Arquitectura de la Desigualdad (109)

 

 
 
"¿Qué pasaría si creásemos un sistema de trabajo público que proporcionara un salario mínimo justo y que verdaderamente asegurara una vida digna para toda la economía?...
Viñeta: JRMora

 

... ¿Qué pasaría si hiciéramos imposible para WalMart explotar a los desfavorecidos, mientras que multiplicáramos el poder de negociación de todos? ¿Qué pasaría si hiciéramos uso de tal sistema para reducir la jornada laboral, exigir que todos tuvieran atención sanitaria e incrementáramos la calidad de la participación social a lo largo de los sectores público y privado? ¿Qué pasaría si la vida económica no estuviera basada solamente en el afán de lucro?"

Scott Ferguson

 

En efecto, y retomando las mismas preguntas que se hace Scott Ferguson en el artículo de referencia que estamos siguiendo: "¿Qué pasaría si cuidáramos a nuestros niños, a nuestros enfermos y a nuestra crecientemente envejecida población? ¿Qué pasaría si redujéramos a la mitad los ratios de alumnos por profesor en todos los niveles educativos? ¿Qué pasaría si construyéramos casas al alcance de todos? ¿Qué pasaría si hubiera un jardín comunitario en cada manzana? ¿Qué pasaría si hiciéramos nuestras ciudades energéticamente eficientes? ¿Qué pasaría si aumentáramos las bibliotecas públicas? ¿Qué pasaría si socializáramos y pagáramos los trabajos de cuidado que históricamente no se han retribuido? ¿Qué pasaría si fuera algo normal que existieran centros de arte públicos en nuestros barrios? ¿Qué pasaría si pagáramos a la gente joven por documentar las vidas de nuestros jubilados?". Ferguson plantea, en la línea que venimos explicando, el sentido último de los Planes de Trabajo Garantizado (PTG), es decir, un sistema que plantea, diseña y proyecta los puestos de trabajo realmente necesarios para una determinada comunidad, no en función del impulso de beneficio, sino en función de la auténtica necesidad social, y de la satisfacción de todas las necesidades de los miembros de dicha comunidad. Unos puestos de trabajo que, ligados al sector público y por tanto con la dignidad garantizada, acabarían con la precariedad laboral en todas sus manifestaciones, y supondrían un nuevo modelo laboral justo y sostenible. 

 

Este punto de vista exigiría romper el paradigma laboral capitalista, y orientar los puestos de trabajo (comenzando con los públicos, y después los privados por propia inercia social) hacia la inclusión, la colaboración, la diversidad y la utilidad social. El significado y el valor del trabajo deben convertirse en parte de la vida laboral en sí, una vida donde domine la ética y el bien común, no el ánimo de lucro personal y privado. De este modo también se rompería el paradigma de la competitividad, pues la competencia entre los propios trabajadores/as ya no haría falta, dejaría de tener sentido. Todo ello, al restar poder a la gran clase empresarial, revertiría poderosamente la arquitectura de la desigualdad laboral, hoy día imperante en prácticamente todos los sectores. Bien, tratemos ahora otra problemática que tiene que ver con la desigualdad en el mundo laboral, como es la que se manifiesta a través del uso de las Nuevas Tecnologías, y su aplicación a este ámbito, a través sobre todo de las nuevas "Plataformas Colaborativas" (en realidad un eufemismo para esconder nuevos modelos laborales precarizantes) y de la implantación progresiva de la robótica en los trabajos industriales. Hoy día, se viene instalando una falsa cosmovisión de "economía colaborativa" a través de las que se denominan "Plataformas Digitales", que constituyen sólo un nuevo disfraz tecnológico para enmascarar la desigualdad y la precariedad laboral. Y así, los nuevos modelos de negocio digitales no sólo conservan, sino que incluso amplían la desigualdad existente entre los patronos y los trabajadores ("colaboradores" en la nueva jerga de estas apps). Una nueva evolución de lo que pudiéramos llamar "Capitalismo Digital", a través de estas versiones para dispositivos móviles de todo tipo de aplicaciones que gestionan el trabajo de sus freelancers o colaboradores "libres". Pero bajo estos escaparates digitales tan sólo hay grandes empresas, aprovechándose del trabajo semiesclavo de falsos autónomos. 

 

Las empresas dueñas de estas "plataformas colaborativas" han visto un nuevo filón, un nicho de negocio que, aprovechándose del tirón de las nuevas tecnologías y de los dispositivos móviles, captan a trabajadores a los cuales les convencen de que no lo son, y de que poseen "plena libertad" a la hora de organizar su trabajo. Básicamente trabajan en el sector que podríamos llamar "economía de los encargos" (coches, comida, etc.) Un modelo laboral que no necesita de una plantilla fija al uso, y que se enfoca como "estructuras ligeras soportadas en la idea de que son particulares los que quieren intercambiar entre ellos una prestación de servicios en la que la app de turno sólo facilita el contacto, como si se tratara de una plaza o un mercado. Una especie de punto de encuentro digital", como comentan Belén Carreño y Sergi Pitarch en este artículo para eldiario.es, donde nos basamos. Pero detrás de este aspecto y de esta operativa tan tecnológica, se esconde una relación laboral pura y dura, al más viejo estilo, entre los prestadores de servicios, para con los dueños de estas plataformas digitales "colaborativas". En diciembre de 2017 conocíamos la sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea (Estrasburgo) sobre la actividad de Uber, y para estos magistrados, lo que hace Uber no es sólo intermediar entre un ofertante y un demandante del servicio (en este caso de coche con conductor), ya que con la potencia de su plataforma lo que genera es una oferta de servicios de transporte urbano en toda regla, es decir, transforma el mercado. Pero para que esta nueva oferta sea accesible para el público en general (es decir, sea universal) debe haber una potente herramienta informática (la app) que se convierte en verdaderamente "indispensable" tanto para los conductores como para los clientes. Además, según este tribunal, Uber ejerce una influencia "decisiva" sobre las "condiciones de las prestaciones efectuadas por estos conductores". 

 

Nos cambian el escenario, y ahora resulta que el patrón no es un empresario al uso, con un despacho en un determinado sitio, sino una aplicación para dispositivos móviles (que puede usar cualquier persona que la descargue), y que gobierna, dirige, reparte y organiza el trabajo y las prestaciones de todo el personal. Para estos casos, estas app pertenecen a sus dueños, detrás de ellas está una empresa "de carne y hueso", y por tanto, se clarifica una cuestión que marca una de las principales diferencias entre lo que puede considerarse colaborativo y lo que no: la propiedad de los medios de producción. Durante la etapa del fordismo industrial, la propiedad de estos medios de producción era muy clara y visible: eran los dueños de las fábricas los que contrataban a los trabajadores, y ordenaban a éstos la organización del trabajo que tenían que respetar. Ahora todo ello se dicta a través de una simple aplicación digital, pero no perdamos de vista lo esencial: dicha aplicación pertenece a los verdaderos dueños de la misma, es decir, la app es ahora el medio de producción. Por ejemplo, en el caso de Deliveroo (una empresa de reparto de comida a domicilio) en la Comunidad Valenciana, la Inspección de Trabajo redactó un acta donde hacía un minucioso examen para determinar lo que llaman la "relación de laboralidad", es decir, si la relación de trabajo debe ser asalariada o autónoma, y presta especial atención a un punto que esgrime la compañía de reparto: los medios son propiedad de los "riders", en este caso las bicicletas y los móviles, utensilios indispensables para realizar el trabajo de los repartidores. Belén Carreño y Sergi Pitarch lo explican con meridiana claridad: "Y es que la propiedad de los medios de producción marca, desde la concepción más marxista, la diferencia entre lo que es el capitalismo y lo que no lo es. El patrón es dueño de los medios de producción, del capital, y el obrero los explota. Por eso los autónomos deben aportar sus propios medios de producción para dejar clara que su relación es ajena a la empresa a la que prestan servicio". 

 

Si yo, por ejemplo, tutorizo unos cursos de formación de forma telemática, es decir, a través de una plataforma de teleformación, y lo hago para una determinada empresa (que ha proporcionado los alumnos, y va a remunerarme por ello), por mucho que lo haga cómodamente desde mi casa, a través de Internet, y organizándome libremente mi tiempo y mi dedicación personal a dicha tarea, no soy autónomo. Tengo una relación laboral con la empresa. Y ello porque mi ordenador personal (herramienta fundamental para mi trabajo) no es un medio de producción en sí mismo, sino únicamente un utensilio que permite realizar mi labor. Los medios de producción (la plataforma, los contenidos y los alumnos) son propiedad de la empresa que me contrata para dicha tarea. No obstante, los autores del citado artículo señalan que la Inspección de Trabajo aclara que hoy día no se puede tener la misma consideración de qué es aportar un medio de producción relevante, y qué no lo es. En opinión de los Inspectores, en la actualidad adquirir un "carro de limpieza o un vehículo" no puede ser determinante para excluir a un trabajador de un cierto ámbito de producción. Menos aún un teléfono móvil. Los Inspectores recuerdan que son numerosos los casos en los que los asalariados se desplazan con sus vehículos o llaman con su teléfono para cuestiones de trabajo, y en ningún caso (por realizar tales prácticas) se les podría desproteger de la empresa, considerando que son ellos los que aportan los medios de producción, y que por tanto pueden ser considerados trabajadores "autónomos". Pero desgraciadamente, esta tendencia se está fomentando demasiado desde hace unos años. De ahí que la conclusión de los Inspectores de Trabajo de Valencia (coincidente con los jueces del Tribunal de Estrasburgo) es rotunda para estos casos de falsa economía colaborativa, considerando que el verdadero medio de producción es la app. La plataforma es en todo momento la protagonista imprescindible del negocio. Continuaremos en siguientes entregas.

 

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