Utopía y destierro. Sobre las «Cartas del destierro», de Unamuno
«¡Ésta es mi Atlántida! ¡Ésta es mi Ínsula Barataria! Aquí me vistan en larga estantigua, en procesión de almas doloridas, todos los que en los largos siglos sufrieron la pasión trágica de mi España; aquí vienen, aves consoladoras a la par que agoreras, las almas de todos aquellos que sufren persecución por su Justicia, por su espíritu de Justicia y verdad, las almas de todos aquellos que sucumbieron al poder infernal del Santo Oficio de la inquisición, y esas almas me orean con su aleteo la frente enardecida de mi alma, esas almas me orean la inteligencia». (Unamuno).
Más que cuarto poder, habría que hablar, en el caso de Unamuno, de un contrapoder, en el que tanto protagonismo tuvieron los intelectuales que se asomaban a las tribunas públicas que les brindaban los periódicos para combatir las falacias de su tiempo. Como bien se sabe, Zola, desde 1898, con el «caso Dreyfus», marcó una referencia obligada al respecto. Pero, como señala Marichal en su libro sobre Unamuno, el gigante de la generación del 98 en gran medida se adelantó al escritor francés. Y es que, en un momento como éste, plagado de mercenarios de la pluma que se reclaman «líderes de opinión», que se publique un libro con la correspondencia del destierro de Unamuno supone toda una arremetida contra la mediocridad imperante, mezquina y gazmoña que desprende el tufo de lo comprado a muy bajo precio.
Unamuno, enfrentado a Alfonso XIII y a Primo de Rivera. Unamuno, el intelectual español que, al decir de Azaña, más alzó su voz contra aquella dictadura con la que la España oficial regresaba a los cuartelazos decimonónicos. Unamuno, un intelectual que no sólo se había negado a hacer genuflexiones ante el Monarca, sino que además se presentó en palacio sin observar la etiqueta, con el mismo atuendo con el que impartía clase en Salamanca. En unos tiempos tan cortesanos como éstos, el ejemplo de don Miguel es toda una gran lección de dignidad e independencia.
Destierro y utopía. No había sitio en aquella España de la dictadura de Primo de Rivera y del borboneo más ramplón para don Miguel, al que ya habían destituido del Rectorado salmantino diez años antes del momento en que fue obligado a abandonar España.
Destierro y utopía. Las palabras que encabezan este artículo las escribió Unamuno en su destierro en Fuerteventura. Su Atlántida, su utopía, su Ínsula Barataria. Reinventado el personaje cervantino más universal desde 1905 con su ensayo «Vida de don Quijote y Sancho», Unamuno se enfrenta a la España oficial de su tiempo, la desafía y soflama contra ella. Una España de su tiempo, heredera de la Inquisición, martillo de quienes discrepaban, de quienes se comprometían con la libertad. Unamuno, en Canarias, en el siglo XX. Jovellanos, en Bellver, tras haber caído en desgracia ante la España de su tiempo. Confinados en su exilio interior por ser combativos e independientes. Con todos ellos, establece don Miguel un diálogo cómplice, puro platonismo, frente a aquella dictadura que en su proclamación hablaba de virilidad; de inteligencia, nunca. No lo iba a hacer un militar que dijo que su conocimiento de la política lo había aprendido en un casino.
Después, el periplo del destierro lo conduciría a Francia. Cuenta Marichal en su libro sobre Unamuno que, en compañía de Alfonso Reyes, en la torre Eiffel, lo que don Miguel clamó fue «¡Gredos, Gredos, Gredos!».
España en los labios, España en el corazón. La libertad fue su estandarte. La actitud inconformista, su imperativo moral. Unamuno y sus recuerdos, la España del «Quijote», frente a la de Avellaneda, que lo había desterrado.
Destierro y utopía. El hombre que nunca se callaba. El intelectual al que nadie doblegó, ni siquiera Millán Astray en aquel episodio del 12 de octubre de 1936 en el último acto público que protagonizó el rector salmantino. De ahí que Ortega, a la muerte de Unamuno, señalase que a España «le esperaba una era de atroz silencio».
Destierro y utopía. Todo un ejemplo, también, para la España intelectual, ejemplo incómodo de independencia. Ejemplo también de un hombre que dejó huella indeleble en esta correspondencia del destierro que acaba de publicarse. Todo un ejemplo contra actitudes cortesanas. Todo un ejemplo de republicanismo.
Su lectura, además de un regalo estético, es obligada como asidero de inteligencia y de honradez, contra esto y aquello, contra éstos y aquéllos.
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