e interpersonal pueden ser tan antiguas como la humanidad misma, o al menos, como la humanidad civilizada. Hemos reflexionado sobre ellas a propósito de la opresión sobre la mujer, y su subordinación en el régimen de Patriarcado (ver por ejemplo nuestros trabajos “Control, sometimiento y dominación de la mujer”(
http://www.lahaine.org/index.php?blog=2&p=19913), y “Antipatriarcado y marxismo” (http://www.lahaine.org/index.php?blog=2&p=19666), es decir, en épocas pre-capitalistas. En estos dos trabajos hemos intentado explicar que el control sobre las personas es una tecnología muy antigua, y posee un carácter muy genérico. Entre los ejemplos de la tecnología del control puede incluirse perfectamente el control simétrico, como el que se da entre dos sujetos de fuerza, destreza, astucia, etc., equiparables, como por ejemplo acontece en las luchas o en los deportes. Desde el momento en que la situación bascula hacia una!
asimetría estabilizada, y el Poder se ejerce de forma efectiva desde uno de los sujetos sobre otro, el control se especifica con el nombre de sometimiento. El sometimiento de un sujeto por otro es una especie de control asimétrico, en el cual la libertad operatoria de uno de los sujetos queda restringida de manera estable por medio de las operaciones del otro. La relación de poder por sometimiento es una relación de control asimétrico que se estabiliza. Por ejemplo, si dos guerreros en lucha llegan a un término en el que uno de ellos es vencido, y decide abandonar la lucha aceptando su condición de esclavo o cautivo del otro, normalmente a cambio de la conservación de la vida, la estructura agónica queda depositada en un estrato histórico-causal, y se entra en una nueva estructura asentada sobre el pasado. La estructura del sometimiento. Los esclavos, los cautivos, etc., serían así pues el resultado de luchas perdidas, quizá no por los individuos en particular, sino por su!
s antepasados, los de su mismo grupo, etnia, clase, etc. El so!
metido e
s un vencido “simbólicamente”. En el pasado hubo alguna batalla perdida por él, o por análogos suyos. Toda rebeldía del sometido supone una impugnación, un intento de anulación del resultado de esa batalla simbólica (no es preciso que se haya tratado de una batalla histórica real y efectiva), que hay menester retomar para alterar su resultado y acabar con la dominación. Como hemos explicado en trabajos anteriores, la lucha en pro de la liberación de la mujer ilustra –en muchas de sus fases y momentos- ser una lucha de impugnación del resultado que, en cierto momento, acaso al final del neolítico y el comienzo del estado urbano, la sociedad patriarcal se afianza. En ese entonces tuvo que acontecer una “batalla simbólica” en la cual, en diversos momentos y lugares, en diversos ritmos, el control más o menos simétrico de un sexo sobre otro devino en control asimétrico inestable, y por ende, en sometimiento.

<b>5. Dominación. </b>
El sometimiento ya es una pauta estable de relación entre términos –aquí, sujetos operatorios- que se necesitan, se complementan, pero al mismo tiempo se oponen, son antagónicos sus intereses. En las relaciones macho-hembra tal cosa sucede ya de forma natural, de acuerdo con la lógica evolutiva de la selección sexual y la selección natural. Son relaciones dialécticas. Pero aún nos queda por introducir una suerte de estabilización “de segundo grado”, de resultas de la cual se derivan una serie de instituciones objetivas, de relaciones congeladas, más bien propias del “Espíritu Objetivo”. Tales estabilizaciones de pautas estables, por así decir, son instituciones que conforman un nuevo ámbito, un plano diferente. Y es este el que nosotros denominamos dominación. La dominación es un sometimiento y un control elevados al plano específicamente político. Mientras el control es una clase de situación dinámica genérica, que se da en cualquier sistema cibernético, orgánico o no, y t!
oda vez que el sometimiento ya lo entendemos como una situación específicamente antropológica, pero muy próxima a las pautas etológicas y zoológicas, relaciones propias de la naturaleza animal, por el contrario la dominación nos remite a instituciones y estructuras políticas exclusivas del ser humano, y aun no en todas sus formas culturales, sino en las formas que suponen la existencia jurídica, pública, urbana, etc., del Estado. Por manera que el Estado puede, una vez erigido y puesto en funcionamiento, investir de propiedades y contenidos enteramente nuevos a las relaciones genéricas entre sujetos que antes caían bajo el ámbito del sometimiento. Así, por ejemplo, la relación de sometimiento de la mujer al varón, tras el advenimiento del patriarcado y el auge del Estado, fue pasando de ser una relación circunscrita al ámbito privado, familiar, tribal, etc. , a un verdadero asunto de Estado y de organización económica, jurídica, política, de éste.

La característica central del modo de producción capitalista es su capacidad para reorganizar drásticamente los elementos más arcaicos que sobrevivieron a partir de regímenes productivos más antiguos. Ningún modo de producción tiene por qué eliminar del todo aquellos residuos de los modos anteriores que no supongan un obstáculo para el objetivo primordial de éste. El capitalismo, por ejemplo, no se ha empeñado en la eliminación radical de la nobleza, antes bien, otorga nuevas funciones económicas (conversión del terrateniente en empresario burgués), o superestructurales (parlamento, diplomacia, ejército). Tras una fase de antagonismo entre nobleza y burguesía, el modo de producción capitalista acaba asimilando al noble transformando a este en un burgués, o en un candidato a la empleomanía del moderno Estado burgués. Pues bien, por vía de analogía, también podríamos hacer referencia a la pervivencia de sistemas viejos, a veces realmente arcaicos, de control y sometimiento que!
se heredaron desde los tiempos neolíticos del acceso del hombre a su condición estatal, como fueron el patriarcado, el esclavismo, el militarismo, etc. Tales formas o relaciones se adaptaron al feudalismo, o más bien el feudalismo se adaptó a ellos. Y otro tanto ocurre con el capitalismo, si bien el régimen capitalista, a nuestro modo de ver, no es un mero receptor pasivo de las herencias y los residuos, sino que recorta estas estructuras arcaicas para darles, en ocasiones, una nueva funcionalidad.

¿Y cómo lo hace? He aquí que parece muy útil la teoría de Michel Foucault sobre el Poder. El Poder, con todo su sistema de instituciones, disciplinas, tecnologías, sistema dado en tres niveles que hemos descrito (y evolutivamente se encuentran relacionados, (1) control, (2) sometimiento, y (3) dominación), no se limita ya a ser un “extractor” de rentas, de recursos, de plusvalías, a partir de una base material productiva que él organiza. Tal esquema hilemórfico, como el que todavía mantienen muchos marxistas, peca de simplista y rudo. La base productiva no es una masa material independiente de las instituciones, las disciplinas y las técnicas de Poder que el Estado va secretando. Ello puede suceder, y siempre relativamente, en modos anteriores, el feudalismo europeo, los sistemas tributarios asiáticos, el esclavismo antiguo. En ellos, efectivamente, el Soberano, sus adláteres, sus funcionarios y sacerdotes, etc. Representaban con claridad y transparencia su condición de depr!
edadores, saqueadores, parásitos extractores de riquezas y demás, frente a unas “sociedades civiles” o “comunidades originarias” que, de cierto, vivirían mejor si toda la caterva de sujetos coactivos o amenazantes dispuestos a ponerles a trabajar de más, a exigirles prestaciones, a arrancarles bienes. La “disciplina” por antonomasia en los modos pre-capitalistas consiste en la tecnología de la violencia, en la posesión de contingentes de tropa armada para hacer visible así la fuerza de lo Público. Eventualmente, los sacerdotes y otros funcionarios conforman el ejército complementario de los administradores, recaudadores, sancionadores morales y penales, etc., los cuales, no por permanecer desarmados no dejan de ejercer el Poder de la Amenaza latente. El pueblo sabía que una desobediencia a este Poder desarmado desencadenaría más tarde o más temprano la acción mortífera del hierro.

Llegamos pues al hecho de que en los estados arcaicos, pre-burgueses, las rudimentarias tecnologías de Poder, de forma directa o indirecta, acababan recurriendo al poder coactivo del hierro, a la amenaza del derrame de sangre, al regreso inmediato al nivel primitivo del control agonístico, según el cual el administrado es, de cierto, un vencido. La dominación sobre las personas se ejerce sobre un fondo, a veces remoto o meramente simbólico, no necesariamente actual y presente, de lucha. El dominado es un vencido. De ahí toda la parafernalia (que aún conservan todas Casas Reales y no pocos regímenes presidencialistas con “culto a la personalidad”) de sumisión, de postración al poder en los saludos, recepciones, y toda clase de actos en los que, con mayor o menor grado de exageración, el súbdito “muerde el polvo” (simbólicamente al menos) en presencia del Poder.

En el capitalismo, el Poder de origen y fondo agonístico, el Poder de un Vencedor en una remota o simbólica lucha legitimadora, ha sido sustituido por un sistema de dominación mucho menos personalizado, menos ligado a una supuesta “casta” escogida de “Antiguos Vencedores”. El Poder capitalista precisó de toda la base acumulada históricamente por los reyes absolutos para poder diversificarse, miniaturizarse, insertarse progresivamente en todas y cada una de las dimensiones de la vida social. ¿Cuál fue esa base acumulada que el capitalismo tomó para sí? El marxismo economicista insiste en que la base que sirvió de punto de arranque a una sociedad burguesa fue un capitalismo comercial, con sus correspondientes instituciones bancarias, crediticias, etc., que junto con la rapiña colonial y en general ese conjunto de acciones violentas que Marx denominó Acumulación Originaria, formaron el fondo de capitales acumulados que, ya en la fase productiva, podrían invertirse en empresas i!
ndustriales. Sin embargo es preciso no dejar de lado nunca el Poder “heredado” del Estado, activo organizador de esa Acumulación Originaria.

Karl Polanyi, en la Gran Transformación (Fondo de Cultura Económica, México, D.F., 2000), subrayó brillantemente la capacidad del Estado, y de sus órganos (Corona, Parlamento, Judicatura) para proceder a la rapiña de la comunidad campesina heredada desde la edad media. Precisamente para romper las trabas al proceso de “liberalización” del trabajo-mercancía, era menester la orquestación de un ataque sistemático a los bienes territoriales comunales, con la política de los cercados, una revocación de los arrendamientos y demás fórmulas de vinculación del aldeano con la propiedad señorial, una expulsión en masa de los mismos para nutrir la ciudad y la industria con mano de obra barata, en fin, una creación artificial de una clase proletaria. Este artificio fue posible gracias al intervensionismo estatal, un estado en manos de la burguesía y en alianza con una nobleza en proceso de aburguesamiento. El campesino poseedor de sus medios de producción, aun cuando no hubiera accedido !
a la plena propiedad privada de la tierra, fue un obstáculo para las políticas “liberales” iniciadoras del capitalismo industrial. La ideología y la praxis de los liberales necesitaron paradójicamente de “estados fuertes” y muy “intervencionistas” a la hora de suprimir derechos y seguridades civiles y demás colchones jurídicos en pro de los aldeanos, derechos ancestrales todos ellos que obstaculizaban la creación de una clase proletaria por medios estrictamente coactivos, violentos, propios del intervencionismo jurídico y parlamentario, además del recurso al expediente manu militari.

Con todo este panorama de ascenso de un Estado “burgués” y “liberal” se puede comprender que éste no fue simplemente una simple “emanación” o “secreción” de una base económica ya de por sí burguesa, capitalista. Este economicismo no es creíble, y lo decimos no ya apoyándonos en Polanyi sino en el propio Marx y en su capítulo sobre la Acumulación Originaria (Capítulo XXIV, “La llamada acumulación originaria”, El Capital, I, F.C.E., México, 1999). El estado disolvió las antiguas lealtades y servidumbres de la época feudal, haciendo del trabajador una mercancía libre, no un hombre libre.

<blockquote>“El proceso de donde salieron el obrero asalariado y el capitalista, tuvo como punto de partida la esclavización del obrero. En las etapas sucesivas, esta esclavización no hizo más que cambiar de forma: la explotación feudal se convirtió en explotación capitalista. Para explicar la marcha de este proceso, no hace falta remontarse muy atrás. Aunque los primeros indicios de producción capitalista se presentan ya, esporádicamente, en algunas ciudades del Mediterráneo durante los siglos XIV y XV, la era capitalista sólo data, en realidad, del siglo XVI. Allí donde surge el capitalismo hace ya mucho tiempo que se ha abolido la servidumbre y que el punto de esplendor de la Edad Media, la existencia de ciudades soberanas, ha declinado y palidecido.

En la historia de la acumulación originaria hacen época todas las transformaciones que sirven de punto de apoyo a la naciente clase capitalista, y sobre todo los momentos en que grandes masas de hombres se ven despojadas repentina y violentamente de sus medios de producción para ser lanzadas al mercado de trabajo como proletarios libres, y privados de todo medio de vida. Sirve de base a todo este proceso la expropiación que priva de su tierra al productor rural, al campesino.” (op. cit., p. 609).</blockquote>

En cada modo de producción no comunista, siempre hay una clase explotada por otra(s). Sin ambages, Marx habla de la “esclavitud capitalista”. No se trata de ninguna metáfora. La servidumbre feudal queda abolida en el siglo XVI inglés (y posteriormente en los demás países de Europa occidental), y es sustituida por esta nueva forma de esclavitud en la que el control sobre los seres humanos comienza a poder ser total. En el momento en que grandes masas, antaño autosuficientes, se ven sin nada de la noche a la mañana, la disponibilidad de las mismas a favor del Capital y su instrumento, el Estado burgués, es casi total. El esclavo, el hombre-cosa, la mercancía humana, empiezan a ser realidad desde el momento en que se ven despojados de sus medios de producción. La parte de la humanidad susceptible de compra-venta, en el nuevo modo de producción ciertamente, no es el ente corporal íntegro, tal y como se dio en la antigüedad clásica. En el régimen capitalista interesa sobremanera !
el aprovechamiento productivo de lo que ese ente corporal produce en el eje temporal, en el decurso de la jornada de trabajo, como máquina capaz de gastar energía en el trabajo e inocular valor a las mercancías. El hombre, como mercancía, es aprovechado en, un principio, en su aspecto operatorio, funcional. Su cuerpo vale, en principio, en la medida en que es puesto a trabajar por horas. El hombre, entendido como ente jurídico bajo el estado burgués, es ya libre, des-ligado de las servidumbres feudales. Pero la servidumbre natural y no la histórico-jurídica hace entonces su acto de aparición, bajo la forma del hambre y de la compulsión a trabajar para la supervivencia. Pero en el nuevo mundo habrá que hacerlo sin acceso ninguno a los medios de producción. Por ende es uno mismo quien tiene que venderse como trabajador, ofreciendo su fuerza de trabajo por horas. Y debe hacerlo a aquel que sí posee estos medios de producción, el capitalista. La comunidad campesina de partida, !
ora autosuficiente, ora feudal, es sustituida por un inmenso M!
ercado d
e Esclavos, el mercado laboral.

En este mercado de trabajo, artificialmente creado por el Estado burgués, antaño Estado absoluto e investido siempre de ese mismo carácter absoluto ante el pueblo llano (haya o no un parlamento), es donde comienzan a ramificarse e insertarse los tentáculos del Poder una soberanía no “localizada” ni “puntual” (el Rey, Parlamento, Corte, etc.) sino continua, constante, inescapable, según los análisis de Foucault. El carácter no racional del anterior Poder monárquico absoluto, su condición de “Antiguo Vencedor” en una guerra legendaria y por tanto su mera tecnología de la coacción, la violencia y la intimidación, se va sustituyendo por las “legitimaciones” no ya guerreras, sino racionales, científicas. El Poder, nacido de la violencia (y el Poder moderno nació de la Acumulación Originaria en su sentido económico, vale decir, la violencia dirigida y organizada por el Estado), sin embargo debe distribuir ahora “científicamente” esa misma violencia que siempre le acompañará en cua!
nto aparato de dominación.

El Estado burgués, por lo tanto, no deja de poseer el pecado original de la violencia, y de actualizar sin cesar dicho pecado al mantenerse como un instrumento de autolegitimación de esa misma violencia, ahora ejercida continuamente, sin cortes ni lagunas. Pero para darse a sí mismo la nueva clase de esclavos –proletarios- sobre los que necesita dominar el Estado, como instrumento del Capital, de la burguesía, tenía que alcanzar un status de entidad omnipresente, omnisciente, omnipotente. Todas las propiedades que la vieja teología medieval asignaba al Dios, y que sólo podían atribuirse al monarca soberano pos-feudal por medio de un burdo substancialismo (el Rey como acumulador de “potencia”) o historicismo (el Rey como “Antiguo Vencedor” con poder pleno re-actualizado en cada uno de sus actos) va a hacerse realidad en el Estado burgués que se genera y se renueva con la Acumulación Originaria. La auténtica secularización de la teología escolástica se dio en la práctica: una !
teología que hubo de bajar al nivel del suelo, al de la historia y al de la inmanencia económico-política, para hacerse realidad, para devenir en Verdad.

La Totalidad, antaño divina, sobrenatural, trascendental, etc., como idea implícita en toda una serie de facultades operatorias, descritas tras el prefijo omni, a saber, el conocimiento o visión plena, el hacerse siempre presente y actuante, de forma continua, el poder total sobre las criaturas, y demás operaciones límite, se transforma ahora en el Poder de una Totalidad social y, más específicamente, una Totalidad política: El Estado moderno.

Y el Estado moderno es ya el Estado Leviatán, el de los mil pares de ojos, Argos, el proyecto orwelliano que ya se venía acariciando desde los sótanos del pensamiento burgués y desde los lejanos tiempos de la decadencia feudal.

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<b>Notas:</b>

1. Michel Foucault: Vigilar y Castigar. Nacimiento de la Prisión. Siglo XXI, Madrid, 2005., p. 223.

2. Foucault, op. cit., p. 224.

3. Foucault, op. cit. , p. 225.

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